El alquimista de Frankenstein

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Mayo de 1816, el año sin verano. Huyendo de los problemas que lo acosan en Inglaterra, el famoso poeta Lord Byron se instala en Villa Diodati, a orillas del Lago Lemán en Suiza. Le acompaña su médico de cabecera, el también escritor John Polidori. Allí reciben la visita del poeta Percy Bysshe Shelley, su futura mujer, Mary Wollstonecraft Godwin, y Claire Clairmont, medio hermana de Mary y amante de Byron.

Mary Wollstonecraft Shelley.
Retrato realizado por Reginald Easton (1857)

El tiempo, inclemente, es inusualmente frío y húmedo. No cesa de llover y el grupo se ve obligado a recluirse en la villa durante tres días. Se entretienen leyendo una antología alemana de historias de fantasmas. Al acabar a Lord Bayron se le ocurre un reto: cada uno debe escribir una historia de terror. John Polidori es el único en terminar su relato: “El vampiro”. Una historia que sentaría las bases de las novelas sobre vampiros, dando inicio a un nuevo subgénero del terror. Por su parte, Mary Shelly perfila la idea sobre la que  desarrollará su más famosa novela: “El monstruo de Frankenstein o el moderno Prometeo”, obra que dará inicio a la literatura de ciencia-ficción. Era una época en la que la visión científica comienza a sustituir las antiguas creencias religiosas. Por primera vez en un relato, la tecnología y la ciencia pasan a formar parte sustancial de la trama. Sin embargo, Shelley concibe su famoso relato como una obra de terror fantástico en la que explora una inquietante posibilidad al presentar al hombre como creador de vida señalando los horrores de la ambición desmedida de poder que se esconde tras el intento de dominar la ciencia.

Mary Shelley construye su relato basándose en investigaciones contemporáneas sobre el poder de la electricidad para reavivar cuerpos inertes y, para la creación del personaje del doctor Frankenstein, pudo haber tomado como referencia el trabajo del extravagante científico Andrew Crosse. Shelley conoció dos años antes en una conferencia los experimentos de Crosse, quien solía experimentar con electricidad y cadáveres en un intento de crear vida. No obstante, existe otro personaje en el que Shelley pudo haberse inspirado para su obra.

Nos trasladamos al castillo de Frankenstein, un edificio levantado en el siglo XIII, a unos cinco kilómetros al sur de la ciudad de Darmstadt, en el estado alemán de Hesse. Ya en ruinas en el siglo XIX, debía resultar un escenario muy sugerente en plena época romántica. En aquel castillo se sabe que nació, en 1673, el teólogo pietista, alquimista y médico alemán Johann Konrad Dippel. Era hijo de un pastor Luterano obsesionado por el dogma y la fe, en la que le educa con férrea disciplina. Dippel cursó estudios de teología en la Universidad de Giessen aunque fue expulsado por las autoridades docentes con quien chocaba por sus arriesgadas teorías, llegó a afirmar que poseía el secreto para crear vida a partir de materia inerte, y situaba las enseñanzas de alquimistas como Paracelsus por encima de los dogmas teológicos. Para él la religión es una vía para alcanzar el verdadero conocimiento, pero también una expresión de la individualidad. Bajo esta visión heterodoxa de la fe, que le traería no pocos problemas, publica con el pseudónimo de Christianus Democritus varios trabajos en los que defiende los postulados pietistas.

El pietismo fue un movimiento luterano de renovación de la fe que consideraba que la experiencia religiosa debía ser personal, frente a la institucionalización del culto, y establecía que todos los creyentes podían leer e interpretar las sagradas escrituras. El pietismo influyó de forma notable entre pensadores, escritores y científicos del siglo XVII y XVIII.

Johann Konrad Dippel

En sus escritos, Dippel proclamaba el amor al prójimo, en el que veía un ideal superior a la religión, y el conocimiento científico como el camino para alcanzar a comprender la obra de Dios. Sus controvertidas ideas le dieron cierta fama, pero también fue perseguido por ellas. Tras un periplo a través de varios países de Europa de los que tuvo que salir huyendo, llego a ser condenado por herejía.

La personalidad del Víctor Frankenstein de Mary Shelley tiene muchas semblanzas con espíritu crítico e independiente de Dippel. La obsesión por obtener respuestas acerca de la muerte y el origen de la vida conduce a ambos a rechazar los dogmas de la fe cristiana.

Interesado por la quiromancia y la alquimia, realizó numerosos experimentos que tenían como fin conseguir crear vida. Descubrió así un tipo de aceite de origen animal, el aceite empireumático o aceite Dippel, elaborado mediante el destilado de huesos y que servía como antiséptico e insecticida. Utilizando como base este aceite, en 1704 logra un gran éxito comercial gracias a la obtención de un pigmento conocido como azul de Prusia, merito compartido con Johann Jacob Diesbach, un inventor y fabricante de pinturas suizo con quien Dippel se asoció para fundar una fabrica de textiles en París. La nueva situación de comodidad financiera le permitió centrarse en sus inquietudes personales y en 1711 obtiene el título de médico por la Universidad de Leiden.

Desde su laboratorio, instalado en los sótanos del Castillo Frankenstein donde había pasado su niñez, trabajaba sin descanso en sus experimentos alquímicos. Igual que el personaje literario de Víctor Frankenstein, Dippel trataba de resolver los misterios de la esencia humana y como preservarla más allá de la muerte. En sus obras escritas teoriza sobre la posibilidad de transferir el alma de un cadáver a otro a través de ¡un embudo!

Con el sueño de alcanzar la formula de la vida eterna, intentó durante toda su vida perfeccionar el aceite de su invención que elaboraba mezclando órganos y huesos de animales que machacaba y luego destilaba. Dippel aseguraba que era un estimulante y un afrodisíaco capaz de alargar la vida por encima de los cien años.

En sus extraños experimentos pasaba largas temporadas encerrado en su laboratorio que al castillo de Wittgenstein, en Renania. Sus métodos de investigación cada vez más osados y el carácter oculto de sus investigaciones, alimentaron la leyenda negra entorno a la figura de Dippel que, al igual que sucediera con el Víctor Frankenstein de Shelley, en los últimos años de su vida, y tal vez sumido en la locura, llegó a robar partes de cadáveres del cementerio local que luego analizaba y trataba de revivir. Su cuerpo sin vida fue encontrado sin vida, entre restos humanos y apuntes incomprensibles de su trabajo, el 25 de abril de 1734. Johann Konrad Dippel, posiblemente de un ictus aunque otras versiones aseguran que murió envenenado tras probar la última mezcla de su aceite.

La noticia de la muerte de Dippel y el conocimiento de las circunstancias que la rodearon, alimentaron la creencia en el pueblo circundante al castillo de que el alquimista había hecho un pacto con el Diablo. Cinco días más tarde, los sótanos del Castillo Wittgenstein ardieron sin que nadie tratase de rescatar nada de la obra de Dippel que poco antes de su muerte aseguró “haber logrado averiguar la causa de la generación y la vida”.

Víctor Frankenstein frente a su creación

Al comparar la vida y obra de Dippel con la de Víctor Frankenstein, es imposible pasar por alto las múltiples coincidencias que sugieren que las leyendas alrededor del alquimista alemán sirvieron como fuente de inspiración para la novela de Mary Shelley. Se sabe que 1814, cuando iban camino del lago Lemán, Mary, su hermanastra Claire Clairmont y Percy Bysshe Shelley estuvieron visitando el Castillo Frankenstein. Claire Clairmont fue traductora de los cuentos del lingüista y mitólogo alemán Jacob Grimm. Algunos historiadores creen que éste habría transmitido a Claire las leyendas locales acerca del castillo y la obsesión de Dippel por hallar la clave del “principio vital”.


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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Rodri

    Qué interesante!

    (5/5)
    1. Espiademonios

      ¡Gracias! He intentado separar lo mejor posible la realidad del mito sobre la figura de Dippel. Aún hoy se alimenta de forma interesada su leyenda negra.

  2. FRANKY

    Pues sí que hay semejanzas, quién pudiera espiar a Mary y su marido en aquellos días, en sus cotidianos paseos y conversaciones...

    (5/5)

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