Capítulo 2: Inmóvil

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Segundo relato de las Cartas de Freedel, escrito por Kan Zerbervm.

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SEGUNDA CARTA

Una mano estuvo manoseándome indiscriminadamente de cintura para abajo. ¿Qué es lo que quería? Era una mujer de blanco, muy atractiva, una enfermera a quien no pude evitar violarla con la mente. Si continuaba hubiera habido un bulto entre mis piernas que habría dejado al Monte Olimpo marciano a la altura de una montañita de arena de playa.
Me pidió que me relajase, me dijo que estaba ajustándome las nuevas piernas.
Su voz sonaba tensa. No creí que supiese lo que hacía; ejercía una deficiente labor para que mi circulación sanguínea bañara por completo todas las terminaciones nerviosas a las que debía llegar.
Soy un terco, mis padres me criaron para ser valiente e inconformista. En tiempos de guerra me he conocido como un sádico. Por eso los amarillos me torturaron hasta caer desfallecido.
Sé que no fue un sueño; sigo mutilado, me duelen las extremidades a pesar de carecer de algunas. Es mi cerebro, aún sigue allí, manteniéndose con vida, negándose a hablar, no le sonsacarán información. Por lo visto, actualmente donde desperté, han podido implantarme unas piernas sintéticas articuladas mediante pulsos eléctricos interpretados como emociones: sí, seré capaz de moverlas con mi mente. Voy a ser un jodido mutante o algo peor.
Mis brazos y manos también han sido convertidos en hierros articulados por engranajes y materiales plásticos de una aleación que no conozco y que, intuyo, será cara.
¿En cuanto a la hermosa enfermera? Dejó de ponerme caliente, una pena. Salió de la habitación para dejar pasar a un hombre robusto, también de blanco. Él va a ser mi médico, de aptitud tosca y rígida. Serio. Me da confianza y eso lo agradezco, me hace respirar aliviado en estos tiempos que corren tan violentos.
―Mantenga la calma… ―me indica seco y frío, sin mirarme en ningún momento mientras apunta en un cuadernillo garabatos indescifrables.
―¿Saben qué fue lo que me pasó?, ¿cómo llegue aquí? ―pregunto, pero se limita a hacer dibujos sin darme una sola explicación.
Mis piernas aún están inoperativas, no sé qué es lo que hace falta para que obedezcan. O bueno, quizás sí: que lo piense. No hago otra cosa que penarme por las cuantiosas bajas sufridas en tierras vietnamitas, de las que hoy sé que son un efímero recuerdo que quiero revivir una y otra vez con tal de salvarlos a todos ellos; o de salvarme, todavía no lo tengo claro.
No duré mucho despierto, volví a dormirme por el agotamiento tras soportar las diferentes torturas médicas a las que me tienen sometido como un vulgar conejo negro; brinco y doy saltitos, moviendo mi boquita. Brinco, brinco y brinco hasta que soy alcanzado por la furtiva bala disparada por un cazador: uno menos.

Tras pasar veinte horas inconsciente he amanecido. Ese medico sigue a mi lado, observándome en silencio sin mostrar emoción alguna. Me siento nervioso e incómodo. No sé; es una situación que no entiendo y me desconcierta.

Alberto de Prado
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