El negocio de la guerra.

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“El objetivo es proteger a las personas de abusos y del genocidio del régimen de Kiev durante ocho años, y para ello buscaremos desmilitarizar y desnazificar Ucrania” estas fueron las declaraciones de Putin previas al inicio de la invasión.

En este artículo voy a contaros lo que opino sobre una de las, por desgracia, muchas guerras activas que hay alrededor de todo el mundo, que nuestra prensa ¿libre?, gobiernos y también instituciones de toda índole han decidido elevar en el lugar de nuestras lista de preocupaciones de buenos ciudadanos, como si los muertos en Ucrania tuvieran una categoría y prestancia de la que carecen otros muertos en, pongamos, Yemen o Etiopia. Y no es por ser insensible con el sufrimiento que se padece en Ucrania, es solo que uno no puede evitar mirar este tipo de ciclones mediáticos desde una prudente distancia escéptica. Pero antes y ya que Putin los mencionaba, dejadme que os cuente unas cosillas sobre los nazis que tal vez nunca os hayan contado, y de paso también hablaremos de los comunistas soviéticos. Hablemos sobre el negocio de la guerra.

NAZIS

Para empezar, os diré que si yo hubiera sido un trabajador en la Alemania de los años 30 del siglo XX, con mucha probabilidad habría sido nazi. No es que me haya vuelto loco, ni que de pronto simpatice con una ideología totalitaria con absurdos y deleznables planteamientos racistas. ¿Pero qué otra cosa podría ser un alemán común en aquella época? Pongámonos en la situación: tras la I Guerra Mundial Alemania estaba sumida en una profunda crisis económica y social, con la inflación desbocada, una deuda externa imposible de asumir y una democracia dirigida por políticos incapaces de revertir la situación. La República de Weimar era un fracaso que ni los esfuerzos del astuto y controvertido Stresemann pudieron arreglar. Su muerte y el fin del flujo de los préstamos que llegaban de EEUU, debido a la Gran Depresión del 29, fue un duro golpe para la República.

Y de pronto, en ese contexto, llega un partido que habla de levantar el país, de recuperar el orgullo nacional y de luchar por el bien común contra los enemigos exteriores, pero también los interiores. Y no es que el discurso fuera algo novedoso, ni siquiera entonces, pero sí lo era toda la parafernalia con la que los nazis lo aderezaron. Los congresos anuales del NSDAP en la ciudad de Nüremberg llegaron a reunir a más de 500.000 enfervorizadas personas. Familias al completo llegaban desde todos los puntos del país para acudir a los desfiles y espectáculos que tenían lugar en el Campo Zeppelín de la ciudad de Baviera, que culminaban con las encendidas soflamas nacionalistas de Adolf Hitler.

Estos congresos, destinados a conquistar el corazón de los obreros, eran verdaderas fiestas donde se hacían comidas campestres en un ambiente de camaradería, había también música y el congreso se cerraba cada noche con juegos de luces y fuegos artificiales. ¿Qué más se puede pedir? Los nazis vendían paz social, dignidad y esperanza a los alemanes y la vendían muy bien.

Congreso del Partido Nazi en el Campo Zeppelin de Nüremberg

SOVIETICOS

Por razones parecidas que en el caso anterior, si hubiera sido un campesino o un obrero en la Rusia de principios del siglo XX, os aseguro que podría haber sido el más radical de los bolcheviques.

Pensemos de nuevo en el contexto histórico, un reino decadente dirigido a través de la represión y el miedo por el zar Nicolás II, que nadaba en la opulencia al margen de la realidad social, mientras la gran mayoría de su pueblo estaba formada por campesinos rurales que habían sido desposeídos de sus tierras y muchos de ellos proletarizados a la fuerza.

En esas se lía una guerra de dimensiones nunca vistas: La I Guerra Mundial. Rusia sufría severas derrotas en tierras alemanas (más de dos millones de muertos) y el zar, aconsejado por su esposa y ministros, tomó una decisión que resultaría todavía más desastrosa: asumir el mando de sus ejércitos, relevando a su primo el Gran Duque Nicolás Nikoláyevich (el joven). Detrás de esta decisión estaba la mano del monje loco, Rasputín, que ejercía una enorme influencia sobre la reina y los ministros de la corte y que conocía el odio visceral que el Gran Duque le tenía. El poder creciente de Rasputín en la corte suscitó odios entre la nobleza, pero también minó el prestigio que aún le quedaba a la monarquía. Su chapucero asesinato (os hablaré de ello en otra ocasión) a manos de un grupo de aristócratas y las sucesivas derrotas en la primera guerra mundial aceleraron la desintegración del gobierno monárquico hasta desembocar en la revolución de febrero de 1917.

Se instauró entonces un gobierno provisional de coalición que fue incapaz de resolver las demandas del pueblo ruso. Era la oportunidad para los bolcheviques de Lenin. Estos sí que supieron vender su idea prometiendo poner todo el poder en manos de los soviets, poner fin a la guerra, abordar la más que necesaria reforma agraria y mejorar las condiciones de vida de los obreros.

Asamblea del Sóviet de Peteogrado en 1917.

Este es un resumen somero de cómo llegaron nazis y bolcheviques a ganarse al pueblo, pero en estas dos historias nos falta algo, un detalle que se suele pasar por alto al analizar cualquier acontecimiento de este tipo y  sobre el que en realidad deberíamos poner el foco: ¿Dónde está la pasta? Es decir, ¿cómo pudo Hitler convertir un partido absolutamente marginal como el Partido Obrero Alemán en un fenómeno de masas y transformar una Alemania destrozada económicamente en una potencia industrial y militar? ¿Cómo lograron Lenin y Trotsky regresar del exilio para convertir a una masa obrera y campesina desarmada en un ejército revolucionario capaz de tomar el control del imperio ruso? ¿Cómo pudo la URSS pasar de ser una nación rural y atrasada a la mayor potencia industrial en apenas una década? Y es que, amigos, estas fiestas no se pagan solas.

EL ASCENSO NAZI

¿Recordáis que Hitler y sus muchachos decían estar en contra del capitalismo y de la banca internacional? Pues no tuvieron empacho en financiarse a través de grandes compañías alemanas e internacionales. Bayer, Coca Cola Nestlé, IBM, BMW, Porche, Ford, Siemens, Hugo Boss… empresas que a partir de 1930 comenzaron a apostar al caballo ganador y decidieron apoyar a los nazis ante la creciente influencia del comunismo porque los negocios nunca han entendido de fronteras ni de escrúpulos. Pero esto no explica la aparición del nacionalsocialismo ni la figura de Hitler como su líder.

Retrocedamos un poco más en el tiempo. En la primera guerra mundial (1914-1918) tenemos a las grandes potencias imperialistas luchando por repartirse el pastel de las colonias y hacerse con los abundantes recursos y obtener mano de obra esclava. Algunos historiadores afirman que la gran guerra buscaba también acallar el ideal revolucionario de los trabajadores, algo que, como vimos, no funcionó muy bien en Rusia, y que parecía más que posible que se propagase a Alemania. Así que las clases dirigentes se ocuparon de colaborar con la socialdemocracia y los sindicatos haciendo algunas concesiones a las demandas populares (mejora de la democracia y más derechos civiles y laborales) en un intento de desactivar la organización de los movimientos obreros y alejarlos de los postulados bolcheviques. Además de utilizar al ejercito y a los freikorps (cuerpos paramilitares, nacionalistas y anticomunistas), a los poderosos se les ocurrió aquí una genial idea: crear un movimiento de masas que plantara cara al comunismo.

Surgieron así varias plataformas como la Liga Antibolchevique liderada por el publicista conservador y precursor del nacionalsocialismo Eduard Stadtler que contaba con el apoyo de los industriales y banqueros alemanes. Stadler llegó a participar, invitado por el industrial y banquero judío del Deutche Bank Salomon Marx, en el Consejo de Ciudadanos de Berlin. Esta agrupación reaccionaria era la contrapartida burguesa de los consejos revolucionarios de trabajadores y obreros. dePor su parte Salomon Marx, junto con otros industriales, financió a los grupos de freikorps que acabaron con la vida de destacados dirigentes comunistas como Rosa Luxemburgo.

La oligarquía quería poner fin al Tratado de Versalles, pero también derribar la República de Weimar para volver a un régimen autoritario más cercano a sus intereses. La colaboración con la dócil socialdemocracia había sido útil, pero para aniquilar los movimientos obreros, necesitaban ganar el apoyo de las masas de trabajadores mediante el diseño del socialismo alemán (demagogia social anticapitalista). Para conseguir sus objetivos diseñaron desde arriba varias organizaciones que fueran espejo de su voluntad. Una de ellas sería el DAAP, formación política precursora del DAP, el Partido Obrero Alemán, a donde Hitler, sin estudios y sin mejor expectativa laboral que tratar de mantener su condición de soldado, ingresa en el partido a instancias de su propio capitán de ejercito. En el Reichwehr (fuerzas armadas alemanas) había recibido, como el resto de soldados regresados de campos de prisioneros de guerra, un adoctrinamiento contrario a las ideas revolucionarias y sus primeras nociones de política y oratoria.

En definitiva, el partido Nazi fue creado y financiado por las oligarquías capitalistas alemanas con el apoyo del ejército, ¡pero el capital de las grandes empresas alemanas estaba en realidad bajo control de inversionistas estadounidenses y británicos! Por ejemplo, la poderosa IG Farben (la industria química fabricante del gas Zyclon B usado en las cámaras de gas) estaba bajo el control del grupo Morgan que también controlaban, a través de sus filiales ITT y General Electric, el sector eléctrico, la radio y la telefonía. Las refinerías de petróleo o la industria del carbón estaba en manos de la Standard Oil perteneciente a los Rockefeller (cuya familia era de origen judio-alemán). Y, por supuesto, los grandes bancos alemanes como el Deutsche Bank o el Dresdner Bank también estaban bajo control de capital estadounidense.

John D. Rockefeller y su hijo John Jr. en 1915

El ascenso de Hitler no habría sido posible sin el respaldo de todos estos magnates (que a su vez habían recibido de una u otra forma la financiación de la familia judeoalemana de los Rothchild). De hecho, los mismos banqueros que apoyaron a Hitler estuvieron detrás de la llegada al poder en Estados Unidos de Franklin Roosevelt, así que no es extraño que Alemania y Estados Unidos implantasen medidas económicas muy similares.

Al llegar al poder Hitler se negó a pagar las deudas de reparación de guerra, y sin embargo no tuvo problemas para obtener importantes créditos procedentes de Estados Unidos e incluso del Reino Unido. El New Deal de Roosevelt fue un fracaso rotundo y la URSS, por su parte, se había convertido en una potencia industrial sin dependencias económicas externas. Las élites económicas tuvieron clara la solución a sus preocupaciones: financiar la escalada armamentística de Alemania y presionar a Hitler para que la liara parda en el este de Europa.

EL ASCENSO DEL COMUNISMO BOLCHEVIQUE

Volvamos de nuevo a Rusia. El triunfo de la revolución del 17 se llevaba tiempo fraguando. En 1904 Japón y Rusia habían entrado en guerra por el dominio marítimo en el este de Asia y las continuas derrotas de Rusia fueron achacadas a la corrupción e ineficiencia del gobierno imperial.

Era la primera vez que un país no caucásico vencía a una potencia europea. Sin embargo, el triunfo de Japón se cimentó en la financiación obtenida de bancos estadounidenses, interesados en debilitar a Rusia por el este.

La insatisfacción popular en Rusia y la imagen dañada del gobierno del zar desembocaron en la revolución de 1905 apoyada por campesinos, obreros e intelectuales con apoyo de los estamentos militares. La revolución fue reprimida violentamente y Lenin fue deportado a Suiza, León Trosky a Estados Unidos y Josef Stalin a Siberia, pero el zar se vio obligado a aceptar una serie de reformas. Se estableció la Duma Imperial y una monarquía constitucional limitada, aunque el zar Nicolas II pretendía mantener su poder autocrático.

Aquí debéis saber una cosa, además de grandes reservas de oro, Rusia tenía importantes yacimientos de petróleo, y había un personaje cuya máxima ambición era controlar el mercado mundial de refinamiento de crudo, John D. Rockefeller. El problema es que Nicolas II se negaba a concederle permisos de explotación. Por otra parte el Imperio ruso había iniciado un proceso de industrialización que amenazaba con suponer una competencia para intereses occidentales y que eliminaba la dependencia del imperio ruso de préstamos exteriores. ¿A qué conclusión llegaron quienes querían hacer negocios en Rusia? Había que derrocar al zar y poner un gobierno más afín.

Para crear un clima de conflicto social desde el exterior, se dio apoyo a los potentes sindicatos nacidos con el empleo de miles de trabajadores en la nueva industria. Los trabajadores eran concienciados en la necesidad de cambiar el orden social establecido y derrocar a la monarquía zarista. La guerra con Japón ya había debilitado al gobierno y se volvió a utilizar la misma estrategia. La diplomacia británica presionó a través del juego de alianzas tejido para que Rusia entrase en la I Guerra Mundial y debilitar así aún más al gobierno del zar.

El banco Chase Manhattan Bank, J.P Morgan, J.D. Rockefeller o el banco de inversión o el banco Khun Loeb & Company, que ya había financiado a los japoneses en la guerra de 1904 financiaron a Trotsky y Lenin, que desde el exterior iniciaron una gran campaña mediática contra el gobierno zarista.

Lenin y sus partidarios recibieron el apoyo de Alemania, que buscaba la salida de Rusia de la Gran Guerra. Ante la inestabilidad interna, el Zar Nicolás II se vio obligado a abdicar en marzo de 1917, asumiendo el socialista Aleksandr Kérensky el mando del gobierno provisional y concediendo la amnistía a Lenin, Trotsky y Stalin entre otros 250.000 exiliados que habían participado en la fallida revolución de 1905.

Es famoso el viaje de Lenin desde Suiza hacia Rusia atravesando una Europa en guerra bajo la protección del mismísimo Kaiser Guillermo II de Alemania. El vagón del tren en el que viajaba recibió una consideración similar a la de una embajada, sellándose las puertas para evitar el contacto entre rusos y alemanes. En Berlín hubo una misteriosa parada durante horas. No se sabe qué sucedió realmente en esa escala, pero algo cambió la forma de pensar de Lenin, que decidió acelerar el proceso revolucionario.

Por su lado, Trotsky había recibido para poder viajar un pasaporte estadounidense, facilitado por el presidente americano Woodrow Wilson y una visa de tránsito británica. Trotsky se había casado con la hija de Abraham Zhivotovsky, un banquero asociado a los Rothschild. La pareja vivió durante una temporada en una mansión de Manhattan codeándose con la alta sociedad americana y contando entre sus amistades con grandes ejecutivos como los Rockefeller. No es que los banqueros y magnates se hubieran vuelto de pronto bolcheviques, al mismo tiempo que concedían préstamos a los comunistas, el movimiento blanco antivolchevique era financiado desde Estados Unidos, Reino Unido y Alemania.

Los poderosos jugaban a dos bandas tratando de establecer, como ya habían hecho antes en otros territorios, un gobierno centralizado de corte autoritario como el comunismo o el fascismo con el que cobrarse favores y negociar sus intereses con ventaja.

Por poner un ejemplo, durante el conflicto los bolcheviques destruyeron las instalaciones petroleras rusas y, tras acceder al poder, no tuvieron problema para conceder los permisos de explotación del crudo a (sorpréndanse) la Standard de los Rockefeller, que adquirió el 50% de los inmensos campos petrolíferos del Cáucaso, que hasta la expropiación bolchevique habían tenido en concesión la familia Nobel (sí, la de los famosos premios) en la que llegaron a producir el 50% de petróleo de todo el mundo. Jugoso botín. La alianza entre los bolcheviques y los grandes poderes económicos norteamericanos se extendería en el tiempo a pesar de la imagen pública de hostilidad entre el bloque de la URSS y los EEUU. La guerra fría fue una farsa y el telón de acero se quedaba en apenas una cortinilla cuando se trataba de hacer negocios.

CONCLUSIONES

Durante siglos crear de forma artificial los conflictos, y financiar a los diferentes bandos de la contienda, ha sido una estrategia utilizada por los poderosos para asegurarse el control de los gobiernos y generar pingües oportunidades de negocio con la financiación de las guerras: venta de armas, suministros, combustibles…

Y después del drama y los muertos llegan las concesiones para la reconstrucción del territorio destruido, aumentando la deuda de las naciones con nuevos y lucrativos préstamos. Algo que hemos visto en guerras recientes como Irak, Libia o Afganistán. ¿Es posible que este sea el motivo que se encuentra tras el conflicto en Ucrania?

Estados Unidos y las naciones europeas están armando a la resistencia ucraniana, pero mientras publicamente se lamentan de las victimas en Ucrania, el comercio del gas y petroleo rusos no se ha detenido. El culmen de esta hipocresía es que el Tesoro de Estados Unidos ha puesto excepciones a los bloqueos bancarios para los pagos de energía, una concesión a los aliados europeos muy dependientes del petróleo y el gas rusos. ¿Dónde está, pues, la escasez con la que se justifica el alza de precios de la energía y los carburantes?

La situación en Ucrania, que se nos presenta como antesala de una III Guerra Mundial, tiene al menos una ventaja: ha terminado de golpe con la dramatización mediática y las medidas restrictivas de los gobiernos por la pandemia del Covid 19. ¿Estamos en el segundo acto de una crisis fabricada?


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Alberto de Prado
ADMINISTRADOR | + posts

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. FRANKY

    Títeres descerebrados
    No somos otra cosa

    (5/5)
  2. McMorrigang

    Estamos en el enésimo acto de un drama que huele a podrido porque es siempre lo mismo. Nadie nos enseña que la vida es corta, que te la quitan por cualquier banalidad, y que no es fácil, que hay luchar por cada milímetro de libertad para hacerse un hueco entre tanta alimaña de dos patas. Cuanto antes sepamos estas cosas, antes nos damos cuenta de que la vida es un juego trucado y que la mejor oportunidad que tenemos es pasarse por el forro cualquier restricción, norma, ley o directiva que vaya en contra de la ley natural. Aunque puede que solo lo diga porque no tengo un buen día...

    (5/5)

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