El jinete de Gandor

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Relato corto de ciencia ficción y fantasía ambientado en Gandor, un remoto planeta dirigido con mano de hierro por el Gobernador.

Texto: Alberto de Prado

Ilustración: Waqas Malik

La segunda luna de Gandor comenzaba a asomar por el horizonte con un brillo pálido. Su luz apenas lograba filtrarse entre las nubes, cada vez más cercanas, que amenazaban con descargar tormenta. Llevaba horas cabalgando sin descanso y solo otras cinco le separaban del amanecer. Tendría que encontrar un refugio lo antes posible para pasar la noche y reponer fuerzas, las suyas y las de su agotada montura. Debía la vida, no le cabía duda, a aquel lanudo caliq de color pardo que cabalgaba, un animal de tamaño impresionante cuya resistencia le había permitido alcanzar los páramos. Dadas las circunstancias, no podría desear mejor compañía a pesar del apestoso olor.

Drust pensaba en la suerte que había tenido para esquivar al puñado de soldados de la guardia del Gobernador, más preocupados de controlar el caos reinante provocado por el incendio que de vigilar la puerta de acceso a la ciudad y sus vías de acceso. Aunque pensándolo bien no resultaba tan extraño, incluso en una situación desesperada como esa nadie en su sano juicio se atrevería a lanzarse por los caminos que conducían a las llanuras heladas del Draksahar, a menos que buscara voluntariamente la muerte. Sin embargo, Agromat había logrado convencer a los miembros indecisos de la asamblea asegurando que, precisamente por eso, era su mejor opción. Nadie esperaría que el consejo enviara a la cara visible de la resistencia fuera de Quorim y menos aún que lo hicieran a través de una ruta casi suicida.

El viento comenzó a soplar de pronto con furia asesina. Levantaba a su paso oleadas de cristales de hielo que semejaban los dedos mismos de la muerte aferrándose a su cuerpo, oprimiéndolo. El castigo llegaba sin descanso para jinete y montura que a duras penas podían avanzar en mitad de la oscuridad. La temperatura había descendido de forma brusca a límites que bordeaban lo soportable para el ser humano. Activó la visión nocturna de sus gafas y dirigió al caliq hacía una hondonada bordeada por una formación rocosa que se alzaba a unos trescientos metros a su derecha. No le hacía ninguna gracia salirse de la ruta marcada por el comlog, pero no le quedaba otra opción si quería protegerse de aquel viento mortal. A la mañana siguiente tendría la oportunidad de retomar el camino. Si es que había un mañana.

Las rocas y el desnivel resultaron una protección momentánea aceptable contra el vendaval, pero insuficiente como para pensar en pasar allí la noche. Mientras estudiaba sus posibilidades, Drust se fijo en algo extraño cerca de la base de la pared rocosa, una especie de marca artificial apenas visible. Era algo tan sutil que no hubiera reparado en ello de no ser por su caliq. El animal había empezado a bufar y a rascar con el hocico contra la roca llamando su atención. Al agacharse, vio algo similar a un símbolo que parecía hundirse ligeramente al contacto. Al principio no sucedió nada al presionarlo, pero unos segundos después el caliq se levantó, anduvo un par de metros y atravesó la roca, desapareciendo en un rápido parpadeo a través de la pared, como si nunca hubiera estado allí. Seguir al animal a donde quiera que hubiera ido o quedarse bajo la tormenta para acabar convertido en un témpano, la elección estaba clara.


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Alberto de Prado
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