Omnia sunt communia

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“Es un olor avainillado, que inhalas como si se tratara de un humeante té o una copa de vino con abolengo. No importa si están polvorientos: tu alergia no se verá desatada, es todo sicosomático si tratamos con libros.” Este es el primer aserto, digamos el aserto A.
“No tengo espacio en casa, y aunque lo tuviese ¿para qué almacenar objetos que solo voy a usar una vez en la vida? En el sitio en que tengo el kindle, apenas unos centímetros, tengo mi biblioteca alejandrina.” Este podría ser el aserto B.


Dos puntos de partida tan buenos como cualquiera otros. Libros digitales o libros físicos; como todo en este mundo depende mucho del carácter del individuo, nostálgico, contemplativo, pragmático… Y este carácter viene de serie acaso: en gran número de casos, desde la cuna: si tu padre te leía en la cama el libro físico es un nexo de unión con tu pasado, con tus raíces. Pero hoy nos topamos con personas, digamos chicos de entre quince y veinticinco años, que no les han cogido ningún cariño a las ediciones en papel, sino muy al contrario, y que ya en el periodo escolar eran acribillados con fotocopias, no con libros: he ahí un punto de inflexión tremendo y del que se habla poco: ¿cuándo cambiaron los libros de texto genuinos por tochos ingentes de fotocopias, mazos descuadrados de saber absolutamente desechable en blanco y negro? Y ya si remitimos al alumno a un sitio web, para prescindir de las engorrosas fotocopias, tenemos un consumidor de archivos virtuales en ciernes, de seguro.


Se me ve el plumero a la legua, ni pretendiendo ser imparcial puede uno serlo: digital y físico, día y noche. Pero todos los consumidores de todo tipo de literatura andarán de acuerdo en lo esencial: es el contenido, y no el continente, lo que consumimos. En mi caso particular, y como lector voraz, la implantación del e-book me ha supuesto un ahorro de peculio importante: por lo general una novela en digital ronda entre los noventa y nueve céntimos y los nueve con noventa y nueve, pudiendo resultar la edición impresa varias veces más cara, ya el doble, el triple, etc. Por no hablar de la cantidad increíble de archivos PDF, legales o ilegales, a que cualquiera con un teléfono móvil tiene acceso.


Pero este movimiento, esta digitalización de los saberes, no pertenece a este siglo XXI, ni mucho menos, comenzó en el momento en que se empezó a abandonar el latín como “lengua de conocimiento”, reservada solo a unos pocos. Como hemos dicho: ahora los saberes, casi todos, están al alcance de cualquiera con un dispositivo electrónico, ordenador o lo que sea, y un punto de acceso a la red de redes. Y esto, más allá de los gustos, es sin duda la “herramienta humanista definitiva” (tal vez Diderot y los enciclopedistas suscribieran término e idea); uno puede ser pobre como una rata y no tener dónde caerse muerto, ¡pero puede leer los ensayos de Montesquieu! Gritemos con Müntzer: ¡Omnia sunt communia!


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Esta entrada tiene un comentario

  1. Rashan

    OMNIA SUNT COMMUNIA!!!!!

    (5/5)

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