Las montañas de Artaith

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La historia que tienes ante ti nace de la imaginación de la Bruja del Sur y el Búho Narramundos. Se trata de un relato interactivo donde tú puedes elegir algunos de los aspectos que determinarán los acontecimientos que aquí se narren. Participa a través de las votaciones que organizaremos en Twitter e Instagram y sobre todo disfruta.

Aquí comienza esta aventura.


Introducción

― ¡Maldita sea, tabernero! ―exigió malhumorado dando un golpe en la mesa para aumentar el valor de sus palabras― ¿Dónde narices está mi bebida?

― Cálmate, Maraz ― susurró su compañera agarrando con fuerza su hombro, echando un vistazo en todas direcciones en busca de mirones―. Estás llamando demasiado la atención.

El enano giró su cuerpo para observar con su ojo bueno al resto de los clientes. Llamaría demasiado la atención si los demás no fueran tan peculiares como ellos, o incluso más. Negó con la cabeza sacudiendo sus barbas, y volvió a centrar su atención en la barra del bar, en la que seguía descansando su vacía jarra de hidromiel.

― Mi abuela arranca oro de las minas más rápido que usted ―insultó Maraz, esta vez sin alzar la voz para complacer a su compañera ―, y le falta un brazo y una pierna… ¡¿Qué?! ¿He dicho algo malo, Ger?

Al ver que su fulminante mirada no causaba el efecto deseado, la enana suspiró cansada de los molestos comentarios de su compañero, y centró su atención en el tabernero. Ambos dibujaron una notable sonrisa en cuanto asomó de la despensa una brillante calva.

― Gracias al hierro que ya ha llegado ―rezó Ger con ilusión. Ella también tenía sed y le apetecía una jarra fresca de ese oro líquido.
― Disculpen la tardanza ―comentó el jefe dejando las espumosas jarras frente a los dos enanos, que no tardaron ni un instante en cogerlas y vaciar la mitad de su contenido―. Las criorunas no estaban funcionando bien…

― ¡Fuah! ―ambos exclamaron satisfechos, pero el que continuó con la conversación fue el enano gruñón.

― ¿Ve esto? ―preguntó señalando su ojo blanco. ― Por culpa de las runas lo perdí.
― Eso no es… ―Iba a refutar su compañera, pero tras una mirada incriminatoria cambió de opinión. ― ¡Delicioso!
― De lo mejor que encontraréis en estas tierras, sin duda. ― anunció el tabernero volviendo a su siempre labor de limpiar la jarra.

La pareja de enanos parecía satisfecha, concentrada en degustar la hidromiel que llenaba sus bocas. Aprovechó ese momento de descanso para abrillantar la jarra en su mano y revisar al resto de comensales. Junto a la chimenea se encontraba el soldado Kael, ataviado en una armadura plateada llena de mellas y tajos, con el símbolo de una salamandra roja sobre fondo negro, perteneciente a un reino bastante lejano de aquí. Sin embargo, a pesar del aura de misterio que le rodeaba, no era la figura más extraña de la taberna.

Al otro lado, en el pequeño rincón donde las sombras superaban a la luz de las velas, se escondía una figura de aún más misterio. Cubierta por completo por una túnica negra tejida con seda de muy buena calidad, dos pequeños puntos brillantes bajo la capucha fueron los que pidieron al tabernero una habitación minutos antes, soltando una bolsa tan llena como para que no hiciera preguntas. Sin embargo, por su delicada figura oculta y su destacable altura, estaba seguro que su verdadera identidad estaba vinculada a los elfos, cuyos bosques están demasiado lejos de estas montañas.

― ¡Tabernero! ¡Otra ronda! ― pidió con ilusión el último cliente de la taberna, que le llamaba agitando las manos en alto.

El aludido soltó un pequeño suspiro. Todavía no estaba acostumbrado a la vida en taberna, así que dejó la jarra siempre sucia, y cargó una nueva ronda de hidromiel, acompañado con un cuenco de aceitunas, como acababa de solicitar a pleno pulmón.

― ¿Todo bien, Dob? ―preguntó la camarera con un tono cargado de ternura fraternal y preocupación.
― No te preocupes ― Entregó la ronda que la joven fue colocando en una bandeja. ― Todavía no me he acostumbrado a esta clase de… vida, o como se llame, Shy.
― Yo tampoco ―Levantó la bandeja agachando el rostro para ocultar sus ojos en una cascada de pelo. ― Pero debemos intentarlo.

Dob asintió frustrado, sin perder de vista a su compañera de pelo color noche. En cuanto se acercó a la mesa, pasó lo mismo que la primera vez: la gnómida gritó ilusionada, mientras la enorme mole sentada en el suelo a su lado se inmutó tan solo para agarrar una minúscula aceituna comparada con su tamaño. A diferencia de la otra encapuchada, este ser más grande que mi armario estaba cubierto por una manta roída, y sus movimientos carecían de énfasis, todo lo contrario de su hiperactiva compañera.

― Me recuerda a los viejos tiempos ― dijo el tabernero armado de nuevo con su jarra.
― Pero ya no son esos tiempos…
-Clack-

Todos guardaron silencio en el momento que la puerta de la taberna se abrió de la forma más chirriante posible. El soldado giró su yelmo, y la encapuchada alzó la vista. La gnómida posó su vaso al igual que su colosal compañero soltó la aceituna. La pareja de enanos se dieron la vuelta sin discreción y la joven camarera cogió de nuevo la bandeja para atenderle. El tabernero esbozó una enorme sonrisa, destruyendo el silencio con su chirriante jarra. La misteriosa armadura negra que acababa de entrar en la taberna solo significaba una cosa: aventura.


La luz de las velas se reflejaban en la reluciente armadura negra que aguardaba en el umbral
de la puerta, estudiándonos con precisión desde el interior de su casco completo. No tenía ninguna parte de su cuerpo a la vista, pero tampoco parecía portar ningún arma.

«Reconocería esa armadura entre un millón», pensé bajando mi mano de la mesa y apoyándola en el muslo, tratando de disimular de la mejor forma posible cómo agarraba el cuchillo en mi cadera..

Mi respiración se tornó acelerada junto a un escalofrío erizando mi cuerpo. Seguía al detalle
cada uno de sus movimientos, esperando a una señal, o un fallo. Miré de reojo al resto de los
presentes, todos en silencio y sin perder detalle.

Su presencia desprendía un hedor a peligro
que ninguno ignoraba. Demasiado familiar para dejarlo pasar. Sin embargo, solo una persona
se atrevió a romper ese tenso silencio, no sé si por temeridad, o exceso de confianza.

—¿Qué quieres tomar, cielo? —preguntó Shyla sin perder la sonrisa, armada solo con la bandeja.

Un gruñido salió del interior del yelmo, despertando recuerdos todavía no olvidados.

Acaricié con ternura la delgada empuñadura de mi daga, mientras me iba incorporando con disimulo, situando mi otra mano en mi espalda, y sujetando con fuerza el respaldo de la silla.

—¡Dob, todo tuyo, cariño! —avisó a su compañero señalando con cortesía la barra, para dejar de prestarle atención y volver a sus quehaceres.

No perdía detalle de la brillante armadura, caminando entre las mesas con paso lento y
seguro. Parecía que nos estaba estudiando, podía sentirlo en los escalofríos. Pasaba la vista de unos a otros, buscando algo… Hasta que me vio. Detuvo su avance, y mantuvimos la mirada el
tiempo suficiente para determinar que era mi enemigo, y ya no su presa.

Me levanté con un giro, lanzando la silla directo a su cabeza. No esperé a que reaccionara, saltando sobre la mesa con la daga en mi mano. Salté a por su cabeza, atravesando la nube de
astillas en la que se había convertido la silla… Metal contra metal. Mi arma impactó contra el
brazal del no tan inexperto oponente. Mierda.

«¿¡Ha detenido mi ataque!? ¡¿Cómo?!».

Sus ojos sonreían bajo el yelmo, podía verlos. Eso me enfurecía aún más. Me agaché y giré en
una patada para barrer sus piernas. Tan rápido como lo vi saltar, vi clara mi oportunidad.

Rodeé su cuerpo antes de que pudiera reaccionar y, desde su espalda, acuclillada, asesté un corte en la cara interior de la rodilla, el único punto desprotegido de la armadura. Gruñó del dolor, que se hizo más intenso en cuanto tocó el suelo, obligado a hincar la rodilla si no quería empeorar la herida.

Desestabilizado, no tuve piedad y le di una patada en el pecho desde el lateral, tumbándole
mirando al techo. Al instante salté de nuevo para sentarme sobre su pecho y apresando sus brazos con mis piernas. Agarré llena de rabia la parte inferior de su casco, lo desabroché con la esperanza de que al fin fuera esa persona…

—¿¡Tú!?


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