Los casos del comisario Caravaggio, de Ana Gomila Domènech.

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Esta saga se compone, por el momento, de cuatro libros, aunque no es saga, acaso, la palabra ideal, mejor serie:

Un acto reflejo. Nos encontramos ante una novela policíaca o de misterio de corte clásico, al estilo de Agatha Christie o (aquí un guiño) Daphne du Maurier; en la que conocemos al excéntrico Caravaggio (¿qué sería la literatura sin excéntricos desbordantes?), y lo acompañamos en la investigación de su último caso antes de jubilarse. Esta, junto con las dos siguientes, es una lectura ideal para pasar una tarde solo con ella, y el estilo pulcro de Ana, y su perfecta medida del ritmo (que da sensación de ligereza, de un paseo vespertino en calesín literario) hacen de ella lo que suele llamarse “una lectura exquisita”.

Vamos conociendo al personaje, su fondo de melancolía, su humor mordaz y refinado, sus gustos literarios, sus manías. Una vez que terminas el libro te encuentras con que tienes una relación que te parece ya vieja: lo acabas de conocer, efectivamente, pero ya lo llamas viejo amigo.

El caso y su resolución responde a la misma medida: pulcritud en formas y ritmo, pero siempre es el fondo moral, digamos, lo que vas a recordar después, menos la trama y más el camino recorrido junto a Caravaggio: quiero decir que si no fuese la resolución de un caso, sino una tarde paseando por un bosque con Caravaggio, la novela gustaría igual.

Permítaseme una pequeña nota para quien la quiera entender: si conoces Un paseo invernal, de Thoreau, es a ese fondo de placidez anímica en que quedas después de leerlo al que me refiero al hablar de pasar la tarde en compañía de Giuseppe Caravaggio.

Corazón tan negro. “¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera, el secreto de la primavera.”
Este libro me ha hecho, de tanto en tanto, soltar unas reconfortantes carcajadas.
Además es necesario comparar a Caravaggio con ese otro “viejo amigo” mío: el Padre Brown de Chesterton, muchos puntos en común tienen (Brown y Caravaggio, y Ana y Gilbert): el sentido del humor refinado, también afilado (y afinado) y certero. Los dos detectives tienen ese punto marcado de melancolía. Leer esta aventura es querer a Caravaggio, tan entrañable (y al tiempo despiadado) como Brown; los dos son místicos de vocación, pero no de facto.

Pero no estamos meramente ante un ejercicio jocoso, que no se me malinterprete: es pieza literaria escrita con savoir faire. Tenemos un caso por resolver, que aunque casi en segundo plano, vertebra la historia y es inseparable de ella; un personaje singular atrapado por su propio don de investigador excelso, un don a caballo entre el viejo y bueno razonamiento deductivo y la intuición más desaforada y loca. Y un escenario, también, muy bien tratado, con esmero como cualquier otro personaje.
Además la autora gusta de regalarnos, sesgadamente a menudo, referencias y citas sin fin: un juego (el de identificarlas) que lleva al lector al mismo estado pseudo obsesivo (por querer poner la cita en el sitio preciso) en el que se encuentra el propio Caravaggio.

La muerte en vacaciones. Este libro es otro capítulo en la vida de su protagonista y sus amigos (que cada vez van cobrando mayor importancia en la concepción del lector). Otro capítulo necesario: es cierto que es más de lo mismo: la enjundia leteraria, la profusión de citas y referencias para los pescadores (pedantes como yo), el caso que parece lo de menos pero que a pesar de ello vertebra la historia excelsamente, el humor que no termina, y ese fondo melancólico que te pide saborear los últimos capítulos a la par que paladeas un buen whisky.

Pero es también otra cosa. Si has llegado hasta aquí, lector, sobrarán las palabras. Digamos que con los dos anteriores Ana te engancha, pero con este pasa de enganchar o no: se desnuda y dice: esta soy yo, esta es mi literatura. Y es buena literatura, amigos.

Así es. La cuarta entrega sí que es otra cosa. Para empezar no es para leerla en una tarde, es más larga. Aquí vemos a Ana como artesana del lenguaje, cuida todo lo que escribe como los tejedores turcos cuidan cada nudo de sus alfombras (que son cantos al Innombrable Que Todo Lo Puede).

Está engarzado perfectamente con los tres anteriores y es en cierta manera su apoteosis. Y además un punto y aparte, un “cerramos lo anterior y comenzamos nuevo ciclo”. En efecto: hay un remozamiento del planteamiento y de los personajes, y uno de ellos toma, o empieza a tomar, una importancia capital.

La trama, la investigación, el tema del “quién lo hizo”, etcétera, estas cosas siguen impecables. Pero hay ese nuevo planteamiento del que hablo, casi como si viésemos a una nueva escritora. Yo creo que cada vez, a cada libro que publique Ana, vamos a ir teniendo esta sensación de que nos amplía enormemente el universo, que a cada paso que demos con ella, con ellos, el camino que recorramos nos va a parecer, paradójicamente, más grande.

Esta es una idea propia de Chesterton: cuanto más conoces algo (el mundo, el camino, a una persona) más extraña, incognoscible, más inabarcable te parece. Así es la literatura de Ana: se desafía a sí misma y lleva al lector con ella (siempre en calesín literario) en ese desafío intelectual y anímico.


Ana Gomila Domènech

«Cuando una nace artista, lo es para todo y para siempre.»

Ana Gomila Domènech es profesora de secundaria y cantante de música antigua con la formación «Gaudium» y de lirico-flamenca para «Lo(r)ca me tienes».

Como escritora, ha publicado «El jardín de las delicias: Narraciones y opiniones» y la serie de libros de los casos del comisario Caravaggio.


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