LA PROGRAMACIÓN

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Relato Ganador del II Reto Libélulas Negras

Autor: Antonio Mejías Pastor


LA PROGRAMACIÓN


¿…qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueños y agonías?

(Jorge Luis Borges)


La criatura movió la cabeza con inquietud. La maleza, frondosa y amarillenta, le impedía divisar un refugio, un depredador o una presa haciéndola vulnerable al entorno. Incómoda, la bestia se giró sin decidir hacia dónde dirigirse cuando repentinamente dos libélulas negras, dos almas conectadas alzando el vuelo, se elevaron ante ella. Llevada por su instinto quiso atraparlas, pero con un movimiento suave ascendieron fuera de su alcance. Frustrada, la criatura cargó su ira sobre sus extremidades anteriores y se irguió hasta tragarlas de un bocado.

Lo que apareció ante sus ojos la dejó atónita. En aquella postura, pasando de cuadrúpedo a bípedo, su envergadura era suficiente para atisbar en la distancia. El mundo pareció abrirse. Podía ver los movimientos de depredadores y presas, podía distinguir lugares seguros, podía proteger gran parte de su piel de los rayos del sol…

–Espera, espera… –indicó Erb.IX.T deteniendo el holograma–. Aquí es donde tu juego da el salto y esta criatura, este… no sé cómo llamarlo, ¿bío?
–Yo prefiero homínido –respondió humilde D.IV.S–, aunque puedo llamarlo bío o bicho.
–Llámalo como quieras, no tiene importancia; lo que sí la tiene –dijo señalando el holograma con sus haces de luz– es que es aquí donde, dentro de tu juego, nace la inteligencia. La persecución de dos… ¿cómo las has llamado?, “dos libélulas negras, dos almas conectadas…”
–Sí –sonrió D.IV.S. avergonzada de aquel arranque de lirismo que la había delatado como programadora de contenidos estéticos–. El descubrimiento de los beneficios de caminar sobre sus extremidades posteriores hará que el homínido comience a andar erguido y eso, con el tiempo, provocará que su cráneo, el depósito principal de su programación, se amplíe; lo que a la larga le dará mayor capacidad de almacenamiento formando el pensamiento abstracto y, con el tiempo, la habilidad de programar por sí mismo. Es mi directriz fundamental. La llamo “Evolución.”
–Peligroso –negó Erb.IX.T con la prudencia propia de los administradores.
–No entiendo qué es lo peligroso. Se trata sólo de un juego para cuando nuestras unidades viajen por el espacio. Sabes que, por mucho que queramos, los trayectos interestelares duran eones. ¿No sería más eficiente que, en lugar de pasar ese tiempo en funciones mínimas, las unidades nuevas se fueran perfeccionando en la toma de decisiones mediante esta simulación?
–Nuestras unidades tienen una programación perfecta, no necesitan perfeccionar nada –
murmuró con desdén Erb.

D.IV.S disminuyó la intensidad de sus emisores. Aquél era un tema delicado. Los administradores se sentían muy orgullosos de un sistema que, técnicamente, carecía de fallos. Sin embargo, ella tenía otra opinión. No hacía tantas eras que había sido programada y su especialización era diferente a la de su administrador jerárquico.
Quizás por eso analizaba la realidad desde otra perspectiva. Después de todo, sus parámetros eran diferentes.

–No se trata de eso, Erb –murmuró con una expresión que mostraba al tiempo sumisión
y dulzura–. Tú eres un administrador, fuiste programado para optimizar recursos; pero
sabes tan bien como yo que hay momentos en que es necesario improvisar. Siempre hay
imprevistos: planetas gaseosos, meteoritos, erupciones, estrellas que se expanden o se
contraen. A lo largo de los eones van apareciendo circunstancias que nos obligan a
tomar decisiones.
–Y estamos programados para ello.
–Míralo desde este punto de vista. Se trata de un juego, de una ilusión, de tener algo que hacer mientras viajamos de un planeta a otro. Los trayectos son interminables, aburridos por propia naturaleza, ¿por qué no disponer de un entretenimiento inocente?
–Porque no es tan inocente. Se trata de dirigir un sistema imposible, programar entes hechos a base de carbono que necesitan combustible. No se autorregeneran con su propia energía como nosotros, sino que necesitan una fuente externa para funcionar.
–De varias, en realidad. Una gaseosa, el oxígeno, otra líquida, mezcla de oxígeno e hidrógeno y una última que puede ser sólida basada en el carbono…
–Ya –sonrió Erb–. ¿Y de dónde obtienen ese carbono?
–Bueno, hay varios caminos. Uno de ellos es ingerir a otros como ellos… –Las luces de Erb se tornaron parduscas en muestra de su desagrado, por lo que D.IV.S. se apresuró a añadir–. Aunque hay otras opciones. Tienes la opción de darles una configuración avanzada y hacerles ver que está mal devorar a los suyos. Se llama “moral” y, a cambio, les dejaremos otras criaturas menores para que se nutran de ellas.
–No sé –dudó Erb–. Y si les falta algún elemento o simplemente por el efecto del propio oxígeno, entonces se oxidan hasta dejar de funcionar, ¿no es así?
–Exactamente. Son extinguibles. Es un suceso que llamo muerte; pero no te preocupes, como se reproducen libremente incluso desde su más primitiva versión, siempre hay otros que los reemplacen.
–Lo sigo viendo peligroso. Supones un planeta donde debe haber oxígeno en la atmósfera y esa combinación de oxígeno e hidrógeno…
–Agua, lo llamo agua.
–Lo que sea. Ese agua combinada con una gravedad determinada y una atmósfera que los proteja de meteoritos y radiaciones. Un suceso estadísticamente imposible…
–No es imposible, sólo improbable. Además, no están dotados como nosotros, no son eternos. Se agostarán sobre su roca. Y aunque aprendieran a salir de ella, no irían lejos. Para cubrir la distancia entre un planeta habitable y otro necesitarían vivir no una vida, sino miles de ellas. Porque ésa es la gracia. Es una simulación simple. Nada de conquistas o mundos múltiples. Tú los dejas ahí, programas los parámetros y vas
observándolos. Puedes intervenir u olvidarte, hacerlo sobre todos o sobre una parte; puedes hacerlo con tus amigos o solo. Todas las variables están contempladas. Tú tomas decisiones y luego observas. Y así no sólo tienes entretenidas a las unidades recién creadas, sino que las preparas para comprender las consecuencias de sus actos sin riesgo alguno, porque si te equivocas siempre puedes borrarlo todo. Reinicias la programación y empiezas de nuevo.
–¿Y si no te equivocas?
–Pues si no te equivocas, tienes a unas criaturas curiosas e inteligentes que sobrevivirán y que incluso aprenderán a programar por sí mismos.
Erb dirigió la vista de nuevo hacia la pantalla y, aunque sus haces trataran de disimularlo, la contempló con la fría sonrisa habitual en los administradores.

–¿Lo ves ya?
–¿Ver qué? –replicó D.IV.S. sin entender adónde quería llegar.
–Las implicaciones. Esto que tú muestras aquí es un paralelismo, una explicación orgánica a la Programación.

D.IV.S. miró hacia él sorprendida y contrajo sus haces con inquietud.

–Yo no pretendo…
–Sé que no lo haces; pero la diferencia entre tú y yo es que tú inventas mientras que yo administro. Y por eso sé que hay que pensar en cómo reaccionarán las otras unidades,
las nuevas y las viejas. El Universo es finito. Nació en algún momento y con él, la inteligencia. Y ahí aparece la gran pregunta. ¿De dónde surgió el Primer Programador? Todos conocemos nuestra propia factoría, la manera en que se originaron nuestras directrices individuales; sin embargo, nadie, ni siquiera los más antiguos, tiene conocimiento de quién fue el primero de los programadores. Más aún, nadie ha sido capaz de responder a la gran pregunta: ¿Quién programó al primer programador? Y ahora tú en una simulación planteas que, de forma improbable pero no imposible, la capacidad de pensar puede surgir por sí misma. Basta con una combinación fortuita de hechos para crear vida inteligente. Así que tarde o temprano alguien aparecerá y se hará
la pregunta: ¿Y si esto ocurrió de verdad y fueron criaturas como éstas las que se hicieron tan inteligentes como para programar? ¿Te imaginas? Estarías afirmando que el Primer Programador sería un ser como ese homínido tuyo, un sujeto extinguible, fruto de la casualidad de perseguir dos libélulas negras…
–Oye, –se irguió D.IV.S. con el miedo haciendo que sus haces de luces se volvieran tenues–. Esto es una simulación. Sólo eso.
–Lo sé; pero no esperes que todos tengan mi flexibilidad de pensamiento. En nuestro Universo hay sensibilidades fáciles de ofender y no sería difícil que alguien interpretara otra cosa y tuvieras que ser llamada para hacerle una revisión a tus parámetros.
D.IV.S. miró con horror hacia la pantalla. No se le había ocurrido pensar en que algunos
vieran ramificaciones religiosas en lo que era sólo un juego.

–¿Me estás sugiriendo que abandone mi proyecto?

Erb observó el holograma con curiosidad y negó.

–Por el momento deja estar a tu homínido, a ver qué tal. La idea no me parece mala –murmuró pensativo–; pero debes pulirla. Si aceptas un consejo, comienza eligiendo mejor tus palabras. No lo llames “Programación”. Es un término demasiado sensible.
–Entonces, ¿cuál uso?
–Otro. “Creación”, por ejemplo. Con eso quizás sea suficiente, no creo que con algo tan tonto nadie se vaya a dar por aludido…


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Esta entrada tiene 8 comentarios

  1. Alicia Pastor Bueno

    Ufffff!!!
    Muy fuerte, no?
    Para leerlo varias veces, pensar.... y aún así.......

  2. Ángela Márquez

    Esto tiene más de un rato...
    Por fin!

  3. Ángela Márquez

    Pues, como decía, más de un rato...

    (5/5)
  4. Ana

    Un tema para pensar y porque no hacer un pelicula

    (5/5)
  5. Rashan

    Todos los seleccionados, los seis, creo, han sido muy buenos. El de Francisco Santos me gustó mucho, como siempre, y este es muy de la ciencia ficción de entre los cincuenta y sesenta, estilo pulp, casi lo veo en comic, o en un capítulo de Love Death and robots. Felicidades a todos.

    (5/5)
    1. Confiabamos en el nivel de los relatos finalistas y es una alegría recibir comentarios así. ¡Gracias!

  6. Conso

    Impacta.... te lleva a 2001: Una Odisea del Espacio
    La sencillez del lenguaje junto con una profundidad en el mensaje te lleva a cuestionar mucho de lo hasta ahora conocido .... da para una larga conversación con las personas adecuadas

    (5/5)
  7. BichejuloRarulo

    Un relato más que interesante, por muchas de las cosas que plantea, incluido el del miedo que sienten los que mandan, o “programan”, a que alguien piense por sí mismo.

    (5/5)

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