Tirada de dados #01 – Los doctores de obsidiana

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Unos simples dados con imagenes pueden ayudar a romper la rutina y superar bloqueos creativos. Este relato parte de las imagenes sugeridas en la misma tirada de dados que los siguientes relatos:


«Los doctores de obsidiana»

Relato de Carlos Ruiz Santiago

El espacio es como un cementerio donde nadie llora.

El espacio es como el fondo de unos ojos, como el interior de una garganta, como el necrótico corazón de un muerto.

Lo recorro por obligación, como quien usa un coche en una gran ciudad. Defiendo sus imaginarias fronteras como siempre se han defendido ese tipo de cosas: con violencia
inusitada y un pensamiento limitado. No soy estúpido en ninguno sentido, simplemente no pienso en ello. Es mejor así. Para mí, para ellos, para todos.

El problema de dejar la mente en blanco es que te hace divagar sobre el fondo negro que es el paisaje, sobre la oscuridad entre las estrellas, sobre los ojos brillando entre el aceitoso vacío.

Pienso en los mitos en la gran seta maloliente que parasita mundos y a sus coleópteros seguidores. Pienso en esas historias del gran titán elevándose entre mares tan negros como el cielo. Pienso en los cuentos de algún cuadrante norteño (si es que norte existe en esta inmensidad) sobre algo que es tres cosas y una a la vez, todas malévolas y retorcidas.

No obstante, mi mente siempre divaga hacia los mismos rincones de pura penumbra. Los Doctores de Obsidiana. Es un miedo atávico, algo primitivo en mi ser. Nunca me han gustado los médicos. A mi abuela la mató un cáncer porque un médico no le prestó atención. A mi padre le mataron un nervio de la boca por quejarse de una sensibilidad de encías. A mi madre le retiraron un pedazo de pulmón cuando el tumor ya se había extendido. No me gustan los médicos, no me gustan sus métodos, tampoco los ojos fríos ni las batas blancas.

Mi hermana es mayor que yo y a ella si le gusta pensar (le gustaba) y me contaba cuentos. Quiero pensar que se los inventaba, aunque ella siempre dijo que se los susurraban. Las luciérnagas, las cucarachas, las ratas, las cosas que ululan en el viento, las cosas que no ves y solo se perfilan en el rabillo del ojo.

Me contó sobre doctores, médicos infernales más allá de cualquier dimensión, unas figuras altas de lánguido perfil, ropa formando parte de su carne y sus huesos, entes cuyos ojos no reflejaban nada (si acaso, una curiosidad insana por la morfología). Los médicos han experimentado con humanos desde el mismo origen de la medicina, a veces con más crueldad que otras, pero estos iban por encima de cualquier cosa. Los Doctores de Obsidiana, completamente ajenos a cualquier valor humano, eran la curiosidad del universo satisfaciéndose. Buscaban el dolor, la iluminación a través del sufrimiento más perpetuo.

Hay algo refulgente en el tormento. Algo que trae a la medicina como una mosca a la miel y ellos lo buscaban por encima de todo. Medicina sin moral, la infinitud de la curiosidad en un cuerpo inhumano. Una leyenda vieja (nueva, quizás), solo real hasta donde abarca mi mente, hasta donde las tinieblas se extiendan. Real e irreal, como todas las leyendas.

En estos derroteros me encuentro cuando una nave no identificada zumba no muy lejos de mí. Me pongo en marcha, como activado por un resorte. Es lo bueno de no pensar: te permite actuar de manera natural mecánica (por irónico que suene).

Lo persigo, los disparos vuelan desde mi achaparrada nave, el cañón situado en lo alto hacer retumbar la estructura al completo. Es un área restringida, máxima seguridad. No sé por qué, pero debo de hacerlo cumplir. Nadie me pide que pregunte, solo que dispare. No me planteo nada, no pienso nada. Solo disparo.

El intruso me devuelve la cordialidad. El fuego ilumina una irrisoria parte del espacio. El humo gris oscuro lo cubre todo y me seca la garganta.

El impacto me mueve hacia la órbita de algún planeta que desconozco, blanco lechoso como un glaucoma. Caigo como una brújula que ha perdido el norte.

Todo da vueltas, todo me golpea. Pienso en mi hermana, pienso en sus cuentos, pienso que algo se ve entre el blanco grumoso de ese planeta. Es algo grande, de ojos negros.

Caigo con un estruendo que me parte los oídos y reduce la existencia a un pitido insoportable. Vuelvo en mí en unos segundos, aunque no hace que nada se sienta más real. Me rodea el fuego y el metal partido. Huelo a sangre y saboreo mis propias heces en la boca. Algo metálico y agrio inunda la atmósfera.

Entonces veo como al menos media docena de figuras se acercan a mí. Son inmensas, delgadas. Visten de blanco, con guantes negros, la cabeza es alargada y cubierta por una máscara de ojos impertérritos.

Me miran con curiosidad. Hay una apetencia sádica en sus manos inquietas. Se
extienden hacia mí.

Intento gritar, pero no puedo.

El cielo sobre mi cabeza es igual de oscuro y silencioso que siempre.


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