Poema

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Texto finalista del II Reto Libélulas Negras de relato corto.

Autor: Francisco Santos Muñoz Rico

Imagen: Sarah Zeghraba

«Dos libélulas negras, dos almas conectadas alzando el vuelo.»

—Qué mierda. —Suspiró el poeta.

Pensó en arrugar el papel y lanzarlo hecho una bola a la papelera, como se suponía que hacían los escritores frustrados, pero no le sobraban los folios y este estaba casi en blanco. Lo tachó, resopló, y volvió a ello:

«Dos libélulas negras, dos almas enfrentadas, alzando el vuelo.»

Mientras intentaba decidir si este era mejor o peor, la mujer atada volvió a gruñir, sacándole de su supuesta o autoimpuesta abstracción. Cosa que no le gustó. Se levantó y le pateó las costillas.

—¡Estoy escribiendo, perra!

Sabía que no iba a conseguir terminar el poema número diecinueve si no la mataba, pero matarla era, en cierta manera, como hacer trampas, como estar dopado.

—¡Ah! —Volvió a patearla. Y tachó “enfrentadas” para escribir “condenadas”. Pero todo le sonaba igual de vacío, sabía que los únicos poemas buenos que había escrito en la vida, los únicos dieciocho poemas realmente perfectos que había escrito en su vida, habían sido producto de esa sensación indefinible que se produce justo cuando muere entre tus manos una persona, hombre, mujer o niño, previamente secuestrada y atormentada. Sencillo, sí, pero al mismo tiempo… ¿tedioso, complicado? Ya no sabía decidirse ni por las palabras que usar en sus hilos argumentales internos, ay, que tan claros eran los días después de haber terminado un poema.

Miró a ese saco de carne amordazado. Los surcos de las lágrimas en la mugre eran preciosos, así como las ojeras y los ojos negros tan rojos, irritados…

Se apresuró a escribir.

«Dos libélulas negras y lloronas

Que van siguiendo sendas paralelas

Sus distintas voluntades: gemelas

Dirigen sus preces a las Gorgonas»

“Saben que su imperio se desmorona”, esta frase solo la pensó, pero no llegó a escribirla. Se había marchado, la inspiración, la musa, el demiurgo, lo que fuese que le ponía las palabras en orden en el corazón, Dios, el Diablo.

Se giró de nuevo a mirarla y ella supo que se avecinaba un nuevo acto demencial en aquel teatro macabro.

—Voy a quitarte la mordaza, si gritas, te corto la lengua. ¿Recuerdas cuando te corté el meñique? Sabes que lo haré, ¿verdad?

Ella asintió como una perra obediente. Así se sentía, una perra obediente. Él se había encargado de llamarla perra en los momentos precisos, y en los momentos precisos, como este, también, de decirle:

—Buena chica. —Lo dijo mientras le quitaba con calma la sucia mordaza de la boca.

Ella en otro tiempo, podía hacer de aquello dos días o dos mil años, tuvo un nombre y una vida, o así lo creía. Ahora todo era dolor y miedo, y una gigantesca figura que se cernía sobre ella, un orate de la peor especie. Se llamaba a sí mismo El Poeta.

—No quiero matarte. Quiero superarme a mí mismo, digamos. Quiero terminar este poema con tinta, no con sangre. Escucha.

Le leyó el primer cuarteto y ella comprendió enseguida que las libélulas eran sus ojos; y esto fue una sorpresa: no era ni dolor ni miedo, era que comprendía los versos. Nunca había sentido ningún interés por la poesía, pero en ese momento, con varias costillas rotas, un dedo amputado, laceraciones graves en la vagina (que dudaba pudiese volver a ser la misma o siquiera a servirle), con todo ese dolor que había pasado, desnuda, sucia, enferma; comprendió los versos y los vio como algo hermoso. No tenía nada más, así que se agarró a los versos.

—Las libélulas son mis ojos… —titubeó la mujer, dejando de ser perra por el momento.

Él sonrió y dijo que sí. Al parecer esto aplazaba los golpes, o los cortes. Volvió a sentarse y cogió su pomposa pluma.

«Por un momento libres se han creído

Se han creído dueñas de su camino

Únicas forjadoras del destino

¡Moiras, os expulsan de vuestro nido»

Él lo leyó en voz alta, expectante, y la cara que puso ella se lo dijo todo: de nuevo los versos eran mierda. Se avalanzó sobre la perra y la golpeó hasta quedar exhausto. Cuando abandonó el cuerpo laxo, no sabía si seguiría viva o no, lo importante ahora era lo que estaba pasando en sus ojos, en su corazón: las lágrimas. Lloraba, de desesperación y de alivio, de tristeza y de euforia. Lloraba poesía, lloraba locura, lo que significaba que sin duda la perra estaba muerta.

Siguió escribiendo, ya solo en el infecto zulo, en su cámara de los horrores, o de la creación; hasta terminar, magistralmente, el poema diecinueve.


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Esta entrada tiene 12 comentarios

  1. Marina

    ¡Brutal!

    (5/5)
  2. Anónimo

    Espectacular... Me quedo sin palabras.

    (5/5)
  3. León

    Una de las últimas formas de que alguien se interese por la poesía. Mejor que hubiera vivido treinta años más sin interesarse. El poeta: parece que la poesía era para él no más que una excusa. En cuanto a las libélulas mejor dejarlas volar. Se lo leeré a los viejecitos en mi próxima tarde de voluntariado.

    (5/5)
    1. espiadem

      ¡Muchas gracias, León! Un saludo para ellos de parte de este equipo. Un honor que nos elijas para esa labor de voluntariado.

  4. FRANKY

    Gracias, León, salúdalos de mi parte

    (5/5)
  5. Conchi

    Me ha encantado !!!

    (5/5)
    1. FRANKY

      Muchas gracias, Conchi!!!

      (5/5)
  6. Laura

    Sorprendente. Me encanta que una propuesta dé lugar a ideas tan distintas. Esta no me la esperaba en absoluto. Enhorabuena

    (5/5)
    1. FRANKY

      Muchas gracias, Laura, sorprender siempre gusta, y si encima deja uno buen sabor de boca... Gracias por leer

      (5/5)
  7. Tere

    Me ha parecido algo sublime, no dejaba de leer, quería más. Mis felicitaciones de verdad.

    1. FRANKY

      Muchas gracias, Tere! Pues si quieres más: a mí la literatura no se me acaba, jaja

      (5/5)
  8. Rashan

    Me apunto el nombre del autor, me ha recordado a cuando descubrí a Emilio Bueso (El hombre revenido), algo completamente diferente e inesperado. Felicidades!

    (5/5)

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