El resto es Silencio

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Artículo de Ana Gomila Domènech, autora de la serie de Los casos del comisario Caravaggio.

Parafraseando a uno de cuyo nombre no quiero acordarme porque no pinta nada aquí, “¿qué hace una chica como tú en un sitio como este?” En otras palabras, ¿qué hace en este blog esa rubita alta que en tiempos del instituto se sentaba en primera fila y no dejaba copiar a nadie, la que al desarrollarse se resistió a vivir del cuento y malogró su prometedor futuro de niña bien escastillándose en una carrera sin futuro y un doctorado que jamás interesó a nadie, aprendiendo idiomas minoritarios, cantando las endechas de tiempos remotos y percutiendo instrumentos toscamente realizados por rudos artesanos analfabetos con una apestosa piel de cabra y un marco de madera desechada por los calafates que escupe astillas con solo mirarla? Quizá sea la misma que ahora va de autora de una serie de novelas policiacas, las del comisario Caravaggio, que las editoriales han condenado al ostracismo por “poco comercial” y no tener detrás a una figura suficientemente mediática. “¿Estarías dispuesta a ganar un premio literario amañado?” “Pues no me parece bien, ¿qué pasa con los que se han presentado de buena fe?” Pi-pi-píiiiiiiiii.


Pero ASÍ ES. Aquí estoy, adentrándome con pie prudente y cierto temblor en las manos en un blog que “nace con el espíritu de recoger historias e imágenes extraordinarias y servir de punto de encuentro entre creadores y amantes del genero fantástico en cualquiera de sus formas de expresión”. Y, al leer esto, me asalta de nuevo el complejo de usurpadora: ¿es este mi lugar, no me habré colado donde no debía?
Un rápido vistazo a la cuidada estética del blog me tranquiliza: todo es negro y rojo, los colores que más me gustan, aquellos con los que más identificada me siento; así de exagerada soy yo, así de draculoide. Por otra parte, que en la nómina habitual de colaboradores esté el ínclito Franky le Marchant -alias el Rey de la Carne Picada o, por otro nombre evidentemente espurio, Francisco Santos Muñoz Rico- me confirma que that must be the place.
¿El lugar para qué? Pues no lo sé muy bien… De momento, ese rincón oscuro y acogedor como un cubil en el que confraternizar con otros “raritos” como tú, “otros friquis granujientos con gafas de culo de vaso” a los que les mola leer y escribir. Pero, ¿leer y escribir qué? ¿Lo que se lleva, lo que leen todos, lo que bate récords de ventas en cualquier aeropuerto? Una amiga me espetó que, si quería triunfar -¿quién te dijo que yo quisiera hacer tal cosa, querida Marta?- había de escribir novelas falsamente románticas como las de Elisabet Benavent, ponerle una tapa fucsia -¿a santo de qué?- y escribir los títulos en cursiva (puaj). Y en caso de empecinarme en seguir escribiendo policiacos, ese género taaan cutre, olvidarme de Agatha Christie y asumir las reglas de la novela de crímenes actual que son, a saber:

Que el investigador sea un ser torturado, asocial, antipático, incapaz de mantener una conversación que no se centre en él y sus múltiples traumas, pero los demás aguanten y idolatren por su genialidad lejos de toda duda,

Que haya tensión sexual resulta a base de polvos salvajes con alguien que puede ser su colaboradora, un testigo protegido o directamente las propias víctimas…

…que estas han de ser rigurosamente bellas jovencitas en la flor de la vida -cuantas más mejor, por supuesto- violadas, maltratadas y asesinadas según algún antiguo ritual macabro…

…que nos permita introducir esos detalles antropológicos absurdos que tanto gustan ahora. No doy más detalles para no enemistarme con las colegas que SÍ viven de esto.

Además, el psicópata de turno (los crímenes cometidos por casualidad, en pleno arrebato, sin planificación previa, al parecer no existen) ha de retar continuamente al investigador torturado, asocial, antipático, etc. por considerarlo el único a su altura intelectual y estar dotado de una fuerza y destreza sobrehumanas a lo Hannibal Lecter, ese señor sesentón de ojos desencajados que ha pasado los últimos chipicientos años encerrado en una celda de alta seguridad (con el desgate muscular que ello implica) pero, aun así, capaz de practicar la muerte vikinga a un orondo guardia veinte años más joven con la sola ayuda de un cuchillito para postres.

En fin, creo que ya me he enrollado demasiado para un triste artículo introductorio, así que yo también voy a coger un cuchillito de postres y cortar por lo sano.
Seguramente habría sido mejor y más comercial que me hubiera concentrado sobre Mi Propia Obra en lugar de poner fucsia la de los demás, pero he de confesar que al menos me ha servido para desahogarme y echarme un par de risotadas (de Glasgow).
Que disfrutéis y recordad, ya que yo no lo he hecho, que mi comisario Caravaggio os está esperando a todos en Amazon, juas juas juas.


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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Antonio Mejías Pastor

    La verdad es que en el artículo ha corrido la sangre. Mis respetos.

    (5/5)
  2. FRANKY

    Lo peor es que en el arranque y en el desarrollo el criminal, el asesino, sea absolutamente impecable, rozando la perfección de un dios; y que al final se deje cazar como el simple malo de una película de Parchís.
    Por cierto: me encanta tenerte por aquí, querida.

    (5/5)

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