Frente al espejo

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Una intermitente luz eléctrica me despierta. Abro los ojos muy despacio, con la dificultad de quien ha tenido un sueño desapacible, aunque profundo. Noto una fugaz sensación que me atraviesa el cuerpo, oprimiéndolo, aplastándome contra el gélido suelo como si volviese de un estado de completa ingravidez. Esa es la sensación. Le sigue un desagradable hormigueo. O no tanto porque, al menos, empiezo a recuperar el control de mi mismo. Utilizando una mano para apoyarme y hacer fuerza, consigo al fin despejar la mejilla unos centímetros. El olor es nauseabundo, hasta el punto que a duras penas consigo contener una arcada. «¡Qué asco!»

Mantener los ojos abiertos es un tarea descomunal, mis parpados se niegan a obedecer ante el esfuerzo. No logro acostumbrarme a esta luz, pero no voy a ceder a la comodidad del abandono. Doblo la rodilla y me impulso, logrando incorporándome hasta el torso. Giro el cuello despacio tratando de identificar lo que intuyo, más que veo, a mi alrededor. ¿Dónde estoy? Por las baldosas blancas y el mobiliario, parecen los servicios de un edificio público. ¿Un hospital? No lo creo, demasiada suciedad. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Intento hacer memoria, pero no puedo recordar nada de lo sucedido y el solo acto de pensar me agota.

Me levanto y con paso vacilante, me dirijo a uno de los lavabos que quedan a mi izquierda. Necesito refrescarme un poco. Quizá eso sirva para despejar este mareo. Dejo el agua correr un momento sin poder centrar mi atención más allá del grifo que tengo delante. Me inclino para meter las manos, salpicándome el cuello y la cara y de inmediato noto un efecto vivificante. Los pensamientos comienzan a fluir desordenados en mi mente. ‹‹¿Qué ha pasado? ¿Me he desmayado? ¿Cómo he llegado a este lugar›› Las dudas clavan sus afilados dientes en mi cerebro, juegan con él, lo mordisquean con el entusiasmo de un cachorro con un zapatilla nueva. Levanto la vista tratando de hallar una respuesta en el espejo, pero la imagen que devuelve reflejada solo puede ser una burla, una broma de mal gusto elaborada por mi cerebro aún conmocionado. La mirada de esos ojos, su extraño brillo dorado, me atraviesa y el terror invade cada fibra de mi ser.


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Alberto de Prado
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