Letra 1: He sobrevivido

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Relato de Kan Zerbervm

Sábado, 11 de octubre de año desconocido

Oigo voces lejanas. Bombas mudas. Son disparos.

Hay gritos en la oscuridad. No, no me asustan, ni tampoco me ponen nervioso. En cuanto desperté hace unas semanas sentí el no haber dormido durante días. Aquello me hizo estar confuso. Sobre todo, porque quise alzar la voz y solo entoné silencio. Incluso hoy sigue sucediéndome.

¿Qué me ha ocurrido?, ¿habrá sido esta cama? —se puede escuchar el rechinar al moverse—. Un hospital sé que no es el mejor lugar para estar seguro; no con lo que escucho proveniente del exterior, no con la que está cayendo.

Qué nos pasó… ¿La humanidad lo merecía? Tal vez…

Jamás hemos sido individuos sensatos. Ni demasiado inteligentes. Que hayan tenido que venir desde millones de años luz solo para hacernos entender que somos el culo de un vasto e infinito universo lleno de secretos… Creo que tiene delito. No obstante, les entiendo. Bajo mi manera de ver las cosas nos tenía que pasar algo así y aún fueron considerados con nuestra especie: podría haber sido peor.

Hace unos años supe que nos afectó un virus nanotecnológico, no sé en cuanto estamos, pero creo que no importa ya. Miles de millones de personas fueron infectadas y otras tantas murieron al instante. Sin esperárselo, sin salvación. Un maldito bicho microscópico alterado por el hombre nos fue ganando la partida hasta no quedar nadie en pie sobre el planeta, tuvo su gracia.

Fue una locura que, simplemente, nos tomamos a broma, ¡y luego se preguntaron el por qué nos ocurrió! Tuve claro por lo que me he ido enterando que esa pandemia, desde su inicio, fue nuestro castigo. Ahora mismo lo estoy escribiendo y aún creo sentir que debería haber seguido aquí postrado, muerto o vegetal, sin importar cómo.

Esta serie de cartas tienen un objetivo, el cual es, por supuesto, hacer entender a quienes me lean, sea cuando sea, que el virus no fue el problema, sino la solución. Esta cama en donde estoy me mantuvo inmóvil durante más de diez años. En todo ese tiempo pude reflexionar sobre una idea que, por lo demás, fue la que me llevó a no querer despertarme: nunca nos han necesitado, ni les hemos gustado. Tampoco es que nos respetasen en algún momento. Para ellos siempre hemos sido el germen cancerígeno de este rico ecosistema azul.

Se hartaron de decírnoslo por activa y por pasiva y quisimos ignorarlos. Hoy, la Tierra está sumida en un caos internacional con grupos políticos enfrentados por un poder que ya no les pertenece y que al pueblo no le interesa.

¿Y mi historia? ¿Cuál es mi nombre? Mi caso es peculiar. Me llaman Freedel aquí dentro. Resulta que hay alguien allí afuera, un individuo, compañero de cuando Vietnam, que ha estado deseando desde hace mucho que yo sobreviviera. En el momento en que lo supe no entendí la razón, nadie ha sabido todavía explicármelo, pero saben quién es y lo que necesita de mí. Se limitan a repetirme que mejore mis condiciones físicas para salir a pelear, a luchar por un destino que no hemos perdido, no contra ellos. Aún hay un margen según se cree. Sin embargo, lo único cierto que saco de todo ese asunto es que sé que esos visitantes me necesitan mucho más y no lo van a admitir. Se ven superados; por eso han regresado, a por este «trozocarne» a la brasa. Sin mí su guerra no la ganarán contra su adversario. No son terrestres, también están a unos mil millones de años luz de nuestra Tierra, o más, no hay cálculos que lo concreten.

Intuyo que si me uno a su guerra, callaré bocas, y eso es lo que más me interesa ahora. Nada más existe en el horizonte.

Me duele la cabeza.

Alberto de Prado
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