Los procesos de supresión del caos (Rotonda).

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Relato de Hernán Fariñas Vales (@farinasvales en Instagram)

La evolución de los acontecimientos arrolló a los propios acontecimientos. Las reacciones en cadena, incontrolables, redujeron el statu quo a cenizas.

Una rotonda. Un punto neurálgico de planificación deficiente, logísticamente enquistado desde su inicio. Cronificada al instante, la situación no tardó en desembocar en graves disrupciones. Se volvieron habituales los atascos de siete horas, los hijos criándose en guarderías, los aviones despegando medio vacíos. La frustración creció, se incrementó y acumuló en el tiempo. La problemática incumbía al Ayuntamiento, que por toda respuesta se había limitado a hacer oídos sordos y mirar hacia otra parte.

Ese día hubo cuerpos en las calles, fue un baño de sangre. La prensa se refirió a ella como rotonda sangrienta, o con titulares amarillistas del mismo estilo. No importa, no es importante. No está claro cuál fue el detonante, pero aquel día alguien perdió los estribos, las cosas escalaron, se sucedieron los incidentes. 38 personas muertas y más de 5 millones en pérdidas materiales. Las revueltas resultantes se extendieron durante semanas, pusieron en jaque al sistema.

El Gobierno se vio obligado a intervenir. Trataron de hacerse cargo, prometieron reformas. Más carriles, más semáforos, menos carriles, menos semáforos. Las decisiones fueron erráticas y contradictorias. No convencieron a nadie. La presión amenazó con colapsar las instituciones. La convocatoria de elecciones fue inevitable.

El país se cuarteó en facciones. Los actos terroristas se sucedieron, brotando como tumores. Matanzas indiscriminadas, pánico. Entre fuertes acusaciones de amaño, el ejercicio electoral fracasó con estruendo. Las revueltas tomaron de nuevo las calles, el Gobierno cayó, se sucedieron los intentos de golpe de estado. La nueva Ejecutiva en funciones se vio desbordada. Ante la perspectiva inexorable de una guerra civil, un golpe de mano cerrado en falso intervino el rumbo. Sobrevinieron las purgas internas, las fusiones entre facciones, las purgas internas dentro de las subsiguientes fusiones. Los bandos beligerantes fueron violentamente reprimidos o integrados dentro del propio sistema resultante. Los medios fueron controlados y dirigidos con mano de hierro. La sangre del disidente, profusa, manó durante los procesos de supresión del caos.

Al nuevo orden emergente, sin embargo, aún le quedaba un problema por resolver: aquella rotonda y los atascos de siete horas.

La comunidad científica estudió el caso. Los expertos concluyeron una solución drástica. Para que aquella reforma funcionase, abogaron, sería preciso cambiar el sentido del tráfico en todo el país. Esa debería ser la solución a los graves incidentes de tránsito, afirmaron.

El anuncio soliviantó de nuevo a las masas. Las tensiones internas reventaron al gobierno desde dentro, reventaron la herida, reabierta en canal. El conflicto armado fue inevitable. El nuevo Gobierno fue derrocado. Incapaces de hacerse cargo, las Ejecutivas subsiguientes corrieron la misma suerte.

El conflicto se derramó más allá de sus propias fronteras. Las guerrillas convirtieron en norma los sabotajes. Asistiendo con creciente temor a la inestabilidad política en la región, la comunidad internacional se vio arrastrada de lleno en la pugna. La mediaciones y los arbitrios se esforzaron por
alcanzar una tregua. Los esfuerzos diplomáticos fracasaron con estrépito, subieron de tono. De forma directa o por proxy, las grandes potencias se vieron involucradas. Se urgieron ultimátums, se celebraron conversaciones de paz que acabaron en amenazas. La carrera armamentística subió de revoluciones. La consecuencia lógica de aquella sucesión de eventos no podía acabar siendo otra: el conflicto nuclear.

A contrarreloj, se intentó dar una respuesta a la conflagración. Los actores neutrales de la contienda se esforzaron, desesperados, por recabar concesiones en ambos bandos: Se propuso la construcción de túneles, puentes, la eliminación total de la rotonda y su reemplazo por un parque natural. Se propuso la ampliación de la rotonda, la construcción de hoteles que permitieran a la gente hacer noche de camino al trabajo, la construcción de una nueva rotonda alrededor de la rotonda…

Fue en vano.

El mundo llegó a su fin un martes, un marzo imperdonable. Entre amenazas y con los puños en alto, aunque ya nadie restara para afirmarlo, algunos sintieron que todo aquello fue un desperdicio. Otros, por su parte, sintieron aquel día satisfacción, la satisfacción del trabajo bien hecho.

THE END.

P.D. De las cenizas resultantes de lo que diera en llamarse civilización, cuando el momento fue conveniente, surgieron esquejes. En aquel invierno nuclear perenne y frío, un bosquejo de vida consiguió dibujarse a sí mismo.

Titubeante, mal que bien al principio, la humanidad comenzó a abrirse paso de nuevo. El conflicto de la rotonda fue olvidado por las incipientes naciones, las cuales no habían acuñado aún conceptos como oficina, guardería o aeropuerto. Por el momento, la humanidad se encontraba a salvo. A salvo de sí misma.

Por el momento. Esa es la clave.

THE END?


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