Sobre las imposturas sinceras.

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¿Oxímoron? No estoy tan seguro. Voy a contaros un cuento y después retomo la cuestión (si me acuerdo en mi arrebato a vuelapluma).


Me dió durante un tiempo por buscar concursos literarios de cualquier tipo, pero siempre dotados de cierta recompensa económica, desde luego; por ver si sacaba unos euros de mi arte de escribir para por fin cambiar las ruedas del coche (que desafían a la muerte a cada kilómetro) o poder pedirme una pizza de esas de veintipico euros como hacen los señores de abolengo.


En fin: sobra decir que en todos los concursos fracasé. No me voy a quejar de si los concursos están amañados, que lo estarán muchos de ellos. Tampoco me voy a quejar de si soy un incomprendido, o un anticomercial –que lo soy-, ni me voy a refocilar aquí (que sí, que ya lo estoy haciendo) diciendo que en mi lecho de muerte me haré la paja mental de creer que se me reconocerá la genialidad una vez difunto y que mis hijos nadarán en pasta (mis hijos y los de Daniel Aragonés, que nuestra suerte va pareja desde cierto pacto de sangre que acaso contaré en otra ocasión); solo quiero contar una de mis aventuras como caza fortuna literario.


No sé si estará bien o será correcto decir qué concurso era, así que no lo diré. Baste con informar someramente de que se trataba de uno de un pueblo famoso por sus fiestas, en las que tocan el tambor siempre con Dios y la Virgen de por medio. Yo nunca he estado en ese pueblo, tampoco le tengo ni siquiera simpatía a los católicos ni a los cristianos en general, y todo en este certamen decía: viva la Virgen (ese tipo de borreguismos cerriles). Pero me dije: ¿acaso no me puedo convertir yo en un devoto? ¿Acaso no soy un creador? ¿Acaso no puedo yo fingir reverencia, amor y respeto por cosas que me la refanfinflan? ¿Acaso no puedo conmover con mis mentiras literarias a alguien metiéndome en sus creencias y querencias? A todas estas respuestas había una sola contestación: por supuesto, colega.


Entonces investigué un poco el pueblo: vi un documental; miré sus mapas; localicé sus iglesias y sitios más famosos o característicos; leí sobre su fundación y la fundación de sus costumbres; ya sabéis, eso que llaman documentarse. Y me dispuse a hacer eso que, con mayor o menor fortuna en el resultado, se me da tan bien: juntar letras. Y escribí el siguiente poema, leedlo:

VEINTE MIL TAMBORES

Veinte mil tambores, cuarenta mil manos
El estruendo es diferente estando dentro que desde fuera
Pero se mete dentro del pecho, resuena
Cosquillean hasta los dientes, repican
Las placas tectónicas se achantan a nuestro toque
Los cielos se despejan encima de nuestras cabezas
La campana parece callada
Allá en lo alto, en Santa María de la Asunción
Pero también vibra
También está vibrando
¿Por qué os vestís todos de negro?
Pregunta un obnubilado visitante
Pero no le escuchamos, porque redoblamos
Ya te lo explicaremos más tarde, amigo
Ahora súmate al río de gente
No importan tus ideas, creencias o quereres
Si te metes en la vibración inquieta
En el trueno sostenido
Eres uno de nosotros: ¡sé bienvenido!
Veinte mil tiesas pieles, cuarenta mil palos
No hay tiempo cuando tocamos
No hay color, ni blanco y negro
Estamos en otro plano
Dentro del tumulto la trepidación enloquece
El roce, codo con codo, hombro con hombro
Nos retrotrae a los antiguos campos de batalla
Reímos: hoy la batalla, por suerte, ya la trajimos ganada
¿Por qué os vestís de negro?
Pregunta con la boca abierta un forastero
Pero no lo escuchamos
Porque con nuestra tormenta arreciamos
Somos trueno, grito, canto
Ya ni la campana de la Asunción
Tiene pinta de estar callada
¡Tanta es la vibración!
Juran que han visto a la cabeza del pueblo
A San Vicente Ferrer, tocando un tambor precioso
Sabemos que son cosas que se dicen
Que siempre se dicen
Y con gusto, alegremente:
Nos las creemos. Sigue tocando, San Vicente
A la cabeza de toda esta buena gente
Veinte mil tambores, si se callan de repente
Te quedas sordo
Cuarenta mil manos, si se detienen
El alma queda, quiera ella o no quiera
En vilo: hasta que de nuevo resuenan
El forastero ya no pregunta
Él también va, por fin, vestido de negro
¡Y ya anda metido en la tormenta!

Hasta aquí el poema. A mí me gusta, y me parece muy al caso para el certamen. Para leerlo gloriosamente en la plaza del ayuntamiento con los ánimos exaltados y los cerebros algo embotados por el alcohol (esto nunca falta en estos tinglados). Pero no: nadie lo leerá, a nadie exaltará (y menos ahora que me muestro como un creador de imposturas, claro, igual hasta se enfada alguien).

Pero sucede (aquí vienen las disquisiciones sobre la necesidad del oxímoron) que mientras leo el poema yo mismo, ahora, meses después de su estrepitoso fracaso, me convierto, mientras leo, en otro. Me exalto, al final sí que hay exaltación, aunque solo sea mía. Y recuerdo que cuando ciertos personajes de Julio Verne, por ejemplo, hablan de sus sentimientos por su Patria, o de sus convicciones morales y religiosas, yo, que no participo para nada ni en patrias ni en morales ni en religiones, yo, que no solo es que estas cosas me resbalen, sino que voy directamente en su contra, siendo Amoral, Apátrida y Antitodo en general (como mi buen Unamuno o mi buen Nietzsche); yo, decía, en esos momentos leyendo al viejo y bueno Verne, grito con el personaje: ¡viva Francia, que Dios nos guíe en nuestro recto empeño!
Entonces ¿hay impostura? La hay. Pero ¿es sincera, por paradójico que esto resulte? También.
Escribir es mentir, desde luego, pero también es decir la verdad. O una herramienta de conocimiento.

En estas cosillas estaba pensando esta calurosa mañana y quise dejarlas dichas por aquí.
Sin más: ¡viva Dios, la Moral y la Patria, viva el Diablo, la Libertad y la Madre Tierra! ¡Y viva yo, y también, por supuesto, querido lector, tú!


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Esta entrada tiene 12 comentarios

  1. Rashan

    Yo trabajo de cara al público, no escribo para nada, pero a veces pienso en lo falso que tengo que ser en el trabajo y que en alguna medida esa falsedad no es del todo falsa. Como si todos fuésemos escritores

    (5/5)
    1. FRANKY

      Yo trabajo en un hotel, Rashan, también de cara al público, y también tengo este personaje para tratar con las personas que pasan por aquí, pero no deja de ser ese personaje mío un ente ciertamente real, aunque a la vez sea una maquinación. Gracias por leer!!

      (5/5)
  2. Patricia López

    "Escribir es mentir, desde luego, pero también es decir la verdad. O una herramienta de conocimiento."...esa frase me impacto,porque tiene tanta verdad!...tanto como si se escribe ficcion,o como un diario personal...o con palabras finas,o solo burdas coplillas...siempre escribir será valvula de escape para mentes inquietas...y si se puede sacar recompensa monetaria,pues adelante!...👍

    (5/5)
    1. FRANKY

      Muchas gracias por leer, Valkiria!
      Y es verdad, en palabras de Manu Chao: todo es mentira, todo es verdad. Quizá lo sustantivo sea otra cosa más allá de verdad o mentira, el ritmo acaso, como decía el agente Cooper.

      (5/5)
    2. LOU

      Veinte mil tambores me ha gustado. De hecho, me sigue resonando en mi cabeza 40.000 palos y 40.000 manos. Realmente hasta me ha sorprendido.
      Pero la historia de su creación me ha hecho UN MONTÓN DE gracia y de GRACIAS.
      Yo no sé de concursos literarios, pero me gustaría presentar un escrito a uno que tenga de recompensa una pizza gigante. Si te enteras de uno de esos, lo publicas ; p

      (5/5)
      1. FRANKY

        Jajajaja, ya solo por eso te mereces una pizza

        (5/5)
    3. José Luis

      Malditos pueblerinos y sus miras estrechas y premios amañados. Algún día pagarán su error. Gran poema, mejor reflexión.

    1. FRANKY

      Si yo me conformo, pero quiero más, jajaja, nunca se acaba el bucle

      (5/5)
    1. FRANKY

      Ni mayor exhibicionista

      (5/5)
  3. León

    En treinta segundos seré un ventanal.

    (4/5)

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