Tirada de dados #02 – Desgaste

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Unos simples dados con imagenes pueden ayudar a romper la rutina y superar bloqueos creativos. Este relato parte de las imagenes sugeridas en la misma tirada de dados que los siguientes relatos:

«Desgaste»

Relato de Carlos Ruiz Santiago

Lo mortal busca trascender, lo inmortal busca mantenerse. Así funciona la realidad, lo que es y no es.

Siempre ha sido, siempre será.

El vino caía rojo sobre la copa, como la sangre de una garganta cortada. Lucien le añadió su especia, su regalo, lo que lo hacía especial. Colocó la ornamentada copa de reflejos argénteos en la bandeja y caminó sin prisa, pero sin pausa por los nacarados pasillos de blanco impoluto del palacio. Por los colosales ventanales sin cristales se veían las nubes ocultando el suelo. Dicen que los dioses ven a través de ellas, pero a Lucien solo le parecían que los inmortales solo disimulaban mejor la ceguera que el resto.

Las paredes eran de un blanco casi ofensivo de lo perfecto que era. Tapices en estados de conservación imposibles colgaban de las paredes, añadiendo tonos de color demenciales al conjunto, al igual que los frescos en los abovedados techos. Todo autocomplacencia y egolatría, un recordatorio de la divinidad de las leyes, de como ellos mismo eran las leyes y el resto tan solo ovejas que debían acatar.

Lucien entró en una sala amplia a través de arcos áureos. El Dios Sol, señor de todas las divinidades, se hallaba allí, sentado en un sillón de terciopelo oscuro, observando, ensimismado, unas vides. Su vista parecía quemar mucho más allá, sus ojos perdidos. La inmensa figura de pura luz y fuego se encontraba ahora en sus ascuas, lejos de los años grandes y gloriosos que nadie recordaba. Casi ni él los rememoraba ya, nubes espesas como vómito en su mente, cada vez más densas.

Se hacía viejo y, últimamente, parecía despistado. Con todo el rigor y la ceremonia típica de la situación, Lucien le ofreció la copa. El Dios Sol la cogió. No lo miró, lo hubiese abrasado en su detestable perfección. No le dio las gracias, los dioses no podían agradece ni aun deseándolo. Ellos proveen, su voluntad es la del mundo, ¿por qué deberían agradecer nada?

El copero se quedó hasta que la deidad dio el primer sorbo a su copa con la usual indiferencia. Un pequeño placer personal para Lucien, un capricho que se permitía. Más cortesía y procedió a abandonar la sala. Volvió a su habitación, que no era ni amplia ni áurea ni impoluta, que era las sombras dentro de todos los hombres. Alguien había escrito alguna vez que todos tememos a la Bestia, pero que la mayoría la buscan en el lugar incorrecto. Lucien la había encontrado, y estaba en el interior del corazón, donde anidaban tinieblas.

Más copas tuvieron que ser servidas durante ese día para que otros dioses entretuviesen su boca con algo, aunque ninguna tan placentera como la primera que servía todos los días. Después, se fue a dormir. Por las ventanas, camino a su habitación, las nubes parecían manos informes y pesadas. Algo pastoso e infeccioso a través de lo que era imposible discernir nada.

Descansó un poco, lo que pudo. Aún con la luna en lo alto, ceniza y macilenta como un cadáver tumefacto, algo contorsionó las sombras de su cuarto. Un buitre, algo tenebrosos que no se podía ver en la completa penumbra y que Lucien siempre agradecía no poder discernir. Solo pedazos, solo momentos. Unos ojos insondables, unas pezuñas, una respiración húmeda y ronca, como si el aire sufriese al entrar en aquel cuerpo.

Jamás hablaban con palabras, pero conversaciones enteras tenían lugar entre los dos. Sueño y realidad, todo se deformaba. Aquella cosa, un demonio, un parásito que por fin había encontrado una puerta al palacio de los dioses a través del corazón de Lucien. Un tumor, una infección.

Extendió el avernal ser su zarpa ónice con unas semillas diminutas de una planta olvidad ante los ojos de la civilización. Con delicadeza y un temblor incontrolable, Lucien las recogió y las colocó en el bote donde siempre las colocaba, donde esa misma mañana había sacado las últimas reservas que le quedaban. Lucien no lo vio, pero sabía que el engendro sonreía. Tan pronto apareció, se desvaneció en las tinieblas. Esa noche, Lucien soñó con la oscuridad total y su acusador silencio. Cosas de la venganza.

A la mañana siguiente, cogió algunas semillas, las molió y, con sumo cuidado, las vertió sobre el vino caliente. El polvo se disolvió como bruma en la mente, como locura transitoria. Era suave, desapercibida en el vino especiado. Era semilla de locura, de demencia, de algo pequeño y carnívoro que comía cerebros.

Avanzó con paso resuelto por los inmaculados pasillos. El Dios Sol, señor de todas las deidades a la luz de su astro, cogió el vino con la soberbia que la perfección daba. Sus ojos estaban perdidos entre las nubes, sin encontrar la salida. Otras deidades lo miraban sin decir nada, disimulando, preocupadas y desconcertadas. Lucien lo observaba con deleite.

El copero se quedó hasta que el dios dio el primer sorbo. El mortal sonrió. Cuando alguien no puede trascender, cuando no puede crear, destruye. Hay placer en ambas. Lucien se fue con una imperfecta sonrisa en la boca, demostrando que lo mortal no era necesariamente inferior a lo inmortal.

Siempre ha sido, siempre será.


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