ESPEJO DEL MUNDO

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No pienso ir a mi entierro

Hace unos meses que escucho casi todos los días este disco de Javier Bergia, Divina Comedia. Os diría algo de Javier Bergia, como se suele hacer cuando se habla de un músico, pero lo siento: no puedo decir más que eso mismo, que es un músico. ¿Qué importa dónde nació o dónde reside según su carnet de identidad, o si es blanco, negro o amarillo? Son adornos que poco dicen si de música vamos a hablar, aunque en tratándose de Javier Bergia no es solo música el tema a tratar, también poesía. Para rematar esta idea tan bella de presentar al músico solo como músico citaré a Franco Battiato, otro músico:

“I´m neither muslim or hindu
Not christian or buddist
I´m not for the hammer
Neither for the sickle
Even less for tricolour flame
Because I´m a musician”

[No soy musulmán ni hindú, ni cristiano o budista, no estoy con el martillo y la hoz, y mucho menos con la bandera tricolor, porque soy un músico.]
Bien claro queda.

Y hechas ya las presentaciones, esa primera frase de arriba, no pienso ir a mi entierro, es la primera que se canta en el disco:
“No pienso ir a mi entierro
No quiero flores ni tiesto
No vine al mundo para esto
Me pongo malo y me acuesto”

Aquí empieza esto que yo llamo espejo del mundo, que a su vez es expresión que viene de los vedas. A veces he aseverado que de la misma manera que usamos el tarot para “ver”, el tarot como espejo del mundo (nunca como método de adivinación), podemos usar cualquier cosa: cartas de Pokemon, un cartel que indica direcciones en medio de un bosque, las instrucciones para montar una noria de lego, una canción, cualquier cosa; solo que unas son más hermosas que otras. Y así escucho yo este (y otros muchos) disco, como si sus canciones fueran una tirada de arcanos que, misteriosos, me hablaran del universo entero, el mío y el de los demás, espejo del mundo. La primera canción trae la muerte, un tema en que a diario pienso desde hace treinta años. Dejó escrito Miguel Ángel en uno de sus diarios algo así: si no piensas en la muerte todos los días te vuelves loco. Lo contrario: si piensas en la muerte todos los días (ella piensa en ti todo el tiempo), no te volverás loco; o no tan loco.
La música, como cualquier otra cosa, es vía de pensamiento y de meditación, y si vas acorde con las ideas de que habla el músico, y además llevado por el placer de “la música bien hecha”, que siempre consuela, y transportado también por la propia gracia lírica de la poesía escrita con corazón y alma, entonces es comprensible, claro, que te dediques a escuchar el mismo disco durante años y no te canses de él, y que además cada vez le saques más partido.


Sigamos escuchando:
“Si veis que me voy, que la espicho
Cenizas al monte, y he dicho
No quiero ningún velatorio
Ni flechas en un promontorio
Postrado en un tanatorio
Jodido en un cementerio
Si veis que me voy, que no ficho
Cenizas al mar, ya lo ha dicho”

También habla Javier de “brillar como Sirio de noche y no como un lirio en un nicho”; además de la belleza de esas aliteraciones bergianas, está clamando por la gloria de la entrega del alma a la tierra, al cielo, al mar, al olvido perpetuo y maravilloso, en contraposición con la pompa fúnebre del monumento, la lápida, y los ecos grotescos de plañideras a sueldo. Ya lo he dicho: una vez que conectas con el poeta hasta el punto de que sus ideas se confunden con las tuyas, la escucha se convierte en éxtasis, en llanto vivificador de alegría, pena y calma. Y se acaba la canción, pero no el disco.

Amargo preludio

“Se desvanece narcótica una brisa de añafiles y radiales
Sobre plásticos mares furtivos de intrincadas fantasías
Amargo preludio de oraciones con morfina”

Aquí pasamos de la muerte al capítulo anterior, pues el preludio, sea de lo que sea, siempre lo es de la muerte. Es de una cualidad tan melancólica este tema que no importa tampoco cómo te lo tomes, no te tima, vas a caer allí, en Isla Melancolía… Y ya empiezan a sonar las guitarras con reminiscencias (para mí, digo, siempre escribo, ya lo sabéis, a contra objetividad) de Neil Young, ese otro gran melancólico, y gran furioso, como Javier, cuando se enfurece.

Sigamos deslizándonos por el disco.

Dilemas

“Cuántas veces me pregunto
Si una coma o si un punto
A menudo me cuestiono
Si vermut o Anís del Mono”

Javier viaja por sus dilemas, por los míos también, por ese filo de la navaja de Shiva en el que pasamos toda la vida sin caer; hasta que caemos.

“Yo sobrevivo a mí mismo
Hasta cuándo, no sé cómo
Al trajín de cada día
Al motín de cada noche
[…]
A la ausencia pura y dura”

A veces el camino se nos hace corto, y otras veces no entendemos cómo puede ser tan largo y cómo podemos haber sobrevivido, no solo al propio camino, también a la locura inherente al mismo.
“Qué oportuna es la ironía”, menos mal, sí, que tenemos este recurso de la ironía como espada y como escudo, pues que si no… ay.

Homicidio

Seguimos con la muerte en el siguiente tema: ¿Acaso hay otra cosa de qué hablar?

“No vi el hacha en tu mano
Ni tus uñas, ni el gatillo
Sopera de cristales rotos
Fui presa de tu colmillo”

Pero a veces muere uno de amor, o a manos de la amada, como Garcilaso nos confirmaría; o está uno muriendo desde que viene al mundo, y todo aquello con que nos encontramos es nuestro asesino, dulce o amargo. O:

“Estaba haciendo un gazpacho y me faltaba un comino
Qué culpa tuvo el tomate, qué culpa tuvo el pepino”

Metáfora abdominal

¡Aires marinos!

“Lamentos que redimen sobre la arena fina
Antiguas leyendas de hipocampos y ballenas”
Un paseo, lo quieras o no, por todos tus años, desde la cuna hasta ahora, a los pies de este abismo, a este mismo momento cualquiera, este segundo exacto en que no pasa nada y en que todo pasa: “hoy es fiesta en Barataria, y ha llegado el tapicero.”

Polisofía

Con este tema llega la exaltación, sobre todo para mí, como escritor y como amante lector.

“Áspero es el papel en blanco
Y no la pluma preparada
Al fin y al cabo sumisa
Y entre los dedos prendada
Siempre al borde del abismo
Siempre en guardia, camarada
De tinta negra cargada
Que si es azul: da lo mismo”

Este canto exaltador es una celebración de la cultura, de la palabra escrita, de la literatura, de lo que nos hace y de cómo lo hace, de su enjundia legendaria que viene desde milenios y que se extiende hasta donde la vista ya ni alcanza.

“La escritura es el invento que ilumina la conciencia
Un ingenio en movimiento, un abrazo a la cultura
Hay sagradas escrituras, manuscritos ancestrales
En lenguajes y texturas de asombrosas propiedades”

Polisofía, allí está ella, la Sofia, por doquier, en “misteriosas profecías, y leyendas populares, epopeyas cinceladas en santuarios colosales, valiosísimos tratados de arte, ciencia y medicina, libros de caballería y poemas ejemplares”. A veces, cuando hablo con alguien, o conmigo mismo, sobre “la cultura”, hago referencia a la facilidad que tenemos hoy para conseguir prácticamente cualquier libro, cualquiera importante, digo: los llamados clásicos. Tienes en PDF en internet cientos, miles de libros gratis para estar leyendo toda la vida; es verdad que tienes que pagar las novedades editoriales, pero no tienes que pagar, o casi no, por leer esos libros, los clásicos, El Quijote, El Libro Del Buen Amor, por ejemplo. Esto no lo tuvieron hace unos cien años, y menos hace doscientos, nuestros padres y abuelos. Yo mismo he leído miles de libros que me han prestado, regalado o he encontrado por ahí, muchos en esa parte de mi vida en que viví en las calles como pordiosero y vagamundo.
En la recta final de la canción, claro, el lamento por esas hogueras que hacen los licenciados Vidriera del mundo con nuestros libros, con nuestras Bibliotecas de Alejandría:

“Bibliotecas incendiadas
Sarajevo, Alejandría
Templos del Conocimiento
Fuentes de Polisofía
Donde estaba mejor dicho
Lo que dicho escrito estaba
Siglos de Sabiduría
Devorados por las llamas”

Divina Comedia

Y sigue la exaltación para este escritorzuelo y lectorzuelo vuestro.

“Es probable que sea más fácil abordar la nostalgia
Para hacer una canción
Y esperar a que amaine la lluvia cuando ruge el cielo
Sortear como un lobo estepario en el mar
Los feroces envites de la soledad
Apagando ese aullido terrible
Que sale del alma”

Esta canción es ya de por sí espejo del mundo, “menudo poema”. Es un repaso de las eras del alma, un paseo por los episodios del corazón, ¡divina comedia!
También es una reconciliación, con lo que quiera que no estuvieras reconciliado, el mundo, la suerte, da igual. Al final todo debe ser reconciliación, el moribundo muere feliz si ve un árbol frente a él, o cualquier cosa bonita, no necesita más; Albert Camus, no recuerdo en qué libro, decía que podría ser feliz atrapado en el tronco hueco de un viejo árbol siempre que pudiese contemplar desde allí el espectáculo del cielo cambiante, de las nubes que pasan, del sol, la luna y los astros, de la luz y la tiniebla, los rosados dedos de Aurora todas las mañanas… Esto me trae esta canción.

Pero esto tampoco pretende ser una reseña o crítica del disco ni del músico, es solo una excusa para mis desvaríos, ya sabéis, así que aquí dejo de ir canción por canción: me gustaría que conociéseis, lectores egregios míos, a Javier Bergia, y sé que muchos de vosotros lo vais a hacer. Es un regalo que os hago, en mi opinión es de los mejores músicos, del mundo, de la historia, de mi almario… ahí codo a codo con Neil Young, y otros cuantos.
Pero sí quiero hacer referencia antes de irme a un par de cosillas del disco: de la canción “Palito de madera” (que mi Óliver canta tan bien), que tiene estos versillos tan bellos:

“Qué pena de arbolito
Qué verde, tan bonito
Tenerse que partir
Palito de madera
Ceniza de una hoguera
Que se ha de consumir”

Es corto nuestro viaje, volvemos a lo mismo de antes, qué corta se nos queda a veces la vida por larga que haya sido, ay.
Pero no pasa nada, en el viaje está la recompensa, ya lo sabemos todos, lo dice no solo Kavafis, ¡hasta en Bob Esponja se hace referencia a ello!
Lo otro que quería apuntar: el cierre de la canción “Menú del Día” siempre me recuerda al cierre de ese poema tan querido mío de Unamuno, “sobre el libro cerrado, su pasta por la luna iluminada, descansaba una rana. ¡Oh, Kant, cuánto te admiro!”

(Perdóneme el autor, si me leyera, por copiar los versos con las cesiones como me han parecido)


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Francisco Santos Muñoz Rico
REDACTOR | Website | + posts

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. León

    Lo escucharé.

    (5/5)
  2. Rashan

    ¡Escuchado! No lo hubiera escuchado de no ser por esto, la verdad es que uno se relaja y no investiga más allá de las cuatro mismas cosas que escucha desde chaval. Tiene una voz muy particular, y guiado por tu análisis ya a la primera escucha es como si lo conociera de antes. Gracias, Franky!! A ver si nos vemos por Almería un día de estos y hablamos en persona, y Felices Fiestas a todo Espiademonios, y a J. Bergia claro

    (5/5)
    1. Espiademonios

      Muchas gracias por el comentario y felices fiestas a ti también!

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