El cuélebre

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Cadmo a punto de atacar al dragón. Hendrik Goltzius(1558-1617)

El siguiente relato está inspirado en el cuélebre, una criatura legendaria muy presente en la mitología leonesa, asturiana y cántabra. Suele ser descrita como una gran serpiente con alas de murciélago que vive en cuevas y lugares con agua proteguiendo algún tesoro.

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EL CUÉLEBRE

Alberto de Prado Escanciano

Era ya noche cerrada y el viento soplaba con fuerza contra los cristales empañados de las ventanas. El frío de los últimos días de invierno se colaba bajo la puerta. Ambos nos apretábamos, temblorosos, frente a la chimenea en la que crepitaban unos troncos de roble. Invadía la sala el olor suculento de unas castañas asándose, mientras hervían en un pote unas sopas de ajo que compondrían la frugal cena. La boca se me hacía agua.

—No podemos seguir así. Moriremos todos de hambre. Apenas nos queda alimento y aún faltan meses para la próxima cosecha…

—¿Se ha fijado, padre, que cuando suenan las campanas no se ve al monstruo durante un tiempo?

—Sí, María. En el pueblo dicen que con el tañido de las campanas se oculta en la cueva grande que está junto al rio y que allí guarda un tesoro fabuloso. Pero en cuanto cesa su sonido aparece de nuevo, aún con más furia.

—¿Qué haremos cuando nos toque el turno, padre? Hasta ahora esa serpiente gigantesca del demonio se ha contentado con las ovejas que le dan nuestros vecinos a cambio de no ser devorados, pero nosotros ya no tenemos ganado.

—Temo que llegue el día, hija, pues casi no tenemos qué ofrecerle. Apenas nos queda algo más que unos sacos de harina, frutas secas y unas castañas.

—Bien lo sé, padre. Pero eso me está dando una idea que podría ser la solución a nuestros males.

No me sorprendió que María hubiera pergeñado un plan, pues conocía sobradamente la aguda inteligencia y el temperamento resuelto de mi hija. No obstante, aquellas palabras me llenaron de preocupación. ¿Qué futuro nos aguardaba?

Las semanas fueron cayendo pesadas y lentas, como los copos de nieve en aquel terrible invierno. La situación era cada vez más desesperada. Con todo, el frío había aletargado hasta el momento a la bestia, calmando su voracidad y dando un respiro a la aldea.

La tímida llegada de la primavera, que en otras ocasiones henchía el espíritu de nuestros vecinos de alegría y esperanza ante la perspectiva de las nuevas cosechas, desató esta vez funestos presagios. Se vieron penosamente confirmados cuando aquel temible ser tornó a aparecer y, con él, la rueda de ofrendas y sacrificios con la que tratábamos de salvar nuestras vidas durante el máximo tiempo posible. Podríamos haber intentado huir de aquel pueblo maldito, pero ¿de qué serviría? ¿dónde podíamos ir y cuál iba a ser nuestro sustento?

También a María y a mi nos llegó el turno. El día señalado nos acercamos a la entrada de la cueva arrastrando, con dificultad, una hogaza de pan de enormes dimensiones. Era poca cosa, pero teníamos nuestras esperanzas puestas en que aquella bestia del averno se diera por satisfecha y tuviera clemencia.

De pronto, la serpiente apareció sigilosa a nuestras espaldas, batiendo sin hacer ruido sus ominosas alas negras semejantes a las de murciélago. Nos giramos, asustados al ver cómo de sus fauces emanaban unas volutas de humo grisáceo en tono amenazador, mientras sus ojos hipnóticos nos escudriñaban. El miedo atenazaba nuestros estómagos. Lentamente, la gigantesca serpiente alada se desplazaba a nuestro alrededor en una sinuosa danza funesta.

—Veamos… ¿Qué tenemos aquí? Debéis de ser muy valientes o muy estúpidos para presentaros ante mí con tan escaso alimento. Dadme una buena razón para no devoraros ahora mismo por vuestra insolencia —el cuélebre escupió silbante las palabras, con su lengua bífida examinando el aire tras  cada una de ellas.

María no se dejó intimidar, dio un paso adelante hacia la enorme serpiente y comenzó a explicar que aquel era un pan especial, elaborado con una receta secreta de su familia, asegurando que jamás había probado nada igual. Contuve el aliento temiendo y aguardando la respuesta del escamoso ser.

—¡Silencio! No me importa qué hayáis traído. Apenas tengo hambre —sin embargo, contradiciendo sus  palabras, la serpiente se abalanzó con sorprendente velocidad sobre el pan, engulléndolo de un solo bocado. Luego siguió hablando. —Gracias por el aperitivo. Tenéis suerte de que hoy esté de buen humor y reconozco que me ha divertido tu valentía, niña. Tú eres diferente, lo noto en tus ojos —y mirándome con desprecio añadió: —¡En nada te pareces a estos hombrecillos cobardes que suelen venir a mí, llorando e implorando por mi perdón! Podrías serme útil, o al menos una interesante distracción.—

Y sin una palabra más, rodeó a María arrastrándola hacia la cueva. Me sentí imponente sin poder hacer nada por evitar lo sucedido. Allí mismo juré salvar a mi hija a cualquier coste, aunque sabía que no iba a poder contar con la ayuda de la gente del pueblo y que cualquier acción tendría que afrontarla solo.

Las paredes de la cueva rezumaban humedad. Algo nauseabundo se mezclaba con el intenso hedor a azufre. Pero aún había otro olor que llenaba el espacio y hacía el aire todavía más irrespirable. Era el pútrido aroma del miedo. La densa oscuridad ocupaba cada recoveco, cada poro de aquella piedra resbaladiza pulida por el agua que, con un murmullo incesante, goteaba desde el techo hasta el suelo moldeándola a su antojo.

Eran los dominios del cuélebre, su cubil, y yo me adentraba en ellos.

El fuego de la antorcha rasgaba la oscuridad como un cuchillo afilado, proyectando extrañas sombras en la combada pared de la caverna. Un brillo metálico parecía danzar al compás, mientras el eco de los sigilosos pasos me llegaba amortiguado, pero suficiente para sentirlos  martillear en mi cabeza. El corazón, desbocado, amenazaba con salírseme del pecho ante la proximidad del encuentro.

***

«Ya está cerca. Puedo percibir sus ansias de sangre, su deseo irrefrenable de matar. ¡Qué criatura más vil! No es como otros seres, no mata solo para alimentarse o defenderse, también le mueve el odio, la venganza y la codicia. Ambiciona controlar estas tierras que durante miles de años habitaron nuestros antepasados en paz con otras razas. Ansía adueñarse de ellas y ser el único amo.

Puedo sentir su respiración acelerada, ya veo el brillo maligno de sus ojos. Cada vez está más cerca el amargo final para uno de los dos… y temo que esta vez sea el mío. ¿Por qué mi cuerpo no responde? Está paralizado, no por un miedo que ya no siento, sino por algo diferente que me impide y dificulta los movimientos. La cabeza… todo comienza a dar vueltas, y el estómago me arde. Pero ¿qué me sucede?»

***

Vi cómo la bestia boqueaba con desesperación tratando de respirar, retorciéndose en un sinfín de espasmos violentos, cuando atravesé con mi acero su garganta. Era el único punto débil en la coraza anillada de escamas que cubría aquel cuerpo de abominación diabólica. El pan envenenado con corteza de tejo que amasó mi hija con sus propias manos selló el destino del cuélebre para siempre.

De entre las sombras apareció María, aún temblorosa y con los ojos arrasados en lágrimas.

—¡María! —Corrí a abrazarla presa de la emoción.

—¿Estás herida?

—No, pero ¿qué hemos hecho, padre? El cuélebre nunca quiso hacernos ningún mal, solo quería hablar conmigo y hacer un trato con nuestro pueblo para compartir esta tierra y sus recursos. Había una posibilidad para la convivencia, pero ahora ya es tarde. Con él ha muerto el último de su especie.

FIN


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Alberto de Prado
ADMINISTRADOR | + posts

Esta entrada tiene 9 comentarios

  1. Sandra Gómez Moreno

    Muy buen relato, Alberto. Y un final increíble con una dualidad que te produce un interesante reflexión 👏🏻👏🏻😍😍

    (5/5)
    1. Alberto de Prado

      ¡Muchas gracias, Sandra! Así somos, siempre haciendo las cosas a las bravas. Un gusto saber que lo has disfrutado.

  2. Franky

    Putos homínidos!!!

    (5/5)
    1. Alberto de Prado

      acabamos con todo 😅

  3. lauraalvarez308

    Me ha gustado, no conocía este ser mitológico, me gusta aprender leyendo.
    Un relato de estructura y escritura impecables.
    Un saludo, Laura308.

    (5/5)
    1. Alberto de Prado

      ¡Muchas gracias! Un placer saber que te gustó el relato. Esta criatura está emparentada con los dragones y otras figuras mitológicas europeas como el monstruo del lago de Banyoles o el dragón de Wawel.

  4. lauraalvarez308

    Un buen relato, no conocía a este bicho mitológico, en realidad, españoles no conozco demasiados.
    ¿Tienes idea de cómo se reproducía este 'ser'?

    (5/5)
  5. Morrigang

    Muy bueno, y con lección incluida. ( ꈍᴗꈍ)

    (5/5)
    1. Alberto de Prado

      ¡Muchas gracias! Hay que respetar a todos los bichos aunque sean feos como yo. 😂

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