Cajas

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Relato de Francisco Santos Muñoz Rico (@franky_le_marchant en Instagram).

Francisco Santos es un activo bloguero, poeta, articulista y autor de varias novelas. Todos sus libros están disponibles en Amazon.

Aurora volvió a tener el mismo absurdo sueño. Se lo dijo a su novio: he vuelto a tener el mismo absurdo sueño. “¿Pero no son todos los sueños absurdos?” La respuesta del hombre que parecía que jamás iba a beber su café, que solo lo miraba humear, también era una repetición; ya era un juego, una cómoda costumbre, esa conversación mañanera sobre “el sueño de la fila”. Ella no lo sabía, pero este era precisamente el nonagésimo pase, en los multicines Aurora, de la misma película; o sueño.

—¡Cuéntame el sueño otra vez! —La voz de Luna la sacó de un letargo mecánico: su trabajo consistía en montar cajas que una cinta transportadora le iba trayendo a ritmo constante, y Aurora, después de la tercera o cuarta caja, quedaba sumida en ese estado de letargo o adormecimiento, sin apenas darse cuenta del tiempo que pasaba o del propio acto de dar forma a las cajas de cartón, a no ser, claro, como era el caso, que Luna, su compañera de cinta más próxima y también mejor amiga, le hablase. Pero…

Aurora tardaba en responder, pero a Luna no le extrañó: sabía que podía pasarse las horas montando cajas con las manos y no se sabía dónde o haciendo qué con la cabeza. Así, amablemente, Luna calló y esperó un rato antes de atacar otra vez con la petición de todos los días desde hacía más de dos meses: “cuéntame el sueño”. Luna nunca recordaba haber soñado, y el hecho de que Aurora recordase tantos detalles de sus aventuras nocturnas, además de la cualidad extraña del propio sueño, que la fascinaba, por no hablar del monótono aburrimiento del trabajo, en fin: que a Luna le encantaba que Aurora se lo contase una y otra vez. Aunque tal vez, pensaba Luna, era solo la forma en que ella lo contaba, o contaba cualquier cosa.

Pero habíamos dejado a Aurora con un “pero”: esto es lo que le siguió: ¿cómo diablos he llegado hasta aquí, hasta ahora? Aurora desvió la vista del ensamblaje del fondo de la caja que tenía entre las manos, y miró su reloj: increíble, habían pasado como tres horas desde el último momento que recordaba, cuando se levantó y vio a su novio sentado a la mesa de la cocina, con su humeante taza de café delante, y le dijo que había vuelto a tener ese sueño, ese sueño absurdo. Él le contestó con la broma de siempre, ¿y luego? Luego: puf, como en un salto de una escena a otra de una película, Luna le había preguntado por su sueño, también como de costumbre. Algo fallaba.

Veamos, se dijo: está claro que después de hablar con él me duché, como siempre, luego tomé café, comí, tal vez, unas tostadas, elegí ropa, me vestí. Seguro. No lo recuerdo pero es lo de siempre, lo tengo tan asumido que lo hago sin pensar, como cuando no estás segura de haber apagado el horno. Él se fue, yo hice tiempo mirando bobadas en el teléfono y salí para acá. No hay otra: aunque no lo recuerde sucedió, sin duda, así.

—Aurora, cuéntame el sueño otra vez.

—Perdona, Luna, hoy estoy atontada. ¿No te lo he contado ya hoy? Pero si es igual que todos los días.

—Ya, pero es que: ¿cómo puedes recordar el sueño así, tan claro, tan vívido?

—Pues, qué quieres que te diga, recuerdo mejor el sueño que lo que he hecho cuando estaba despierta.

Las dos rieron. La Ogra (así llamaban a otra trabajadora) les miró con desaprobación y resopló. Cosa que les hizo reír aún más.

—Vale. Estoy esperando, no sé bien el qué, pero sé que me tienen que dar algo, y en el sueño yo deseo que se trate de un bebé. Sabes que mientras estoy despierta, aquí en el reino de las cajas, no quiero ni oír hablar de niños, que me parecen repelentes y un verdadero incordio; pero en el sueño un hijo es lo mejor que podría pasarme. Ya ves. Estoy enfrente de un gran escaparate, o ventana, en lo que parece una clínica privada. Tras el escaparate veo una larga fila de hombres desarrapados, sucios, todos barbudos y greñudos, y todos llevando una criaturita, envuelta en mantas de todo tipo, en brazos. Sé que allí fuera hace frío, pero en la clínica hay una temperatura muy agradable. El hombre calvo y con aspecto de buitre y bata de doctor que me acompaña me pregunta: “¿cuál es? No se me equivoque”, con acento mejicano, y yo, segurísima, le digo: “es el nonagésimo”. “Bien”, responde él, y hace una anotación en su carpeta; se retira unos pasos y le dice a una enfermera gorda de sonrisa desagradable, al oído: “era el 90 de la fila. Ella lo sabía”. Yo lo escucho perfectamente, por muy bajito que haya intentado hablar.

La Ogra no perdía detalle.

—La gorda se retira por una puerta, a su espalda, y la veo aparecer afuera, bueno, tras el cristal: es en ese momento, siempre, que me acuerdo de que estoy en un sueño, porque la gorda no podría haber llegado tan rápido, tendría que haber dado una vuelta enorme para aparecer por donde lo hace, y me digo: Aurora, estás soñando, y es como si saberlo me otorgase algún poder, alguna gracia, pero en seguida, y por culpa de la gorda de nuevo, se me olvida este descubrimiento tan importante.

—¡La puta gorda! —Intervino alegremente su amiga.

La Ogra estaba encandilada con la narración, como Luna. De las manos de las tres seguían surgiendo perfectos cubos de cartón, que guardarían, en el futuro, cada uno una cosa distinta, como los sueños de cada mente, todos distintos y guardados en sus receptáculos biológicos correspondientes, cada uno con su caja. En la caja de Aurora faltaba algo: tres horas de recuerdos fútiles.

—Sigue, sigue.

—Sí: la gorda se acerca al hombre que se supone yo he señalado, aunque parece haber menos de noventa en total en la fila, y le arranca al bebé de los brazos brutalmente; esto es lo que me hace desatender la urgencia de saberme soñando. El hombre intenta retener al niño, pero no puede, alarga los brazos suplicante y empieza a fosilizarse, como los vampiros en las películas, hasta que solo es polvo pardo desparramado por el viento. Esto me produce una pena inmensa. Entonces el niño empieza a llorar, lo oigo, no oigo nada de lo que pasa allá tras la ventana, ni el viento ni nada, solo el agradable silencio templado de la clínica, pero los berridos del crío me llegan como amplificados, o como por telepatía. El cara de buitre parece contento, me mira como con orgullo, hasta que la gorda reaparece por la misma puerta con un tubito de ensayo encapsulado. “Beba esto, querida”. Lo dice con la voz de pito horrísona que cabría esperar.

—¡El tubo es el niño! —Luna parece una niña asistiendo a un teatrillo de títeres; y a la Ogra le encantaría, se nota, meter baza con sus propias teorías sobre el significado del sueño, pero su papel de enemiga ya está demasiado afianzado para cambiarlo, aunque no tiene ni idea, la pobre Ogra, de porqué ese es su papel en la fábrica: la mala, la gruñona.

Aurora había esperado, o eso parecía, a que la Ogra terminara de pensar sus cosas para seguir hablando. Imposible, sí, pero tal le parecía a Olga (ya la llamaremos por su nombre, no por su mote ofensivo).

—Pues sí, pero no. Desde luego una parte de mí no se lo quiere beber, pero otra pierde el culo para coger el tubito, destaparlo, y verterlo al gaznate; siempre bajo la atenta mirada, vigilante y falsamente sonriente, de mis dos acompañantes: gorda y buitre. Es entonces cuando me despierto pensando que estoy preñada de un monstruo, del hijo del Demonio, como en una peli mala.

—Joder, tía.

Olga se esforzó por seguir a lo suyo, pero el condenado sueño siempre la ponía nerviosa, a ella el Demonio le daba miedo, no se lo tomaba a broma, y pensaba que Aurora debería visitar cuanto antes a un cura. Las dos tontas reían de nuevo, ¡inconscientes!

—Es kafkiano, Aurora, deberías escribirlo.

—¿Kafkiano? ¿Es que tú has leído a ese?

—Bueno, solo leí La Metamorfosis, pero tu sueño es del mismo estilo.

—Ya, bueno, pero ¿cómo lo terminaría? ¿Con el hijo de Satán, el Anticristo?

Olga no quería escucharlas carcajear de nuevo, ni hablar de tales cosas sin cuidado, así que salió de su puesto con excusa de ir al excusado, dejando a las dos chicas y sus risotadas atrás.

—No, eso es lo bueno, La Metamorfosis es un libro súper famoso, pero está inacabado.

—¿Cómo lo voy a dejar inacabado, tonta? Yo no soy Kafka, no puedo hacer eso.

En ese momento todas las trabajadoras soltaron con horror sus cajas, unas cayeron al suelo, otras a la cinta transportadora, que se las llevó sin estar terminadas; un grito proveniente de los lavabos era la causa del repentino cese, el grito de Olga.


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