Dos samuráis

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Segundo clasificado del II Reto Libélulas Negras de relato corto.

Autora: Laura Herrero Román

Imagen: Raúl Matesanz

El canto de las aves acompañaba la lenta caída del sol tras los alisos. En la orilla, sentados sobre un tronco, dos hombres miraban el agua, solo a veces perturbada por el ir y venir de unos patos. El más robusto de los varones estaba sorprendido de su propia actitud. Nunca me hubiera imaginado estar aquí sentado sin hacer nada, sin nada entre las manos, y sentirme tan bien. No necesitaba verbalizar este pensamiento. Sabía que su compañero, y ahora también su amigo, experimentaba la misma sensación.

De repente, pasó volando frente a sus cabezas una libélula. Daniel levantó su brazo enjuto y, señalando al insecto, le dijo a José:
-Los samuráis admiraban a estas criaturas- su compañero hizo un gesto animándole a continuar.- Incluso decoraban sus armaduras con ellas.

A José le gustaba escuchar las historias de Daniel, así que no le interrumpió mientras le contaba algunas leyendas de Japón. Al principio de conocerse, esta costumbre suya le había llegado a incordiar, aunque era más bien a causa de su estado. Recordó el día que entró en el centro, prácticamente obligado. De carácter quejumbroso y algo intransigente, lo que más necesitaba en aquel momento era tranquilidad para asumir su nueva situación. Y, en cambio, se encontró con un charlatán al que daba pena ver de lo delgado que estaba. Lo invadió un sentimiento de rabia: Si yo estoy mejor que este tipo, se decía, ¿por qué me meten aquí? Puedo arreglármelas yo solo. Aquí no pinto nada.

Le llevó varios meses aceptar que su estado era tan lamentable o más que el de su compañero de cuarto, aunque físicamente, debido a su constitución fuerte, no lo aparentase. Parecían seres del todo opuestos: él, con una personalidad decidida, explosiva, pero con la capacidad de mantener la mente fría en situaciones de peligro. Daniel, sin embargo, le parecía tan frágil. Normalmente se mostraba tímido y muchas veces le manifestaba su asombro, ya que con José sentía una gran comodidad. Ni siquiera era consciente de lo molesto que le resultaba, aunque José le decía algunas veces con no muy buenas formas que se callara.

-Mi color favorito es el negro -le explicó una vez.
-¿Por qué? -preguntó José, aunque en el fondo estaba diciéndose a sí mismo que le importaba un rábano.
-Porque es el color del vacío y solo en el vacío podemos ver brillar las estrellas.
Qué tontería, pensó José.

Pero poco a poco se fue acostumbrando a sus historias. Algunas las había leído, otras se las había escuchado a alguien. José nunca había sentido gusto por la lectura. Cuando llegaba la noche, cerraba los ojos y se quedaba dormido al momento. Daniel le preguntaba si le molestaba la luz y no obtenía respuesta, así que se quedaba leyendo durante horas.

A pesar de ser tan hablador, no expresaba sus sentimientos. La psicóloga del centro le había dicho que por eso los somatizaba. Algunos días le daban fuertes dolores y Jose llamaba, algo asustado, para que le atendieran.

Otros días, Daniel los pasaba ensimismado, hasta el punto de que no se enteraba de cuando le dirigían la palabra. A pesar de su carácter tímido, tenía algunos amigos allí. Las horas en las que se podían juntar, se reían a carcajada limpia con los chistes y las anécdotas de Chechu. Las risas se acabaron cuando les dieron la noticia de que habían encontrado a Chechu, que solo hacía unos días que había abandonado el centro, muerto en la calle.

A partir de aquel día, comenzaron unas semanas de silencio, pero no un silencio lleno de paz, como el de esa tarde junto al río. José no refunfuñaba y Daniel había dejado de contar historias y, por las noches, ni siquiera leía, sino que se quedaba mirando el techo sin apenas moverse.

Las semanas fueron pasando, llegaron algunas personas nuevas al centro. Los dos amigos siguieron con su tratamiento. Daniel iba cogiendo algo de peso y se le iban pasando los dolores. José, por su parte, empezó a ver los efectos de las horas que dedicaba a entrenarse y, finalmente, le tuvo que dar la razón a la psicóloga, que le había recomendado el ejercicio para liberar la ira y sentirse mejor. Su rostro aparecía más relajado y tenía menos ansiedad.

Tiempo después, se encontraron preparados para hablar de lo más duro del proceso de desintoxicación. Hasta entonces, habían procurado evitar conversaciones íntimas, aunque sí que habían sido testigos del sufrimiento del otro y se ofrecían apoyo, pero sin darse ninguna explicación.

Hacía tres meses que habían regresado a su vida normal y aunque cada uno de ellos tenía sus seres queridos, todas las experiencias que habían compartido habían creado unos sólidos lazos entre ellos. José se había reconciliado con su mujer y Daniel había alquilado una casa cerca de sus padres. Su hermana aún no le hablaba, pero estaba seguro de que algún día le perdonaría.

-Tú y yo somos dos samuráis- le dijo Daniel a José. El sol ya casi había desaparecido tras los árboles del otro lado del río- hemos logrado la victoria.

Después de todo lo que habían superado y de haber estado en un pozo profundo, ahora eran dos libélulas negras, dos almas conectadas alzando el vuelo. Habían conquistado su libertad y la vida, en el momento presente, les pertenecía por completo.


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