RESEÑA: Truly, madly, deeply

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TRULY, MADLY, DEEPLY

Año: 1990

Duración: 107 min.

País: Reino Unido

Dirección: Anthony Minghella

Guion: Anthony Minghella

Música: Barrington Pheloung

Fotografía: Remi Adefarasin

Reparto: Alan Rickman, Juliet Stevenson, Bill Paterson, Michael Maloney, Jenny Howe, Carolyn Choa, Christopher Rozycki, Keith Bartlett, Stella Maris

Sinopsis: Nina y Jamie son una pareja muy enamorada. La muerte de Jamie es para Nina un auténtico drama. Así las cosas, el espíritu de Jamie decide intervenir, desde el Más Allá, para buscar a alguien que la consuele, ya que no puede soportar la idea de ver a su amada lamentándose el resto de su vida.

Reseña:

Me da mucha pena pensar que el subgénero de los fantasmas se muere, por irónico que suene. Es verdad que, últimamente, resurge de vez en cuando, pero me parecen solo latigazos sueltos (algo similar a lo que pasa con las películas del salvaje oeste). Quizás tuvo su tiempo, quizás sea un género demasiado difícil de tratar, tanto que no compense el hecho de que puede llegar a ser algo muy íntimo, de tocarnos desde muy hondo.

Esta cinta es una de esas que alejan al espectro del cine de terror (como ya hacía A ghost story) para crear una obra divertida, dramática y emotiva que removerá las entrañas del más frío. Todos los monstruos son un miedo muy real a algo, por eso nos asustan. Los fantasmas son miedo a la perdida, al olvidó. Normalmente, son espectros que se arrastran y causan el pavor por evitar estos horrores, atormentando a aquellos que los profanan en vida (o en muerte). No obstante, está cinta le da una vuelta al concepto y crea un espectro que trata de ayudar a su antigua novia a que supere su propia muerte.

La película, al principio, puede parecer un poco banal, puede que incluso demasiado acaramelada, edulcorando un conflicto bastante más profundo y con algunos puntos que, si bien divertidos, sacan de esa depresión profunda a causa de la pérdida que parece estar intentando inculcar (aunque defiendo el concepto de representar a alguien con depresión como una persona que sea capaz de reírse sin que eso la invalide). No obstante, pronto aprendemos que todo esto es plenamente consciente, como el mundo sigue teniendo risas y diversión por muy triste que estés, de como la depresión puede hacerte perder momentos verdaderamente importantes de tu vida y de los que te rodean, cómo puede separarte de nuevas oportunidades por andar anclada al pasado. De como, a veces, tienes que aceptar cosas terribles para dejar de cargarlas a la espalda y poder avanzar con mayor ligereza hacia un mañana que, con un poco de suerte, será menos frío.

Y los planos son sencillos, la iluminación es muy natural y las actuaciones que los dos protagonistas son magníficas. Todo en esta cinta promulga un intimismo muy trabajado, un preciosismo simple, un interés por crear en esa casa un microcosmos donde la protagonista lucha con sus demonios del pasado mientras el exterior se torna más cálido, sí, pero también más peligroso.

Es una cinta preciosa y lacrimógena, pero que no cae en clichés baratos ni en soluciones fáciles. No tiene ningún drama tonto y buscado para sacar la lágrima fácil, de hecho, muchas veces rebajará el tono con algo de comedia para ayudarnos a continuar, como pasaría si tratásemos de soportar un duelo. Pequeños momentos de felicidad que, poco a poco, van aumentando hasta comerse la tristeza. Es una película con una visión positivista pero no idealizada y, a través de la figura del espectro, tratan las disquisiciones de no ser pasado, pero tampoco futuro, sino, sencillamente presente. La importancia del ahora y el horror vivir en el ayer como lema. Nos ayuda a abrazar esos recuerdos, aceptar esa incertidumbre y continuar.

Esta es una película pequeña y sincera, simple y efectiva. No busca grandes locuras de cámara ni portentosos giros de guion, se tratan tan solo de una pequeña historia cotidiana, una historia con fantasmas y no de fantasmas, como diría Guillermo del Toro. Una fábula sobre algo muy real donde la fantasía se cuela para que lo entendamos y superemos mejor pues, ¿no es esa la finalidad última del fantástico?


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