Tirada de dados #03 – Tu mundo no está tan lejos

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Unos simples dados con imagenes pueden ayudar a romper la rutina y superar bloqueos creativos. Este relato parte de las imagenes sugeridas en la misma tirada de dados que los siguientes relatos:

«Tu mundo no está tan lejos»

Relato de Carlos Ruiz Santiago

Imagenes de la tirada de dados: gusano gigante, araña y arma laser

Una vez, Lonan escuchó decir a una blanca de vestido estampado que las estrellas eran flores en un manto oscuro.

Era mentira y él lo sabía. Las estrellas eran montañas en una inmensidad de puro vacío.

Negro, ausencia de todo.

Dyami, su padre, le había contado la historia cuando era pequeño. Le había narrado cómo todo había estallado, cómo aquel socoro mar eran tan peligroso como el de agua, que éramos todos islotes, picos y señalé en las tinieblas. Lonan recordaba preguntar quién lo había hecho estallar todo.

Lonan recordaba arrepentirse.

Dyami, con sus ojos oscurecidos de quien mira demasiado hacia atrás, continuó relatando. Le contó sobre Ibunk, la inmensa araña celestial que quería que todo fuera ella, y Galak, el interminable gusano que quería que el todo fuera la nada. Abrumadores como la misma existencia, como la falta de ella. Dos colosos primordiales que existan antes de la existencia, que caminaban usando las estrellas como potes sobre los que sostenerse.

Dyami sabía más, pero Lonan se negó a escuchar más y regresó a la cabaña. Aquella noche, la luna brillaba más que de costumbre, casi como si pretendiese acunarlo, consolarlo. Como su madre, que ya estaba, que nunca volvería a estar.

Su padre le decía que sí estaba, que habitaba en cada brizna de hierba verde y en cada refulgir de luz. Lonan solo notaba el picor del césped y el ardor del sol, pero nada más.

Quizás ella fuera la luna, quizás ella fuera la única cosa buena de la noche.

Quizás.


Estaba Lonan sentado entre los juncos, la hierba alta y afilada rodeándome. Olía a heces de liebre y fango lleno de cadáveres de peces, de restos de cangrejos dejados por las nutrias. El olor de la naturaleza. Arriba, las estrellas brillaban, por mucho que el sol y las nubes las ocultasen

Hacía años desde que Dyami le había contado aquella historia y, aunque el viejo había encanecido y Lonan había ensanchado sus hombros, la historia lo seguía asustando. Fue entonces cuando vio por primera vez a los blancos vestidos de verde.

Llevaban camiones, coches de tracción a las cuatro ruedas, armas y gritos. Estaban montando algo, ellos junto a los tipos de los monos azules, con sus cascos naranjas y sus miradas grises. Ellos construían un mastodonte de acero mientras el pueblo de Lonan observaba, huyendo de sus casas como malamente podían.

Usurpadores del color de la hiedra y su urticaria. Mierda seca en su propia tierra, así se sentía Lonan. No sabía que hacían ni por qué, no el importaban las razones ni le interesaba la lucha. El mundo estaba perdido.

Se pasó el día allí sentado, impregnando sus pulmones de esencias tumefactas. De noche, las estrellas brillaban con fuerza, haciendo resaltar el ónice del cielo. Estelas de un azul claro bailaban entre ellas. A lo lejos, dos amorfas luces de colores indecibles.

Aquella noche, la luna no resaltaba tanto.

A veces, ni los padres tienen fuerzas para consolar a sus hijos.


Los blancos construyeron una aberración. Era un colosal glóbulo ocular del que surgía un instrumento tubular. Una espada, un brazo. Lonan no comprendía que hacía eso allí, por qué concretamente en su allí y no en otro. Daba igual, la lucha era inútil. Su pueblo lo sabía y solo observaba con ojos cada vez más cenizos, de un gris contagioso como las desgracias. Otra de las cosas que aquellos hombres blancos traían en más abundancia de la habitual, de hecho.

También habían traído televisores. Lonan no había tenido uno jamás y, despuésde verlo, no lo quiso más. Monstruos, vomitadores de desdicha, heraldos de la oscuridad en el corazón de cada ser. Solo malas noticias y superchería superflua.

No todos eran de la misma opinión que Lonan, por desgracia, y las catódicas tinieblas se extendían como trinos de pájaros. Algo que se acercaba desde más allá de los confines de nuestro mundo, de nuestra galaxia.Algo que hacía tronar el espacio entero. Algo que colisionaba contra nosotros.

Una vez, un joven Lonan, esclavo de la presión de grupo y la curiosidad innata de los humanos, preguntó a una mujer de las que iban con los blancos y verdes que era lo que sucedía. Aquellos advenedizos en sus tierras no solían hablar mucho con los suyos, pero aquella chica arreglada de piel más oscura que la suya era algo más amable. Ella solo le dijo que aún no sabían, que aún no entendían. Lonan asintió.

En realidad, él si lo hacía.


Murmullos constantes, dos luces imposibles de dos colores inenarrables. El sol no las tapaba y cada vez estaban más cerca. De noche, las siluetas podían verse. Lonan no las necesitabas, ya sabía que eran.

Buscaba la luna, a su susurrar en el viento, pero todo estaba congestionado de cables de alta tensión, maquinaria, murmullos ebrios y estresados, mentes sobrecargadas
y el condenado televisor y su barullo letal, como si instigase a tirarse de un precipicio.

Lonan no le hizo caso y volvió a la laguna de olor a agua estanca. De noche, el agua reflejaba las luces espectrales del cielo. Parecía que el mundo más allá de su mundo se retorcía. Su padre había pedido que lo tirasen allí cuando falleciese y Lonan, que
cuando finalmente sucedió ya era un hombre, había cumplido su promesa.

No entendía por qué Dyami había decidido eso, tal vez solo quería huir de todo, porque solo podía ver las estrellas, ver su inmensidad, la amplitud de lo que a sus espaldas quedaba. Endémica enfermedad de los hombres, trasmitida de padres a hijos, el cercenar al presente con la hoja del pasado. Aquel mismo filo que te abre la piel a cada tajo que das, como una adición.

Lonan le comprendía, pero no lo compartía. Él no podría aguantar el silencio.


Lejos del poblado había un bosquezuelo abierto. Estaba lejos, al menos una hora andando para llegar, pero a él no le importó. No esa noche.

El estruendo continuaba siendo atronador, pero era más tenue allí. A él se lo parecía. El cielo era más oscuro en la foresta, las estrellas no destacaban tanto. Brillos lisérgicos seguían llegando a su espalda, del cielo donde todo se partía, de aquel agujero que se había colocado justo sobre su poblado. Era como un puente, un túnel, algo que se
piensa con antelación. Surgían cosas.

Patas largas, al menos ocho.

Boca tubular, llena de dientes.

En el bosquezuelo se oían los disparos y las explosiones, los sonidos incognoscibles de mentes más allá de lo entendible. Todo el cielo estaba sepultado de su estela. De Ibunk surgían capullos de seda cósmica y un millar de millares de versiones en miniatura de ella infectándolo todo. Por el lado de Galak no había nada más que negro.
Nada más que la nada.

Sin embargo, aún quedaba luna y brillaba con su tenue esplendor azul. Allí, a cierta distancia, aún podía verla. La escuchaba y ella lo hechizaba con su silueta etérea. Su madre casi parecía que podáis tocarle el pelo y sonreírle, que podía hacerle olvidar las conjunciones cósmicas y los poderes que funcionaban en niveles de conciencia muy superiores a la mente humana. Eso que llamamos destino y mala suerte. Eso en lo que no merece la pena luchar.

Lonan cerró los ojos, ignorando los inútiles esfuerzos de los blancos por detener algo de esas proporciones. El mismo firmamento se resquebrajaba. Una lucha más, esta vez allí. Un encuentro apocalíptico como otro cualquiera, igual de irrelevante.

Dejando de mirar al cielo, Lonan pudo imaginar las historias que su adore hubiese contado si su madre no hubiera muerto tan pronto, las sonrisas que ella les hubiera dedicado a ambos. En aquella oscuridad fue donde la encontró. Una pequeña y delicada sonrisa se dibujó en su rostro.

El fin del mundo continuaba a su espalda y, por lo que a él respectaba, podía durar lo que quisiese.


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Esta entrada tiene un comentario

  1. ¿Qué decirte que no sepas ya? Me encanta la profundidad del relato, tan inmenso como el vacío que muestras. 👏👏👏

    (5/5)

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