¡Gatito! O las geometrías sentimentales en la literatura

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¿Están acabando las geometrías sentimentales con la literatura?

No me voy a poner a explicar aquí quienes fueron Jorge Meneses y Juan de Mairena, si alguien no lo sabe, ¡que lo busque en gúguel!

Pero sí que voy a hablar de esa máquina fantástica y terrorífica de la que ellos, a su vez, hablaron: el aristón poético. Se trata de un aparatejo que, objetivamente, determina los gustos y querencias, apetencias, preferencias, sentires, de una determinada audiencia, de un grupo de personas más o menos concurrido. Y a partir de ahí establece la máquina una serie de palabras y una serie de relaciones entre ellas, terminando por confeccionar un poema que a todos los reunidos encandila. Digamos que si accionamos esta máquina fenomenal en una reunión de nazis, nos saldrá, seguramente, una coplilla sobre el gracejo de Hitler, o algo por el estilo.

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La máquina de trovar

Pues bien: se creía para siempre perdido el aristón poético de Meneses, se creía que con la muerte de su dueño la máquina también había muerto, como si se tratara de un engendro de la imaginación solo y no de un artefacto real, tangible. Pero he aquí que yo, con las dotes detectivescas heredadas del gran Dupin por mediación de Poe, he hallado que la Máquina de Trovar ¡existe! Y está siendo usada por (sí, mis lectores acérrimos ya se lo habrán imaginado:) ¡ELLOS!

¿Cómo si no se explica la existencia en este extraño mundo de libros como estos: El gato que leía libros todo el rato; El gato que curaba los páncreas; Dímelo con un maullido; etcétera? (Por supuesto todos estos nombres son invenciones paródicas para evitar posibles querellas y demandas de asociaciones filogatunas). La respuesta a esta pregunta es fácil y sencilla: los protervos editores se han hecho con la antementada máquina y su manejo, y no solo eso: la han potenciado hasta hacer que capte los deseos “literarios” del vulgo enterito: gatos y colorines.

Sé que me expongo a que me linchen, sé que en las mientes de millones de lectores, ahora, como si de pequeños aristones poéticos maléficos se tratara, se están fraguando frases de este tipo: “qué malvado es Franky, odia a los gatos”, “hay que matarlo, y jamás comprar sus libros antifelinos”. Pero tascad el freno, malditos: yo no odio a los gatos (a los perros sí, pero eso es para decirlo cuando me quiera suicidar socialmente). Yo lo que odio es la idiocia, y el analfabetismo funcional.

Los gatos literarios

¿Pero entonces, Franky, odias el mundo en que te ha tocado vivir?

No, no es tan sencillo. Escuchad esta historia verídica:

Esta mañana en una librería he asistido a la debacle: dos personas han visto un libro en cuya portada se veía uno de esos gatos con ojos gigantescos encima de una mesa llena de ordinarieces, con un título absolutamente abstruso en el que se destacaba en negrita la palabra “gato”. Una de estas personas, o cosas, le ha dicho a la otra algo así como “Pero mira qué monada, ¿no le gustaban los gatitos a Fulanita? ¿Le regalamos el libro?” La otra persona, o cosa, a todo ha asentido alegremente y no se han demorado un minuto en abrir el libro y ojear, ni hojear: lo han comprado y pedido que lo envolvieran para regalo.

Ah, Franky, lo que a ti te pasa es que te mosquea que la gente compre lo que le meten en las narices y no compren tus patéticos librillos sin editorial ni campañas publicitarias, ¡amargado!

No, yo solo reflejo, cual nuevo Larra, con aire satirizante, mordaz y guasón, lo que pasa en la calle, ya sabéis: los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.

Ese libro con un gato en la portada y con un título tonto, seguramente, ni trate de gatos, y por otra parte: cuando a una persona le gustan los gatos, simplemente le gustan los gatos (como dirían Buda y Perogrullo), pero no necesariamente les apasionará una supuesta literatura gatuna. En fin: lo que pasa con esta situación es que ese libro ha sido comprado para no ser leído. Y me da como una penilla en el alma.

Un historia verídica

(Establezco este parágrafo entreparentesiado para hacer una importante referencia a la historia verídica que, sin llegar a ser digresión, tiene su importancia, al menos para contestar la anterior pregunta sobre si odio el mundo en el que me ha… bla bla bla. El cliente que iba antes en la cola para comprar llevaba un libro de Stefan Zweig, y antes que él me fijé en una jovencita con algo llamado Nunca es tarde para morir, que imagino sería una novela negra, no sé; después las de los gatitos -sin comentarios-. Y por fin, yo, que para saciar la curiosidad que se anda fraguando: llevaba lo último de Dios, también conocido como Enrique Vila-Matas. Ved como de todo hay en esta viña de nadie).

La gatos y la muerte de la literatura

Ya; no pretendo establecer moralejas ni enarbolar banderas exegéticas inútiles, lo dije antes: el nuevo Larra, espejo del mundo. Pero antes de terminar señalaré que tenemos gatos en la literatura por ejemplo de Fernando Sánchez Dragó, en los libros del gran Tuesday Lobsang Rampa, y en fin, que la literatura de todo puede tratar, pero si se vuelven los términos: ¡hablemos de gatitos, que es moda, por tonta que sea la cosa que vayamos a escribir! la literatura muere, es puta, es mierda, y dentro de su caja, el viejo Schrodinger se pone triste y muere de penita.


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Alberto de Prado
ADMINISTRADOR | + posts

Esta entrada tiene 9 comentarios

  1. Vicente

    Todo muy acertado, excepto que no te gusten los perros. Será posible...

    (5/5)
    1. FRANKY

      Posible y cierto, nadie es perfecto...

      (5/5)
  2. Murakamigirl

    Jajajaj, justo estaba yo pensando en Larra hace un rato.¡Me ha encantado el artículo!
    P.S.: me quedo con los gatos en las novelas de Murakami, que ni tan mal. =)

    (5/5)
    1. FRANKY

      Justo, ahí están en su sitio y tienen su razón de ser

      (5/5)
  3. Patricia Valkyria

    Todo es cierto,mi estimado Franky... Pero, aunque se nos revuelva el estómago,sabemos que "las viejas soluciones" (Gatitos, perritos,libros de autoayuda🤮, romance del barato, etc.) seguirán vendiendo libros que nadie leerá... 🤐

    (5/5)
  4. León

    No hay que desvelar el nombre de Dios.

    (5/5)
    1. FRANKY

      En el kaliyuga está permitido

      (5/5)
  5. Laura308

    La otra cara de la moneda: odio a los gatos (en casa de otro o en la calle, no me molestan), no digo palabrotas ni escribo palabrejas (ya me gustaría), creo que soy la anti-franki.
    No leí ni un puto libro suyo (ahora me manda a tomar por culo), pero me gusta su crítica (como amarra cada uno de sus argumentos), también su voz (aunque no sea de anuncio radiofónico).
    Todo esto para decir que comparto su opinión, que existen fashion victims literarios, analfabetos literarios e imbéciles que no saben elegir regalos.
    A mi me gustan los libros, no me regaleis un libro con portada de libros, prefiero una casita con biblioteca.

    (5/5)
    1. FRANKY

      Vete a tomar por culo, jajajajaj
      Me consta que ves más allá de los gatitos monos literarios

      (5/5)

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