A fuego lento

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Relato de María José Bravo Moñino. Ilustración de Raúl Matesanz.

El primer hachazo siempre era frío, dubitativo. El calor de la sangre nublaba mi raciocinio, dejando un gusto metálico en mi boca.       «Exquisito».
Lo habéis oído muchas veces, pero jamás le habéis dado la importancia que merece. Eso de labrarse el propio futuro no va con vosotros… ¡Cuidado! Medid vuestras palabras. ¿Quién os asegura que no serán las últimas? Permaneced atentos y cerrad la boca. No me arruinéis un texto con vuestras quejas.


***


La vida en el campo nunca fue fácil. La llegada de las nuevas tecnologías dejó boquiabiertos a muchos de nosotros:

—Mejor calidad de vida, menos esfuerzo. Ya no tenemos veinte años.        —Aunque la maquinaria sea costosa, el beneficio se obtiene con mayor rapidez. Esas eran las palabras más oídas en las reuniones de los patrones. Esa era la opinión de muchos, opinión que yo no compartía.        ¡Ah! ¿No os lo he dicho? Perdonad mis modales. Me llamo Frasco y soy agricultor, apasionado de mi trabajo, pero a la vieja usanza. Vosotros lo llamáis «cosas de la gente de pueblo». Os diré que no soy más que un hombre de campo que fue dando tumbos, de aquí para allá, hasta que hallé mi lugar. Fui un chico escuchimizado, que consiguió que sus músculos se fortalecieran en época de labranza, pero ya no soy un chaval. Por eso, agradezco un cuerpo joven y fuerte en los jornales agrícolas. ¿Creéis que es una locura trabajar en el campo cuando podríais estar viviendo en un piso de una gran ciudad, con dinero suficiente para no dar palo al agua? Os sacaré de vuestro error. Hay que luchar para tener lo que deseas, la vida no regala nada. Llamadme loco si queréis, pero ¿qué es la locura, más allá de escuchar tus propios deseos y llevarlos a cabo? No hay deseos sin locura, y no hay locura sin deseos. Brotan en vuestro interior como una chispa. ¿Tenéis hambre ya? Debéis esperar un poco más, todo tiene su momento. La paciencia no es vuestra virtud, lo sé. Eso es una consecuencia de la modernización: decís «melón» y ya tenéis la tajada en la boca. No sabéis apreciar el mientras, ganarle esa tajada con el sudor de vuestra frente. Los mejores platos se cocinan a fuego lento, dejando que te embriaguen con la mezcla de sus esencias. ¡Y qué decir de las vísceras! Cocinadas en cacerola de barro, removiendo una y otra vez con cuchara de palo, dejando que su olor inunde las fosas nasales. A fuego lento. No pongáis esa cara de asco si no lo habéis probado. Está bien, no me miréis así. Dejaré los detalles para otra ocasión. Quería relataros cómo comenzó todo.


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Una mañana nublada de Octubre fui invitado a una matanza. No os alarméis, se trata de matar a un cerdo una vez alcanza el peso idóneo. Se quema su piel para eliminar vellosidades, se destripa y se aprovecha todo tipo de carne para hacer embutidos y llenar la nevera de buen producto cárnico local. Aquello me resultó fascinante: oír cómo agonizaba, el olor a pelo quemado, ese crepitar del fuego al contacto con la piel, el destripe y posterior despiece. Sólo una imagen se quedó en mi mente: la mano que clavó el arma no temblaba; es más, disfrutaba provocando la masacre. Fuerza, precisión. Una mano callosa que portaba un hacha, sin titubeos.         La sangre brotaba en distintas direcciones. Me pilló por sorpresa, salpicando mi rostro con perlas escarlata. No es lo que pensáis. No me resultó nada desagradable, no. Quedé prendado de esa determinación. Lo sentí tan profundo como ratas mordiendo mi alma, desgarrando carne sin contemplaciones. No pude pararlo, no quería detenerlo. Desde entonces no fui el mismo.

***

Perdonadme. En ningún momento quise compararos con unos cerdos. No lo sois, eso sería un insulto para ellos. En primer lugar, el crepitar no es el mismo cuando el soplete va quemando vuestro vello. Con Laura comprobé que no tenéis el mismo provecho cárnico. Una verdadera lástima perder mi tiempo, aunque admito que su sangre era más ligera, salpicaba más. Nada era comparable con aquel grito inhumano. ¡Menudo orgasmo! ¡Vaya, vaya! Ahora sí tenéis energía para la siembra, ¿verdad? Lo siento, hay trenes que solo pasan una vez en la vida. No lloréis, no falta mucho. Laura está en su punto. Vosotros sois los siguientes. Os he dado (nunca mejor dicho) la oportunidad de vuestra vida. No habéis sabido aprovecharla. Ahora veré cuán blandos sois.

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