Leyendas de película – Relato-Putada #05

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Leyendas de película. En el mes de mayo nuestro reto de escritura del relato-putada estaba dedicado a los personajes legendarios del cine.

Relato-Putada #05 – Leyendas de película

Estos han sido los tres relatos finalistas que optan a ganar el reto del mes elegidos por nuestro Consejo de Sabios:

  • James Cole, de C.G. Demian
  • El anciano portero, de Román Sanz Mouta
  • Terminator y el ataque de los Juanpedros, de Dr. Irreverente


JAMES COLE

Por C.G. Demian

Despertó sentado en una silla, con las manos atadas a los reposabrazos. Su vista borrosa poco le revelaba del lugar. Paredes grises por todas partes, un bulto que le recordaba a una estantería, poco más. Bueno, el dolor de cabeza. Parecía que estuviera metida dentro de una hormigonera y la hubieran puesto a girar.

—Señor Cole, ¿se encuentra bien?

Cole, sí, le sonaba ese nombre, seguro que en unos pocos minutos su cerebro volvería a funcionar como era debido, casi podía escuchar los engranajes poniéndose en marcha de nuevo.

—No demasiado bien. ¿Dónde estoy?

Una figura espigada apareció frente a él, vestía una bata blanca como la que solían usar los científicos, sin embargo, de algún modo, comprendió que no lo era, un científico.

—Lo último que recuerdo es que me dispararon en un aeropuerto. Yo llevaba un bigote falso…

—No se moleste —le interrumpió—, nosotros ya sabemos todo eso. Monitorizamos  toda su vida. Qué come, con quién habla, en qué sitio ha hecho su última cagada. Se podría decir que rozamos la divinidad en ese aspecto.

—Entonces, ¿qué quieren de mí? ¿Por qué no me dejan libre?

—Habla usted de libertad, señor Cole. Una curiosa palabra.

—¿Qué tiene de curiosa? ¡Suélteme de una vez!

—¿Cómo viaja a ese… mundo suyo?

—Me envían los científicos, yo no sé como lo hacen.

—Esa gente no existe, ¡Cole! Estamos en el año 2018, ¿recuerda?

—No, yo he muerto en 1996, en 2018 gobiernan los científicos.

—Escúcheme bien. No hay ningún científico en el gobierno. Ningún virus ha exterminado a la humanidad. Nunca le hemos enviado al exterior a recoger muestras vivas. Nada de todo es cierto.

—Entonces, ¿a qué viene tanto interés por mí?

El hombre de la bata se frotó la barbilla con aire preocupado.

—Las cámaras han grabado periodos de tiempo en los que su habitación ha estado vacía. Nos gustaría saber cómo lo hace. Queremos saber cuál es el truco.

—Los científicos me envían al pasado, ya se lo he dicho.

—Y yo le repito que esos malditos científicos solo existen en su imaginación.

Alguien llamó a la puerta. Se asomó la cabeza de un hombre, quien hizo un gesto para que le siguieran. El interrogador abandonó la habitación contrariado.

Cole de repente se vio sorprendido por la soledad y, como era habitual, le dio por pensar. Si no existían los científicos, si no había viajado al pasado, ¿significaba que todo había sido un sueño? Tal vez no pudiese distinguir entre lo real y lo imaginado. Quizá se hubiera vuelto loco. Ojala. El deseo se formó en su mente de forma espontánea. Necesitaba esa locura porque la alternativa se le antojaba aún más terrible. Si conseguía despertar, todo volvería a la normalidad. Podría remolonear en la cama. Después se vestiría y saldría a dar un paseo. Se tomaría un helado; el de fresa era su favorito.

Pero por muchas veces que gritase «¡despierta!», la aséptica habitación gris se obstinaba en decorar sus sueños. Dio una sacudida, tratando de separar los brazos de la silla, pero fue inútil. Las tiras de cuero se tensaron, volviéndose más finas. Un dolor estridente le mordisqueó los antebrazos hasta que le obligó a gritar. Era inútil. En las pesadillas uno nunca consigue escapar. Por mucho que lo intente, no conseguirá salir de la ratonera, y en caso de que así sea, caerá en otra trampa mucho peor. ¿Por qué se le hacían tan largos los sueños? La realidad, sin embargo, se le antojaba un suspiro, una breve bocanada de aire que le proveía del oxígeno necesario para zambullirse de nuevo en las pesadillas.

«Vaya puta mierda».

Pero ¿por qué no conseguía despertar? Entre resoplidos estuvo dándole vueltas a esa idea. No tenía sentido. El dolor había sido intenso, contaba la voluntad inquebrantable del sonámbulo pero, aun así… Algún fragmento de su teoría estaba mal colocada, y al igual que un puzle, una pieza en el lugar equivocado da al traste con toda la imagen. Respiró profundamente una, dos, tres veces. Se calmó un poco, lo suficiente para pensar en algo distinto a cortarse los brazos a la altura de los codos para huir. Menuda soplapollez, ¿cómo iba a cortarse los brazos si los tenía atados a la silla?

«A bocados».

Lanzó una mirada de soslayo al brazo derecho. De repente se sintió un poco más caníbal que de costumbre. No es que hubiera comido carne humana, pero algunas veces había sufrido mucho el hambre. Lanzó una risotada. ¿De verdad estaba pensando en arrancarse el brazo a dentelladas? No, esa idea solo formaba parte de la pesadilla. No  pertenecía a su yo racional; no le pertenecía. Le estaban saboteando desde el puto búnker. El subconsciente siempre escondido, manipulándolo como si el fuese una marioneta de trapo. No se dejaría atrapar, esta vez no.

«Piensa, James, piensa».

Fuera de la habitación, las voces se habían apagado. Centrado en sus propios pensamientos, Cole había descuidado la vigilancia. Puede que se hubieran marchado, aunque no había forma de estar seguro. Quizá permanecieran en silencio, con la oreja pegada a la puerta, dejando que el tipo extraño que pensaba en arrancarse un brazo enloqueciera. Casi podía ver sus sonrisas sardónicas a través de la madera. Sus rostros retorcidos, convertidos en una máscara demoníaca.

«Hijos de puta».

Pero tenía que olvidarse de esa gente. El subconsciente los pondría en su contra, quisiese él o no. Los arrinconó en algún lugar remoto de su mente y se enfocó en resolver el problema. ¿Qué estaba fallando? Si el dolor no lo desvelaba, ni el miedo, ni la asfixia —había contenido la respiración durante casi tres minutos—, nada lo conseguiría. Aunque sí, eso era, el enfoque del problema tenía que ser erróneo. En efecto, no estaba durmiendo. Todo el tiempo había estado despierto y no se había dado cuenta.

El mundo era así de terrible. Una pesadilla, de hecho. Tan onírico como un sueño. Por eso se había confundido. Existe una membrana que separa un mundo del otro, como en un espejo, y ambos son indistinguibles. Solo dándote un cabezazo contra el cristal puedes salir de dudas.

«Tengo que dormirme».

En los sueños el mundo era maravilloso. Había helados de fresa, y todo lo demás. Allí residía la felicidad. Sonreiría a la gente. No se comería ningún brazo. La solución había estado siempre delante de sus ojos y no había sabido verla. La humanidad se empeña en buscar en el infinito lo que tiene al alcance de la mano; somos así.

Hizo memoria, todavía recordaba la letra de aquella nana que solía cantarle su madre cuando era pequeño. Cuando estaba seguro de lo que era real. Al principio solo produjo un balbuceo. Se sentía inseguro, hacía tanto tiempo que no cantaba. Poco a poco le sobrevino la calma. La música surtía efecto y los párpados comenzaron a pesar más y más. Aún sonaba un susurro silbante cuando perdió la consciencia para viajar a otro mundo. A un mundo feliz.

Cuando la puerta se abrió, el hombre de la bata apareció acompañado de otros dos individuos. Uno de ellos llevaba una jeringuilla que rezumaba un líquido transparente. La aguja se partió al chocar contra el suelo. Se le había escapado de la mano. Frente a él, una silla vacía, con el respaldo todavía caliente, se burlaba del mundo en el que estaba atrapada.


EL ANCIANO PORTERO

Por Román Sanz Mouta

¡¡¡NO PUEDES PASAR!!!

Esto declama un anciano de barbacana y largo pelo níveo a la puerta de la oficina del Sepe, antiguo Inem, siempre que alguien intenta acceder al edificio sin ser reclamado por su turno. Y lo pronuncia con tal poderío y presencia, pese a su fragilidad física de junco, con más hueso que carne, que la gente se impele a obedecer dicha orden sin ambages. El venerable ni tan siquiera necesitaba llevar el traje de guardia de seguridad, se negaba a ello por su honor y sentido de lo digno, y había customizado un sombrero de autoridad al estilo rústico, como venido de otro tiempo.

Ese matusalén ya figuraba establecido como una leyenda en el oficio, pues alternaba diferentes edificios, todos pertenecientes a los estamentos oficiales, de mayor o menor importancia, habiendo sido destinado incluso a las puertas del congreso para evitar el acceso de un grupo especialmente violento de manifestantes.

¿Cómo?

Pues de tamaña guisa se lo encontró una mañana de solaz domingo el supervisor de la empresa de vigilancia, en su paseo vespertino. Un anciano, en medio de un puente, al grito de ¡No Puedes Pasar! Soflama breve que se vio seguida de un aturdimiento incipiente, como si el pobre vejestorio no supiere dónde se hallaba y hollaba, para o por qué, y mucho menos la razón de sus gritos. El supervisor se le acercó y quedó prendado por su imponente estampa de forma y fondo, pese a lo senil del comportamiento y su anatomía desgarbada o esas pintas de indigente. Y decidió ayudarlo, en caso que fuere posible. Le inquirió preguntas de diversa índole para ver si se había perdido, o quizá escapado de algún centro para mayores, o del mismo hospital, aunque sus harapos, su capa, el bastón de madera en que se sostenía, clamaban más por un sintecho. Lo que le sorprendió fue que, cuando el siguiente transeúnte madrugador trató de cruzar el puente, el barbacana repitió su emblema; ¡No Puedes Pasar! Y el itinerante paseador reacciono firme, como un soldado a la orden, y se dio la vuelta de súbito para tragarse sus propios pasos cual obediente borrego. El supervisor, con todas las bombillas del cerebro iluminadas, sumo dos más dos y lo vio claro.
Así que, tras un poco ardua falsificación de papeles y documentación, tejemanejes habituales, consiguió un empleo de postín para el anciano, donde solo y únicamente se desempeñaría en el papel correspondiente; impedir el paso, pues para todo lo demás continuaba desubicado, confuso, ido. Fuera de su mente, tiempo y lugar.

Así residía el viejo hombre, pasando las noches en un albergue donde se aseguró el maquiavélico supervisor que lo cuidasen dentro de su rareza eremita, y le pasmó la dueña del hospicio contando que, cada noche, el venerable animaba las veladas alrededor de la estufa con cuentos sobre dragones, magos, gente pequeña y montañas donde habita el mal o las arañas gigantes más nefandas. Por supuesto, el dinero de su paga bien que la guardaba el supervisor, para añadir caprichos a su rutina. Y con este paripé ya montado, podemos ver al anciano barbacana ora en la cancela de un ministerio, ora en una oficina destinada a problemas, ora en ayuntamientos o senados. Polivalente dentro de su único proceder, pues conseguir, con un éxito del ciento por ciento que, si él negaba el acceso a donde fuere que quisiese, nadie tenía la voluntad suficiente para desobedecer su verdad decretada a voz plena. Simple. Eficiente.

¿Estaba el viejo fantasioso satisfecho con su devenir? Evidentemente no. Sus arrugas por doquiera se extendían en pliegues de eones. La tristeza etérea que lo envolvía cual aura se contagiaba entre aquellos que tenían a bien compartir tiempo con él. Y su porte majestuoso, el cual acompañaba a ese recitar imperativo, se venía abajo fuera de oficio, caminando encorvado siempre que no ejercía su nueva profesión, perdiendo la batalla con la vida. Pálido, demacrado, desgastado. Además, los allegados del albergue, en incremento, pues el carisma del anciano se hacía querer, contaban que, cuando nadie lo veía, parecía recitar extrañas letanías como pidiendo algo. Y luego, agotado, vencido, suspiraba al firmamento, al mismo cosmos, con una petición: por favor, quiero, necesito volver a casa. Ellos me necesitan…

¿Lo consiguió? Nunca lo sabremos.

Empero y por otra parte, relacionado con nuestro admirado protagonista, en una conocida trilogía de libros y películas, el argumento de las mismas había quedado sesgado antes de su ecuador debido a que el poderoso mago que debía permitirles cruzar el puente y detener al demonio de fuego de las profundidades, se convirtió, por ciencia infusa, en un regordeto segurata que fue devorado, junto con el resto de la comunidad del anillo, en las fauces del balrog. ¡Hail Mordor! ¡Larga vida a Sauron!


TERMINATOR Y LA INVASIÓN DE LOS JUANPEDROS

Por Dr. Irreverente

Una especie de pompa repleta de arcos eléctricos aparece en mitad de un parque de Madrid, sin previo aviso, de repente. Polvo. Humo. Un remolino azulado arrastra basura, hojarasca y cáscaras de pipas. En el interior de la burbuja está él, sí, lo digo como si lo conociese de toda la vida. Terminator, el mismo de la película. Y sale de la maldita burbuja en pelotas y con cara de pocos amigos. Cualquiera que se precie esbozaría una sonrisa pícara.

    Un hombre que pasea al perro se acerca hasta él y le saluda. No tiene pinta de que la cosa vaya a salir bien del todo. Todos sabemos qué puede ocurrir.

Otra de esas pompas se deja ver en un viejo túnel del Metro de Madrid. Mucho más grande que la primera. De su interior, como arañas recién salidas de la madeja, brotan cientos de pequeños seres, protohumanos. Poco tiempo después son vistos de forma clara por unos operarios que reparan un panel en la estación de Bilbao. Los seres, pequeños enanos con la cabeza medio rapada y una barba larga y blanquecina, ancianos de unos 50 cm, se paran frente a ellos y dicen:  

    —God job, god job, god job —lo repiten sin parar, sacando el dedo pulgar como diciendo ok.

    La marabunta de enanos clonados avanza rauda y veloz ante el shock de los trabajadores del Metro. ¿Qué demonios está pasando?

Terminator agarra al tipo que pasea al perro y le aplasta la cabeza con las dos manos, dando una palmada. «Es de mi talla», espeta entre dientes. Acto seguido le quita el chándal y las zapatillas y libera al pequeño perro, que apenas hace nada salvo mearse sin mover un solo músculo.

    Camina raudo en dirección al Metro, siguiendo las indicaciones que va observando en las farolas. Ataviado como un chaval de veinte años, con unas Jordan y ropas anchas, de rapero. La imagen no tiene desperdicio. Desvirtuada por completo de la ficción que conocemos. ¿Dónde queda ese tipo duro vestido de cuero y con gafas de sol? Al infierno con los estereotipos.

Los pequeños seres se hacen llamar JuanPedros, una especie de oompa-loompas barriobajeros que increpan a los trabajadores del sector servicios y dan órdenes sin parar. Incluso canturrean.

    —God job…

    —Informaremos al ayuntamiento, al ayuntamiento, sí, sí, al ayuntamiento…

    Se paran delante de barrenderos y dicen cosas tal que así:

    —Esta noche limpiaremos las calles colindantes al Bernabeu. Fotos del antes y fotos del después.

    Lo realmente terrorífico es que no solo lo dice uno, sino todos, como si de un coro se tratase. Sin hacer nada, siembran el caos poco a poco. Y para más inri, buscan a John Connor, ¡qué cojones!

Terminator llega al andén del Metro de Iglesía. Allí hay cinco JuanPedros increpando a una limpiadora. Agarra a dos de ellos con las manos y los aplasta como si fuesen huevos. A otro le patea el culo. Pisa al cuarto como si fuese un sobre mostaza. El quinto sale corriendo, pero por poco tiempo. Terminator parte el palo de la fregona, quedando este astillado, y lo lanza como si de una jabalina se tratase, hasta atravesar el pecho del maldito enano.

Los Juanpedros logran detener varios semáforos del centro de la capital. Reprenden a los operarios de tal modo que nadie sabe qué hacer. Se suben a varios autobuses y los hacen chocar estrepitosamente, sumiendo a la ciudad en un desconcierto sin precedentes. No hace falta la violencia cuando lo llenas todo de pequeños jefes intermedios. Capaces por sí solos de confundir al trabajador hasta dejarlo sin ganas de nada.

Terminator descubre un cartel que reza así: «John Connor y madre Sarah a favor de la indigencia». Se trata de una obra de teatro subversivo. «A las 22:00 horas en la estación fantasma».

    El T-800 se mete en el vagón de Metro y pregunta por la estación fantasma. Una vieja le dice dónde está, pero para ir tiene que ser andando, colándose por los túneles. En agradecimiento le pega un bofetón mortal. Se escucha el crujir de su delicado cuello de anciana decrépita. Finalmente para el metro en mitad de la oscuridad y se baja después de arrancar las puertas. Nadie en el vagón dice nada, ni cuando mata a la anciana ni ahora. Todos saben que se trata de Terminator.

Los JuanPedros se agolpan entre el público de la función. No dejan de llegar de todos sitios.

    —El espectáculo debe continuar, debe continuar. Buen trabajo, buen trabajo… —sueltan sin parar.

    Entonces, de pronto, se empiezan a fusionar unos con otros, de forma orgánica. Como si miles de nanobots hiciesen el trabajo.

    En ese mismo instante, John y Sarah pisan un escenario hecho con cartones y bolsas de la basura. El olor es nauseabundo.

Terminator entra en escena. No sabemos de dónde las ha sacado, pero lleva dos pistolas automáticas y varios cargadores. Suena Hip-hop cuando empieza disparar, ¿de dónde sale la música? No le importa una mierda. Se dedica a matar: JuanPedros, público, actores. Dispara a todo lo que se mueve.

    Gritos.

    Gente corriendo.

    En menos de cinco minutos apenas quedan cuatro gatos y un enorme JuanPedro.

    —¡El día del juicio final ha llegado! —grita John antes de llevarse un tiro entre los ojos.

    —¡Hijos de puta! —exclama Sarah.

    —¡Tu puto juicio final está aquí, falsa Sarah! —Terminator la apunta con las dos pistolas y le vuela la cabeza.

    En ese mismo instante el gigantesco JuanPedro explota en mil pedazos, llenando la escena de sangre y trozos de carne.

    Terminator remata a todo el mundo y se pierde en uno de los túneles del Metro. ¿Qué demonios acaba de pasar?

Comunicado de Skynet: Fallo en el envío. Fallo en el envío. Fallo en el envío. El encargado intermedio de mantenimiento Juan Pedro se ha colado en la burbuja desconfigurando la entrega. Repito, no es John Connor. Fallo en el envío. La entrega es inestable.


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Alberto de Prado
ADMINISTRADOR | + posts

Esta entrada tiene 6 comentarios

  1. McMorrigang

    Jolines, qué divertidos. Como no tengo Instagram votaré por aquí, me quedo con: TERMINATOR Y LA INVASIÓN DE LOS JUANPEDROS por Dr. Irreverente. Quizás había más de un personaje de la película, pero me ha hecho reír a carcajadas.

    Felicidades a los tres finalistas, es una lástima que solo pueda quedar uno.

    Un saludo.

    (5/5)
    1. Alberto de Prado

      Una alegría saber que han gustado. Eran todos muy buenos incluido los que se han quedado fuera.
      Te guardamos el voto. ¡Saludos!

  2. Román

    Buenas. También asocial y sin esa cosa de instanoséqué. Me quedo, aunque no sé si se cuenta mi voto como parte partícipe, con TERMINATOR Y LA INVASIÓN DE LOS JUANPEDROS!
    He dicho.
    Gracias!

    (4/5)
    1. Alberto de Prado

      ¿Seguro que no quieres aprovechar para prometer algo que no piensas cumplir a cambio de que la gente vote por tu relato? Acabo de recuperar mi fe en la humanidad.😂 Anotado queda el voto.

  3. Daniel Aragonés

    Todo un honor que compañeros me voten incluso por mensaje. Decir que mi objetivo principal es disfrutar y hacer disfrutar. El simple hecho que supone ser leído, me reconforta al máximo. Ganar o no ganar es un efecto secundario. Felicitar a Demian y a Román porque son unos compañeros de la hostia, y dos pedazo de escritores.

    (5/5)
  4. Daniel Aragonés

    Por supuesto felicitar a la revista, por la dedicación y el buen gusto.

    (5/5)

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