El suplicio de la muerte. María Lejárraga

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El suplicio de la muerte es una leyenda fantástica incluida en Cuentos breves, la primera obra publicada por María Lejárraga en 1899.

Arrullos de palomas, cánticos de pajarillos, música de flores, ya no halagáis como antes la vista y el oído; ya no nos conmovéis deliciosamente con vuestras sublimes armonías; ya no alegráis nuestras almas con las hermosas notas de vuestro inmenso concierto…

Blanca túnica de nieve cubrió los valles y las montañas; los árboles, ya sin nidos y sin flores, doblan la cabeza a impulsos del fiero vendaval que les azota furiosamente.

Huyeron la alegría y el júbilo, siendo sustituidos por el silencio y la soledad. Reinaba el invierno.

Era una noche fría, oscura, triste. La nieve, que caía en menudos copos sobre la tierra, había formado una blanquísima alfombra que delataba con las huellas que se marcaban sobre ella el paso de los caminantes. El frío calaba los huesos. Todo estaba en silencio. Ni una sola estrella se veía brillar en el cielo, que se hallaba cubierto por un negrísimo manto… Reinaban las tinieblas.

Mal encubierta por su blanco sudario, orgullosa de su poder, y desafiando altiva la crudeza de la noche, emprendió la Muerte su aciaga excursión por la tierra.

Se celebraba la Nochebuena: tan solemne fiesta llenaba de júbilo y felicidad los corazones de todos los cristianos, orgullosos de conmemorar el nacimiento de su Redentor. Las penas parecían más insignificantes, y en cambio las dichas adquirían mayores proporciones. Un algo sonriente y grandioso acariciaba suavemente las almas de todos los mortales; pero a pesar de todo, ella se veía obligada a cumplir su honrosa misión.

Todas estas consideraciones iba haciéndose la Muerte: mientras caminaba por un sendero estrecho, tortuoso y solitario, sacóla de repente de su abstracción el ruido que producían los pasos de varias cabalgaduras que marchaban en dirección opuesta a la suya. A los pocos momentos, hallose frente a frente de dos hombres, de dos pobres caminantes que, obligados por una perentoria necesidad, abandonaban sus hogares aquella solemne noche. Pensó en un principio que ellos serían sus primeras víctimas; pero en el momento de decidirse a hacer uso de su poder fatal, hirió sus oídos la voz de uno de ellos, que lanzó al aire una alegre y animosa copla. Dudó un instante y les dejó pasar.

Al poco rato distinguió en medio de la oscuridad de la noche una pobre y rústica cabaña. Penetró en ella y quedó agradablemente sorprendida ante el cuadro que se ofreció a su vista. Acompañado de sus hijos y sus nietecillos, un viejo enfermo y achacoso cenaba alegremente; al verle en tan lastimoso estado, pensó que no sería crueldad ninguna arrebatarle la vida; pero al disponerse a oprimir su garganta con su fría y descarnada mano, a una seña del viejo, se aproximaron los pequeñuelos que, colgándose a su cuello, le colmaron de besos y caricias.

Salió precipitadamente de allí sin haber cumplido su misión. Siguió su camino entristecida y contrariada; y después de transcurridas algunas horas, se halló delante de una hermosa población. Recorrió, ansiosa de víctimas, muchas de sus solitarias calles, y penetró al fin en un suntuoso edificio.

Entró en una elegante y severa habitación donde cantaban y jugaban varios niños, tocando alrededor de un magnífico nacimiento, salpicado de blancas casitas y lindos pastorcillos de barro, tambores y panderetas. En otra de las habitaciones de la casa había presenciado un cuadro tristísimo, que contrastaba horriblemente con éste. Sólo miseria y hambre y pena había visto en él. Indignada por el contraste, quiso castigar la poca compasión de aquella opulenta familia, y se dispuso a sacar de ella alguna víctima; pero a los pocos minutos, una de las niñas mayorcitas, la más bella y la que con más afán jugaba, propuso llevar a sus vecinitos tristes y pobres algunos de sus juguetes y sus golosinas. La proposición fue aprobada por unanimidad inmediatamente, y ellos mismos subieron a hacer una compasiva visita a los pobrecitos cuya desgracia tanto había enojado a la Muerte, que se vio obligada a retirarse ante tan hermoso rasgo.

Disipáronse las tinieblas de la noche; llegó el siguiente día, y la Muerte se encontró en medio de la tierra sin haber cumplido su misión. Desde entonces y ante situación tan desagradable, se colocó una venda en los ojos para hacer sus víctimas a ciegas. Por eso arrebata la vida al dichoso y deja al desgraciado: por eso se lleva al niño y abandona al decrépito.


Retrato de María Lejárraga. Archivo Manuel de Falla

María de la O Lejárraga García (San Millán de la Cogolla, 1874 -Buenos Aires, 1974) fue una figura esencial de la literatura en español, en especial del teatro.

La posición acomodada de su familia le permitió recibir una amplia formación especializandose en comercio, pedagogía, magisterio e idiomas, ejerciendo profesionalmente como maestra.

En 1899 publicó Cuentos Breves, la única obra que firmó con su nombre, pasando desde entonces a ocultar la autoría de sus obras bajo el nombre o los apellidos de su marido, Gregorio Martínez Sierra, con quien se casó en 1900.

Junto a su marido fundó y colaboró en diversas revistas, donde realizó labores de edición y traducción, publicando a autores tanto modernistas como realistas: Vida Moderna (1901), Helios (1903), Renacimiento (1907).

En 1911 publica Canción de cuna, obra que recibió el premio de la Real Academia Española como la mejor de la temporada teatral 1910-1911 y que fue llevada al cine en varias ocasiones en España, Hollywood y Argentina. Posteriormente, colaboró con conocidos escritores como Eduardo Marquina o Carlos Arniches y escribió libretos para las obras de Joaquín Turina o Manuel de Falla con quien mantuvo una intensa amistad.

Teatro, novela, ensayo, libretos de ópera y Zarzuela… Las obras de María Lejárraga gozarían de gran éxito, aunque el mérito fuera atribuido siempre a su marido, con cuyo nombre fueron publicadas, incluso durante años después de haberse separado el matrimonio.

De forma paralela a su actividad literaria María Lejárraga desarrollo un intenso activismo feminista y político. Escribió varios artículos y ensayos sobre el papel de la mujer en la sociedad y durante la II Repúblia fue elegida diputada al Congreso por la provincia de Granada. La guerra civil le llevó al exilio primero a Francia y después a México, hasta que en 1951 llega a Buenos Aires donde permaneció hasta su muerte, sin regresar en ningún momento a España. Tras la muerte en 19470 de su marido, Gregorio Martínez Sierra, reivindicó la autoría de sus obras, reciviendo despiadados ataques desde España, por su pasado político. María Lejárraga siguió trabajando como traductora para importantes editoriales y escribiendo hasta el fin de su vida.


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