Un cuento chino

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Creo recordar que la posible procedencia de esta frase, que se usa para tachar algo de increíble, fantástico, irreal, exagerado, viene de los “cuentos chinos” que Marco Polo nos contó cuando volvió de sus viajes. Pero yo, amigo fiel de las falsas etimologías, a veces digo esto:
China es otro mundo, China está más lejos que Marte, más lejos que Orión, joder, está más lejos que Yuggoth; China es más que otro mundo, es otro universo. Por eso cuando alguien (sea Marco Polo o no) nos cuenta una cosa increíble (fantástica, irreal o exagerada) simplemente la asociamos con China, ya que en China todo es, todo nos resulta, alienígena. Yo soy de Melilla -alienígena también ella, una ciudad crisol, o una ciudad mestiza, o como se la quiera llamar (los fantoches que la gobiernan la llaman pomposa y ridículamente “la ciudad de las cuatro culturas”): una ciudad donde conviven no solo moros y cristianos (con sus santas guerras a cuestas) sino también otras cuantas etnias, culturas y razas (dejemos las cavilaciones de Claude Lévi-Strauss por ahora sobre la raza y la etnia, etc).

También hay chinos allí; y cuál no fue mi sorpresa al contemplar, cierto día hace unos años, en una reunión improvisada en un bar, a cuatro personajes totalmente distintos, un musulmán, un cristiano, un judío y un hindú, todos vecinos de Melilla, al contemplarlos, decía, en perfecta sintonía, los cuatro en la misma onda, diciendo: qué raros son los chinos. Solo en esto estaban de acuerdo, y en la chabacana broma popular de la desaparición de los gatos del barrio cuando unos chinos abren un restaurante. Pero es que son la otredad, es cierto, muchas veces; o todas.

Cuando pienso en esa otredad china me viene a la mente un dato que Julio Verne nos trae en Las tribulaciones de un chino en China, si no me equivoco: a las afueras de las ciudades y pueblos se apilaban ataúdes esperando ser enterrados, a veces pocos, a veces verdaderos muros o montañas formaban aquellas cajas llenas de muertos: sería una descortesía ser enterrado antes que el gran emperador, por eso, hasta que este no muriese y sus pompas fuesen celebradas, todos esos muertos humildes esperarían apilados como cualquier otra mercancía. Dato este que se comprenderá fácilmente quede grabado en mi memoria.

El libro de los montes y los mares (Shan-hai ying) es otra magnífica prueba de otredad: ya se ve solo en la traducción lo difícil que es dar un sentido español a los pequeños textos que lo conforman, y no es hasta que llevas un cacho de libro que te haces con el ritmo. Yo me hago con el ritmo, perdón, estoy seguro de que aquellos cuatro bodoques del bar lo abandonarían a la primera: qué raros son los chinos, dirían, y pondrían la tele.

Yo soy chinófilo, eh, y tengo un poco de sinólogo también: os contaré de dónde viene mi comunión con la cultura del Celeste Imperio. Durante una época de mi vida (puede que esto durase un año o año y medio) me dediqué a ver cada día entre cinco y ocho películas de kung fu. Después de esta época hice lo mismo con películas de terror, pero esa es otra historia (o cuento chino). De ahí que a veces le suelte a la gente un “Buddha bless you”, juntando las manos como los monjes de Shaolín (el monje Santa es el más famoso de ellos). O que a veces le llame a alguien “joven señor”, o “joven señora”. Yo también tengo mi otredad, y puede que por eso me guste China y los chinos, como me gustan los hongos de Yuggoth.

No hablemos de la cantidad de veces (y de traducciones distintas) que he leído libros clásicos como el I Ching, el Tao Te King o El Arte De La Guerra. En especial el Tao Te King me ha enseñado prácticamente la mitad de lo que sé en la vida (sin olvidarme del príncipe Arjuna, eh, pero hoy no estamos por esas geografías fantásticas).

Ay, qué raros son los chinos. Qué diferentes a los europeos prepotentes y pueriles.
Otra muestra de esta diferencia: la pornografía china. No se han dejado llevar por la mecanizada pornografía del resto del mundo, en absoluto, han seguido el camino que mejor les ha parecido, y claro: ahí tenemos las discusiones de vestuario: “a mí no me gusta el porno chino, tío, cómo chillan y hasta se ponen a llorar las pavas; y los tíos no tienen herramientas descomunales, y hacen movimientos raros…” (Todo esto son lugares comunes que he ido catalogando a lo largo de la vida). Luego hay otro que simplemente dice con cara de sabérselas todas: “a mí me gusta”.

A mí me gustan los chinos. Comer comida china es el culmen de la sofisticación para mí. Hace unos cuantos años tuve un amigo chino. Era bastante viejo; sus hijos llevaban un pequeño restaurante vegetariano en Málaga, al que yo empecé a ir asiduamente. Allí conocí a este hombre: apenas decía dos palabras en español, pero congeniamos enseguida. Les ordenó a sus hijos que jamás me cobraran y empecé a sentarme con él cuando iba. Hablábamos y asentíamos con la cabeza, era una relación de película, casi casi un cuento chino… Me pregunto si el cuerpo de mi amigo estará esperando que se muera el emperador para ser él mismo enterrado. Ay.

Los cuentos orientales de Marguerite Yourcenar, El jardín de senderos que se bifurcan de Borges, los chinos nunca se acaban, y yo hoy y aquí me declaro chino, además de africano, no me importa que nos llaméis raros por nuestra forma de fumar y nuestras eternas y crípticas sonrisas. Soy chino.


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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Cualquier cosa que escriba Franky está tocada por la gracia y el talento, aunque sea más rara que ver películas de kung-fu en bucle, así que... Así es, ¡me ha gustado mucho esta entrada!

    (5/5)
  2. León

    A mí un chino me dijo que él era normal.

    (5/5)

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