Tras la luna albar

La noche lo despertó con gritos congelados en el aire. El hombre, ya prácticamente vestido en su cama, agarró la escopeta y bajó las rechinantes escaleras. Uno protege lo que es suyo, lo defiende de los intrusos. Era un instinto básico de la vida: perdurar y hacerlo con la mayor holgura. Últimamente eso había sido especialmente difícil.

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