Relato-Putada #03 La cárcel

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Tras la votación realizada a través de nuestra cuenta de Instagram, habéis decidido que el relato que optará a la victoria final de nuestro reto y se podrá llevar un ejemplar de nuestra antología Libélulas Negras es: Bardem al otro lado del espejo del Dr. Irreverente.

Las condiciones eran las siguientes: Estás encerrado en una cárcel (tu sabrás cómo y por qué has llegado a esta situación). Para tu sorpresa, tu compañero/a de celda es un actor/actriz de fama mundial y tú eres su fan número uno.

Continuar la historia incluyendo las siguientes palabras: inmarcesible, cereza y níquel

Estos son los tres relatos finalistas en el reto de escritura del relato-putada del mes de marzo:


BARDEM AL OTRO LADO DEL ESPEJO

Dr. Irreverente

    Javier ronca como un animal en celo. Pero no me importa. Este pedazo de hijo de la gran puta es mi ídolo y me encanta compartir celda con él —entiéndase—. Cuando entré aquí y me lo pusieron de compañero no me lo podía creer, me dije: ¡Joder que puta suerte la mía!

    Por cortesía, y sin pretensiones o crear una incomodidad, le pregunté que por qué lo habían encerrado, aunque es evidente: ya lo sabía. Este cabrón avaricioso está encerrado por hacer de Salazar en Piratas del Caribe. A quién se le ocurre. Le costó mucho reconocerlo, pero, joder, fue un crimen para la humanidad, el final de sus huevos de oro y una pedrada para su carrera en Hollywood. Todo por la pasta y nada por ninguna patria.

    Javier ronca a lo bestia porque se mete toda la farlopa que pilla en este antro de mala muerte. Sí, hay coca en la cárcel, y mucha, y si nos cogen con ella acabamos en los módulos chungos, como es el caso. Pero no importa, ¿verdad, Javito?

    Javier ronca y no se despierta. Tienen que subir los funcionarios y hacerlo ellos. Y claro, como todo el mundo le idolatra, pues al final le acaban comiendo el culo. Así funciona esto cuando eres alguien.

    Javier ronca y le llamo, ya son las 8 de la mañana, la maldita hora del desayuno.

    —¡Javi! ¡Javito! —le doy unos toques en la pierna, pero ni por esas.

    —INMASCERIBLE —grita entre sueños.

    —¿Qué cojones dices, Javito?

    —CEREZA.

    —¿Javi? ¿Javier? —increpo sonriendo.

    —NÍQUEL.

    Javier sigue roncando entre estertores, convulsiones y golpes.

    Llamo a los funcionarios y se lo llevan de urgencia a los servicios médicos. ¿Qué está pasando? Igual se ha metido demasiadas cosas esta noche —ironía modo ON—. Coca, pastillas, ese potingue que hacen los del taller de manualidades y la magia de su compañero de celda: YO.

    Cuando vuelvo a la celda ya es de noche. Javier está en la cama. Sigue roncando, como si no se hubiese ido esta mañana. Al parecer se trata de sobredosis, estaba en lo cierto.

    Le intento saludar, pero no contesta.

    —¡Que te jodan, Javito!

    La verdad es que el tío es muy desagradable. Un puto gilipollas. Se muestra ante los demás como si fuese una especie de dios pagano. Nos mira a todos por encima del hombro.

    —Javi, Javi, Javi… —canturreo.

    Machaco tres Tramadoles, los disuelvo en agua y se los hago tragar.

    —Dulces sueños, Salazar.

     Supongo que ahora mismo su vida es como la de Alicia. Llevo semanas haciendo esto. No soporto escuchar su jodida voz de supremacía. Sí, es mi ídolo, pero no le aguanto.

    —Bueno, Javito, ¿qué vamos a hacer esta noche? ¿Nos vamos a pegar una fiesta?

    Me unto la polla con vaselina filante —me la pasan los de cocina—. Me desnudo para ocasión. Cierro la ventanilla de la puerta. Y espero a que todos duerman.

    —Dulces sueños, Bardemcito.

    El inmarcesible culito de mi compañero de celda va a tener el placer de enredarse con mi glande de níquel. Sus cachetes, color cereza, quedarán de un morado berenjena que ni el arzobispo de Florencia.

CHINO

Traschini Smool

    Me desperté con el sabor metálico de mi propia sangre y el dolor por la patada en la boca, cuando la uña del pulgar de un oriental, al que más tarde reconocería como Woo Ji Jung, se clavó en mi labio inferior. Tenía mis manos atadas a la espalda con un precinto plástico, de esos que se venden en las ferreterías. Estaban tan apretadas que la sangre se me agolpaba en los dedos oprimiendo con fuerza sobre mi anillo de níquel con la inscripción “El día de la bestia”. Antes de irse, Woo arrojó con desprecio, un paquete de galletitas de agua al que solo le quedaban algunas, hechas migas, y una lata de picadillo vacía, con los bordes filosos y mal cortados, con un poco de agua adentro para que bebiera. Mientras la luz pálida del recinto estuvo encendida, pude ver que el lugar se trataba de un cuarto rectangular, mal iluminado, ya que algunas zonas permanecían a oscuras, sin ventanas, con algunas columnas cada cierta distancia. En una esquina, una escalera caracol ascendía hacía el techo. Por el frío y la humedad que sentía en mi cuerpo acostado sobre el piso, tuve la certeza de que me encontraba en un sótano. Una vez que Woo apagó la luz desde la cima de la escalera, el cuarto quedó sumido en la más perfecta oscuridad y fueron los olores, entonces, los que me golpearon en el rostro: una mezcla de hedores a alimentos rancios, heces y orines de roedores y al moho de la humedad penetrado en el suelo y las paredes. Al intentar moverme, descubrí que mis piernas se encontraban inmovilizadas por algo que me envolvía. Tanteé con mis manos y pude percibir que eso que me envolvía era un film streech, del que se usa para envolver cajas y mercaderías. Estaba convertido literalmente en un gusano y, así era exactamente como me sentía. Entonces grité. Grité con todas mis fuerzas, hasta el insulto. Pedí con enojo que alguien bajara, imploré compasión, amenacé. Pero mi voz parecía rebotar en el recinto hermético sin poder escapar. Y cuando ya no hubo más insultos que proferir, lloré con angustia sin poder taparme la cara con las manos y esa fue una tortura peor que el estado en el que me encontraba.

    Cuando conseguí calmarme, necesité imperiosamente beber un poco de agua y busqué acercarme a la pequeña lata de picadillo. Repté como una oruga en la oscuridad hacía dónde recordaba que las cosas arrojadas por Woo habían caído, buscando con mi rostro encontrarme con la lata. Cuando lo hice, apoyé mis labios con cuidado en el metal filoso y sorbí un poco del agua aceitosa, que aún conservaba algo del sabor al contenido previo. Al terminar de tomar, unos versos recitados por un hombre con perfecto acento español, retumbaron en el sótano: “«La flor inmarcesible de tu cerezo, ya no dará una cereza este año», chaval; cálmate un poco que te vas a desgañitar”. “¿Quién dijo eso?” ―pregunté casi gritando. “Uno que como tú, vino a comprar al chino equivocado” ―respondió el desconocido.

    Woo Ji Jung era el dueño de un supermercado chino en el barrio porteño de Almagro. Y no era chino, era coreano. En este lugar yo hacía, todos los viernes, mi compra para el fin de semana, porque es sabido que en esos negocios tienen los vinos a los mejores precios. Cada viernes llegaba por la tarde y con entusiasmo lo saludaba con un alegre “¡Que hacés chino! ¿Cómo andás?” y él, solemne y grave me respondía: “no soy chino, soy coreano”. Woo era un hombre bajo y muy delgado, cuya edad era muy difícil de calcular. Tenía músculos tensos y fibrosos que se adivinaban bajo la piel de los brazos. Si bien era pelado, sobre sus orejas se podía ver el velo de una pelusa blanca. Su piel era muy fina y amarilla, como un pergamino tirante que cubría una calavera blanca y dejaba ver en sus sienes, venas azules y carnosas. Los ojos, pequeños e inexpresivos como los de un tiburón, se encontraban hundidos en las cuencas oculares profundas y oscuras.

    Aunque el encierro y la inmovilidad me hacían sentir confundido y aturdido; al escuchar la voz de mi compañero, en esa improvisada celda, sentí como si la conociera de años, como si se tratara de un viejo amigo, cuyo acento español y el timbre particular, me resultaban familiares. Pero de dónde. “¿Sabés por qué estamos acá?” ―pregunté. “No tengo la más puñetera idea, chaval. Solo sé que vine a por un supermercado chino, como le dicen ustedes aquí, y ya ves. Acá estamos los dos, cagados hasta la coronilla” ―respondió mi compañero. Al terminar de escucharlo, su voz me coincidió perfectamente con la imagen de un hombre algo obeso, pelado, mal afeitado y con anteojos de sol. Como un holograma, apareció ente mis ojos desorbitados en la oscuridad absoluta del sótano. ”¡Vos sos Torrente!” ―enfaticé con la alegría de un niño. De un niño maniatado groseramente en el piso pestilente de un sótano oscuro, pero un niño al fin. “Bueno, si quieres verlo de ese modo, soy Torrente, pero también soy Santiago Segura. No voy a quitarte la ilusión en una situación como esta”. En ese momento, una sensación de triunfo me invadió como una revelación. Seguro ya debían estar buscándolo a Santiago y cuando lo rescataran a él, también lo harían conmigo. Era una cuestión de horas nada más. Esperar un poco en ese agujero hediondo y luego contarles a mis amigos que estuve encerrado con nuestro ídolo de las películas. “¿Cómo caíste acá, Santiago?”. Me contó algo de una coproducción argentino-española, y que necesitaban filmar unas tomas en un supermercado chino, y que este le quedaba de paso cuando volvía al hotel todos los días luego de grabar, y que le pareció bien entrar a verlo y preguntarle al dueño si no podrían filmar unas escenas porque, claro, lo que necesitaban era un supermercado chino. Y cuando se despertó, apareció en este sótano, maniatado, con un fuerte golpe en la cabeza, y sin nadie que le diera charla, hasta que llegué yo. “¿Y cuando pasó eso?”. “Anoche”  ―respondió Santiago con resignación.

   Un silencio se instaló entre nosotros. Si hubiera habido luz, nos hubiéramos estado mirando a los ojos mientras duraba el silencio, pero en cambio, ambos mirábamos con los ojos bien abiertos como para oír mejor, hacía donde venía el sonido de las palabras del otro. El escondite era perfecto. ¿Por qué nos encontrarían? El silencio se prolongó hasta que, con esa sensación de certeza inamovible, de angustia por el destino evidente y lógico que se me presentaba ante mis ojos en la oscuridad del recinto, me dormí. 

   Al día siguiente, los ruidos de una actividad intensa nos despertaron. Sonidos metálicos pasando de un lado al otro de nuestro techo, que bien podrían ser carros para llevar bultos. Golpes que retumbaban en el recinto como el que haría un gran peso cayendo hasta al suelo. Portones que se abrían hasta chocar con una pared. Y el sonido inconfundible de la puerta de nuestra cárcel abriéndose. La luz del recinto se encendió. Mientras nuestras pupilas se acostumbraban a la claridad, luego de horas de oscuridad absoluta, un nuevo nivel de iluminación sobrepasó al único foco encendido que colgaba de un rincón del cuarto. Junto con el chasquido de un interruptor, que por el sonido debía ser más grande y más importante para manejar mayor cantidad de luz, el sótano se hizo de día. La chancletas de Woo comenzaron a bajar por la escalera mientras hablaba en voz alta, de esa forma en la cual, aún sin entender el idioma, se puede saber que está dando órdenes e instrucciones. Con la nueva iluminación, todo el recinto hasta sus recovecos, quedaron expuestos ante nuestros ojos. Una mezcla de felicidad y ansiedad nos abrigó a Santiago y a mí. Nos miramos, ahora sí nos veíamos, con una sonrisa de alivio en nuestros rostros. Por la escalera, luego de que Woo llegara al piso, un séquito de personas comenzó a descender. Esperé ver los borceguíes lustrados de los policías, los zapatos elegantes de los fiscales o el juez. Pero un detalle de las personas que bajaban llamó mi atención, todas eran orientales y traían utensilios y objetos en sus manos: rollos de film streech como en el que estábamos envueltos, bateas plásticas blancas de un volumen considerable, pequeñas bandejitas de tergopol como las que se usan en las heladeras exhibidoras de los supermercados, y trapos. La nueva luz, blanca y total, nos ofreció la imagen más espantosa que podríamos haber imaginado: Woo yacía parado, esperando a que el cortejo terminara su descenso, al costado de una mesada blanca e inmaculada de cemento, perfectamente azulejada. Un soporte de madera colgado en la pared, exhibía la colección más completa y profesional de cuchillos para carnicería. Con uno de ellos en la mano, casi tan grande como un hacha, Woo se dirigió a nosotros y nos dijo: “no soy chino, soy coreano”.

TEJEDORA

Sandra Gómez Moreno

Abro los ojos. A pesar del ruido que hay a mi alrededor me he quedado dormida.

Intento estirarme. Misión imposible.

El cuello me duele horrores. Tengo la manía de apoyarme en la pared y seguro que me he dormido en una mala postura. Aunque a decir verdad la cama que tengo no es muy cómoda que se diga. Si donde estiro mi cuerpo se puede denominar así, porque una losa cumpliría mejor su función. Los nudos me están destrozando el cuello y la espalda.

Esto de estar presa no es agradable.

Sí. Perdonad. No os he dicho que estoy encarcelada. No es algo fácil de admitir y más cuando no has hecho nada. Soy inocente, por más que el juez y los que me rodean me crean culpable.

Mi abogado está haciendo todo lo posible. Estoy convencida de que dentro de poco conseguirá sacarme de aquí.

Como os iba contando, el ruido de mis compañeras de prisión es ensordecedor y la celda no es precisamente muy cómoda, ni amplia. Me ahogan los malos olores y los ruidos revientan mis tímpanos. Pero tengo que aguantar.

Cierro los ojos. No quiero llorar.

—Hola, ¿Te encuentras bien?

Oigo que alguien me habla, pero me cuesta salir de mi ensimismamiento.

—Oye, ¿te puedo ayudar?

Alzo la mirada y una mujer me mira con preocupación.

¿Cuando ha entrado esta señora?

Poco a poco mi mente baja a la realidad de la cárcel.

Y quien me observa con cierto desasosiego me suena.

—¿Estás mejor?

Esa voz… ¿Por qué me resulta tan familiar?

Pestañeo. Tengo el cerebro a 1000 revoluciones.

La miro fijamente, aunque su rostro se sitúa al contraluz de la bombilla que ilumina la celda.

—Sí. sí. Estoy mejor. Muchas gracias.

Entrecierro los ojos…

Se escuchan golpes en la puerta de la prisión. En cuanto la mujer gira su rostro en dirección a la puerta,  la reconozco de inmediato. Doy un grito de sorpresa.

—¡Oh, Dios mío! ¡Carmen Machi!

Al escuchar mi alarido los ojos de la actriz se clavan en los míos con un gesto que no sé muy bien cómo interpretar. Sus labios color cereza se abren, pero no emite sonido alguno.

Desde fuera se escucha más ajetreo del normal. Puede que sea por el ingreso en prisión de la interprete. O puede que se estén peleando de nuevo.

Tengo el corazón que se me va a salir por la boca. No comprendo nada. No sé cómo ha sucedido, pero mi musa está conmigo en la cárcel. Le debo tanto…

—Dios mío que vergüenza —dice Carmen.—Este va a ser mi fracaso como actriz… ¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho?

Quiero acercarme pero temo que rechace esa aproximación.

—No tienes porqué decir eso… Nunca serás una fracasada, Carmen. Nunca.

—¡No tenía que haber apuñalado a ese malnacido, pero quería hacerme daño! ¡Va a ser mi ruina!

Solloza.

Aprovecho para dar un paso hacia donde se encuentra.

—Carmen, no digas eso. Tus papeles han sido y serán inspiración para muchos de nosotros.

La mujer tiene la cabeza agachada mientras sigue protestando. Tiene los ojos llorosos.

—Dudo mucho que a partir de ahora motive a alguien a hacer algo bueno en la vida.

—Puede que ahora, no. Pero a mí me ayudaste mucho… Por eso estoy aquí.

Frunce el ceño extrañada ante lo que acabo de decir. Gira su rostro y me mira de manera inquisitiva.

—¿Cómo que estás aquí por algo que te inspiré? Creo que no he interpretado ningún papel en una cárcel.

Me sale una carcajada un tanto extraña, pero me hace gracia en cierta manera su inocencia.

—No, Carmen, no. Tranquila. No has realizado ninguna interpretación en una prisión. Has sido inspiradora en otros papeles.

—¿Ah, sí? —Pregunta algo más animada.

—¡Por supuesto que sí! Sobre todo el que hiciste en el primer episodio de “30 monedas”. Ese fue sublime.

—¿El papel de Carmen? ¡Pero si es terrible! ¡Sufro un trastorno psíquico importantísimo y me hago cargo del hijo del demonio por tal de tener un niño en mis brazos!

Me callo.

No me gusta nada lo que ha dicho.

Acaricio la moneda de níquel que llevo en mi colgante. Me ayuda a tranquilizarme.

La maternidad no es un trastorno psíquico. La maternidad es un don y si no puedes tener hijos de forma natural, debes aprovechar las oportunidades que la vida te da.

—No estoy de acuerdo —replico.

Los ojos de Machi se cierran ligeramente.

—¿Por qué no lo estás? —pregunta con cierta dulzura.

Agacho la mirada.

—Porque acabas de decirme que querer ser madre es un trastorno.

La actriz resopla.

—Ser madre es una bendición, pero lo que hace ese personaje en la serie, es de locos. Sus actos no se justifican bajo ningún concepto. Es ficción. Es terror. Eso no debería pasar en la vida real.

Me estoy enfadando.

—Cualquier acto sirve si se quiere ser madre. Y yo quería serlo. —digo entre dientes.

—No. No sirve. No se puede justificar la muerte gratuita y dolorosa. Asesinar, descuartizar y tejer una tela de araña para asfixiar a tu marido, no.

Tras ese breve discurso Carmen se pone de pie, muy tensa. Camina hacia atrás y se sitúa muy cerca de la puerta.

Conozco ese gesto a la perfección.

Pero no me lo esperaba de ella.

Mi musa.

La rabia se apodera de mi cuerpo.

—No tienes idea de lo que he hecho para que ahora me mires como si fuera una asesina. Tú has sido mi inspiración. Tus agujas y tus hilos me sirvieron para imitar a la perfección el robo del bebé del vecino.

>>Los primeros días fueron los más complicados. Le alimenté con leche que iba preparando a contrarreloj. Y para que cogiera más fuerza le preparaba algunas papillas donde mezclaba esa leche, con sangre de su madre y de la mía. Aunque ese niño, es mi hijo. Por más que me lo nieguen. Yo no le parí, pero le mantuve con vida las primeras semanas de su existencia. Su madre no fue capaz de esquivar una pequeña aguja de tejer que se dirigía a su cuello.

>>Tuve que hacer lo imposible para que los gritos de su progenitora no se escucharan por todo el vecindario. Y claro, me tenía que deshacer del cadáver. Tejí varias telarañas por todo el comedor y a pesar de haber vaciado su cuerpo, la condenada pesaba como un demonio. Casi se me rompen al colgarla. Hice algunas más por si acaso y así oculté mucho mejor su cuerpo.

>>No es por nada, pero lo que hice, se asemejaba a una obra de arte.

>>El problema fue el niño pequeño. No dejaba de llorar. Igual tener a esa mujer colgada y la poca iluminación le asustaba. O la escasa ventilación. No lo sé. Pero no dejaba de llorar. Y me desesperaba. Hubo varios instantes que tuve la necesidad de ahogarle. De pasar un hilo de lana por su pequeño cuello, pero no. El amor de una madre es inmarcesible. Perdona todo y lo da todo. Al fin y al cabo mi deseo más profundo era tener un hijo. Y tenía al ser más perfecto entre mis manos. No era justo matarle. Ni de esa manera, ni de ninguna otra.

>>Pero el padre metió las narices donde no debía. Le dio tiempo a llamar a la policía antes de que le clavara varias agujas en los ojos y en la yugular. Murió desangrado como el cerdo que era.

>>Me arrancaron a lo que más quería: al niño de mis ojos. Al ángel caído del cielo que tanto le había pedido al averno. Al niño que me miraba a pesar del llanto, con infinita ternura. Yo era su todo. Su madre. Su esperanza. Me lo arrebataron como si de un perro se tratara. No hay vida para desearles el mal que me han hecho a mí. No hay vida…

Me rompo.

Estoy destrozada. Y encima del camastro me hago un ovillo llorando desconsolada.

Tras el llanto y con los ojos cargados me doy cuenta de que Carmen Machi sigue de pie cerca de la puerta.

Me quito las lágrimas y puedo observar como le tiembla el labio. Está pálida.

—¿Qué te pasa, Carmen? ¿Acaso no te gusta lo que hice? Fue una pequeña recreación a tu actuación en el primer capítulo…

—¿No podías haber imitado algo más agradable? —contesta con la voz en un hilo.

—¿Más agradable que el amor de una madre? ¿Más puro que eso? ¿Qué más quieres?

—Creo que se puede demostrar el amor de otras formas. No hace falta hacer una sangría para ello…

—No estoy de acuerdo, querida.

Me levanto despacio, mirando fijamente a la actriz.

—La sangre es lo más puro. Es lo que une a una familia, es el motor.

La espalda de Carmen se apoya por completo en la puerta.

Contiene la respiración, pero la noto nerviosa.

Me mira aterrada, como si delante tuviera un monstruo.

—No sé porqué me miras así. Deberías estar agradecida.

Se da la vuelta. Golpea con sus puños la puerta.

—¡Socorro!

Me acerco lentamente hacia ella. Sonrío.

Jamás pensé que querer ser madre, a pesar de las consecuencias, me traería el mejor de los regalos: conocer a la actriz que me dio la motivación para hacerlo.

La mujer sigue aporreando la puerta sin ton ni son.

Está cometiendo un grave error porque no se da cuenta de que, una tejedora, siempre tiene un as bajo la manga. Mejor dicho: tiene una aguja bajo ella.

Y a pesar de la tristeza que me provoca, esta va a ir directa al cuello de la mujer que entorpece ahora mismo mi paz y mi duelo. Además de no valorar mi admiración hacia ella.

Lástima que no tenga lana para tejerle una tela de araña.

Hasta nunca, Carmen.

Que el infierno te sea leve.


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Alberto de Prado
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