Jinete de dragones

Jinete de dragones

Relato de María José Bravo Moñino

Mi hermano mayor siempre me decía que, cuando yo era un mocoso, mi imaginación no tenía límites.

Me subía a la cama, calzado con sus botas de agua y ese pesado casco de su moto que me hacía bailar la cabeza. Me creía un astronauta, admirando el universo. Esa inmensidad perlada de diminutas estrellas que él insistía en ponerles nombres.

¿Qué pasó con aquellos días de creernos girasoles en el campo de los abuelos?

Pasó que crecimos.
Pasó que los días nos alejaron y cada uno tomó su camino.
Pasó la vida.

Ahora hace un año que no hemos vuelto a hablar.
Vengo a esta playa cada viernes al atardecer; era tu día favorito, tu momento favorito.
Hoy no hay dragones surcando el cielo, ni tú creyéndote jinete experto. Ya no tengo tus discursos sobre cómo ser un Don Juan. Ni siquiera me quedas tú. Tan solo un grupo de testarudas estrellas que bailan tu nombre mientras yo me vuelvo un lunático empedernido que te busca cada noche.

«Sí, sé que odias la Luna, pero solo así puedo volver a escuchar tus sermones».

Ya no hay casco ni botas de agua, pero este mocoso astronauta sigue buscándote, como cada viernes, surcando el cielo a lomos de un gran dragón que atraviesa las nubes y se pierde tras el sol.


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