INFAMIA

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En 1916 Andreas Barkovski publicó su libro, el único que sepamos, Infamia, con la recién nacida editorial Chamalion, en Dublín. De hecho la editorial había resultado de la sociedad de dos conocidos editores, Karvskov y Svenz, que pretendían una especie de revolución en el mundo editorial, imprimiendo tiradas de, en alguna ocasión, hasta tres mil ejemplares (cosa más que desusada, casi nunca vista); también se dedicaban a lo que hoy llamaríamos marketing, haciendo anuncios de sus publicaciones en numerosos periódicos y revistas, y presentando ellos mismos en compañía de los autores las obras en teatros y cafés. Barkovski no podía encontrarse en mejor compañía, pues.
Pero algo pasó, y algo tremendo, suponemos, que hizo que la figura de Andreas Barkovski se nos presente todavía como un enigma a los bibliófilos actuales.
El primer dato que traemos está tan contrastado como cualquier otro, es decir: nada en absoluto, pero es que todo en esta historia parece sacado de un cuento fantástico: una mujer compró el libro, y saliendo del librero cayó desmayada en la acera, los paseantes vieron que iba ojeándolo justo antes de caer. De ahí a afirmar que el desmayo fuera causado por el libro hay un trecho, pero al parecer uno de los viandantes que se había detenido recogió el objeto del suelo y leyó unas páginas… De repente empezó a gritar como loco, a dar empujones a los allí reunidos, incluso a pisotear, parece ser, a la mujer desmayada, hasta que él mismo también cayó inconsciente, no sin antes haber arrojado lejos de sí ese opúsculo que ya empezaba a cobrar fama de maldito.
Alguien recogió el libro con cuidado de no volver a abrirlo, un miedo reverencial se había instalado en las dos o tres decenas de personas que asistieran al espectáculo. Se diría que una muestra de ignorancia, una superchería, un dejarse llevar por esos miedos ancestrales ligados a antiguas tradiciones que se propagan como el fuego sobre la pólvora en el pueblo bajo… Pero los allí reunidos eran todo excepto pueblo bajo, pues aquella parte de la ciudad era hollada por la creme de la creme dublinesa, entre ellos, entre los asistentes a este extraño espectáculo: abogados, médicos, un notario y otro librero, además del propio librero que había vendido el libro a la señora; mujer, por otra parte, de reconocida inteligencia y habitual en las tertulias literarias de la ciudad.
¿Qué diablos vieron en esas páginas?
Sin embargo la cosa se tomó, como bien se imaginará, a guasa. Salieron un par de chistes gráficos con la señora desmayada, dando a entender que aquello había sido debido a alguna escena pornográfica o similar. Esto fue al día siguiente, y precisamente uno de los editores, Svenz, se acercó a la habitación del autor para mostrarle, si no la había visto ya, la gacetilla jocosa. Pero resultó que Barkovski había salido de forma apresurada, le dijeron, esa misma mañana; acompañado de dos señores muy elegantes, de los que no supieron dar más noticia. A las preguntas del editor: no, no había dejado señas, y no, no había dicho tampoco cuándo volvería ni si lo haría.
Pero esto no iba a ser lo más sorprendente que le pasase a Svenz aquel día: otros señores “muy elegantes” habían pasado por todas las librerías en que había ejemplares del libro, y comprado todos. Unos cincuenta ejemplares, más o menos, repartidos entre diecisiete librerías distintas. Según la descripción a cualquiera se le viene a la mente la moderna idea de los “hombres de negro”, pues de tal color vestían, y su presencia resultaba imponente, a la par que el recuerdo de sus visitas confuso.
Aquella noche el edificio donde se encontraba la imprenta de Chamalion ardió, y con él el resto de ejemplares del libro. Ni que decir tiene que se vio en las inmediaciones a un par de tipos muy elegantes.
En fin, hay alguna que otra historia más al respecto, pero seguimos sin saber lo sustantivo: qué había escrito en aquel libro.
Hay quien ha querido ver allí algo mágico, una puerta, quizá, a un lugar tan alieno que solo su vislumbre lleva, indefectiblemente, a la locura; a una persona normal, al menos. Los dos desmayados a que hemos hecho referencia sufrieron suertes diversas: ella se recuperó un tanto, pero no volvió a ser la misma, y afirmó hasta el final no recordar nada de lo acaecido en ese extraño día. El hombre fue ingresado en un sanatorio, casi vegetal. Permaneció allí tres años sin apenas hacer más que deambular, y en diciembre de 1919, de repente, y como si tuviera pleno control sobre sí mismo, arrebató una tijeritas a uno de los enfermeros y lo apuñaló un centenar de veces. Después se apuñaló, en el cuello, él mismo, hasta caer y morir desangrado. Los asistentes a este tremendo acto fueron casi todos pacientes del sanatorio, y como tales, no se tuvo en cuenta su testimonio, pero hubo otro enfermero que afirmó que el demente repitió hasta morir la críptica (como todo en este asunto) frase “anachain morens, turba exterioris”.
Anachain podía hacer referencia al título del libro, Infamia, en irlandés, y con el resto, en latín, hay quien ha querido traducir “muero por Infamia, una multitud (viene) desde afuera”. Pero son especulaciones y conjeturas; ociosas, o no, nos resultan de todo punto inútiles…
Poco más queremos apuntar en este pequeño artículo, tan solo hacer mención de las palabras de Svenz al ser preguntado años más tarde por el tema del libro en cuestión en una charla en la biblioteca Nacional de París: “el libro era un espejo, ni más ni menos”.


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Francisco Santos Muñoz Rico
REDACTOR | Website | + posts

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Rashan

    ¡Alucinante!
    Ahora a buscar ese libro, ajajaaja

    (5/5)

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