Tirada de dados #02 – La última oportunidad

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Unos simples dados con imagenes pueden ayudar a romper la rutina y superar bloqueos creativos. Este relato parte de las imagenes sugeridas en la misma tirada de dados que los siguientes relatos:

La última oportunidad

Relato de La Bruja del Sur.

—Aquella bala debía haberle volado los sesos, pero…

Un puro posado en unos finos y resecos labios. Una profunda calada mientras un par de ojos se entrecerraban, casi escondidos bajo el ala de un sombrero azul.

—El arma… Creí escuchar algo y me puse nervioso…

El humo del habano siempre le resultó pestilente, ahora no tuvo más opción que respirarlo cuando la boca de su jefe lo expulsó en una densa niebla.
Apartó la mano que sostenía el puro y tomo el vaso con el líquido ambarino, llevándoselo a los labios, sin apartar la vista del individuo que tenía delante.

—Yo… No volverá a ocurrir. Jamás.

En aquel tenso ambiente, una sonora y gutural carcajada recorrió con un escalofrío todo el cuerpo del descuidado camarero.
Había visto esta escena en multitud de películas.

«Ahora es cuando me pega un tiro», pensó Jimmy.

El pecho del viejo subía y bajaba por la risa mientras él no podía mantener ocultó su miedo.

—Jefe… Yo…

Apenas pudo terminar la frase cuando su rostro palideció al quitarse el jefe el sombrero.
El calor invadió sus piernas hasta llegar al suelo.

—Tráeme a un paria.

—Te-tengo a un chico… Flaco, el Flaco le servirá para…

Negando con el dedo índice tras otra larga calada al puro, el viejo se levantó de su asiento dejando ver el arma bajo su chaqueta azulada.

—Sin nombres. Odio a los chivatos.

En el instante que dura un parpadeo, apenas asintiendo por el terror que ese hombre le causaba, Jimmy sintió el frío metal de la pistola en su sien.

—Click—

—Solo…

—Click—

—Necesito…

—Click—

—Una…

—Click—

—Jodida…

—Click—

—Bala.

El humo invadió la estancia. La huesuda mano del jefe apartó las grandes manos del camarero, que cubrió su rostro.
Un amasijo de pálida y grasienta carne, en la que se confundían lágrimas con viscosidades nasales; todo ello mezclado con un nauseabundo hedor a humanidad hicieron arrugar la nariz del autoritario individuo.

—No me falles. Y lávate, que me das asco.


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